La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 18
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El circo de las pesadillas

Lyra

La pista del circo está desierta. Lo único que cubre la superficie del escenario es una fina capa de arena, cuya suavidad siento bajo los pies descalzos.

La sangre que ha brotado del profundo corte que me atraviesa el labio inferior de manera vertical ha comenzado a coagularse y, después de haber brotado de la herida abierta, la noto reseca en la barbilla.

Las mejillas me arden y el sudor me empapa la frente. La luz cegadora del foco que me apunta a la cara no hace más que intensificar el calor que me abrasa el cuerpo.

Apenas logro distinguir la primera fila de asientos más allá de la barrera levantada, esa en la que el público anima entre vítores a los maestros de ceremonias que caminan por la cuerda floja o a los acróbatas que surcan el aire con gracia.

Sin embargo, esta noche, todas las sillas que rodean el escenario se encuentran vacías. Y aunque nadie vaya a aplaudirme, yo soy el espectáculo; la protagonista de esta función privada, una que consiste en torturarme lentamente solo para dejar clara una postura y enviar un mensaje.

Siseo entre dientes y aparto la mirada del payaso uno, como yo lo llamo, mientras me clava los dedos viscosos en las costillas.

Aprieta con tal intensidad que la piel me palpita de dolor, augurando el moratón que va a dejarme.

Siento cómo me toca el hueso y sigue presionando con fuerza, como si quisiera hundirse por completo en mi carne.

—Esto no es más que un adelanto, chica —me susurra al oído—. Si sigues escarbando, acabarás metiéndote tú solita en tu propia tumba. ¿Crees que no volverán a por ti para terminar lo que hemos empezado?

Contengo un grito, a duras penas, cuando la punta fría de un cuchillo me corta la piel y me abre otra herida. Me odio a mí misma porque, a pesar de haberme mordido la lengua, el sollozo que me brota de los labios les confirma que su tortura está surtiendo efecto.

Briar no habría permitido que se le escapara ninguna lágrima, y Sage habría muerto antes de mostrar cualquier signo de debilidad.

—No pasa nada por llorar. Adelante, no te cortes —me anima el payaso dos, que lleva una máscara blanca.

Se acerca a mí, me coloca una mano en la parte superior de la cabeza y me manosea el pelo—.

Quiero que tus amigos te vean llorando, llena de sangre y moratones, al borde de la muerte.

Tal vez así aprendan a no meter las narices en asuntos ajenos.

Me esfuerzo por reprimir las lágrimas para no darles el gusto de contemplar cómo me derrumbo, aunque el dolor es insoportable y cada bocanada de aire que doy me parece un suplicio.

Tengo la cara sensible por todos los golpes que he recibido y me gotea sangre de varias heridas menores esparcidas por el torso.

No les basta con matarme. Como han dicho, quieren que viva para darles una lección a los chicos, que vuelva arrastrándome con todo el cuerpo mutilado para que guarden silencio por miedo a acabar igual que yo.

Pero es evidente que no conocen a mis amigos ni saben lo que son capaces de hacer cuando alguien se burla de ellos. No tienen ni idea de hasta qué punto están dispuestos a llegar si están motivados por la rabia y el dolor.

—Irán a por vosotros —susurro, después de haber respirado hondo—. Os destriparán como a un puto pez cuando os encuentren. Sois hombres muertos.

El sonido de un guantazo reverbera en la carpa del circo. La cabeza me da vueltas no solo por la dureza del golpe que acabo de recibir, sino por la música extravagante que sale de los altavoces y que se enreda en mis pensamientos.

Me paso la lengua por el interior de la mejilla izquierda, resisto la quemazón del impacto y me aseguro de tener todos los dientes en su sitio, hasta que el mismo que me ha pegado me agarra de la mandíbula y me la levanta para obligarme a mirarlo.

Las cuerdas que me envuelven el torso se tensan al tratar de librarme de ellas.

No podría sentirme más indefensa, y todo esto es culpa mía por no obedecer las reglas.

Si hubiera hecho lo que los chicos me pidieron y me hubiera limitado a vigilar a Easton en el circo en vez de seguirlo hasta su casa, no habría pasado nada, pero no podía quedarme de brazos cruzados.

No quería reunirme con ellos y sentir sobre mí el peso de sus miradas al contarles que no había logrado averiguar nada importante sobre Easton, su padre o la Aureola después de haberme tirado media tarde detrás de él.

No tenía nada, ni siquiera una mísera multa de tráfico por exceso de velocidad que pudiera servirnos para usar en su contra.

Les he fallado, y su decepción me habría dolido mucho más que cualquiera de los golpes que estos dos puedan asestarme.

—Os habéis metido con las personas equivocadas.

Esos putos pijos con los que te juntas no pueden hacer nada contra todo el poder que abarcamos.

Deberían haber dejado pasar la muerte de esa chica, porque ahora vas a ser tú la que pague por sus errores, y todo por no saber estarse quietecitos cuando les hieren el orgullo.

El payaso uno me desliza el cuchillo por el cuerpo con lentitud, como un depredador jugando con su presa, prolongando el momento de la caza. Cuando llega a la articulación que me une el hombro con el cuello, me rasga el jersey para dejarme la piel al descubierto.

Trato de evadirme y pensar en cualquier otra cosa. Respiro con dificultad mientras repaso mentalmente cómo he llegado hasta aquí para distraerme.

Los detalles son algo vagos y parecen difuminarse en los bordes de mi memoria, pero sé que salí del circo tras Easton, a pesar de que me había prometido a mí misma que no lo haría. Necesitaba averiguar algo sobre él, lo que fuera; no podía decepcionar a todo el mundo volviendo con las manos vacías.

Una punzada aguda de dolor me atraviesa el hombro y la sangre me humedece la piel, aunque mantengo la vista al frente y la cabeza ocupada. No merecen mi miedo ni mi sufrimiento. No les permitiré ganar.

Seguí a Easton hasta la casa de los Sinclair y, al percatarme de que no le había echado la llave al portón principal, me colé dentro.

Pienso en cada rincón de la estancia, en lo que encontré en el escritorio de Stephen, en la puerta cerrada con candado que había en su despacho y en el tiempo aproximado que tuve que esconderme en un armario hasta que Easton y su madre terminaron de discutir durante la cena.

Puedo contar cada uno de los pasos que di tras salir de su casa hasta alcanzar mi coche, y sé que luego me planté en el aparcamiento de la universidad con la intención de esperar allí a los chicos hasta que llegara la hora a la que habíamos quedado.

Lo último que recuerdo es que alguien abrió la puerta de golpe y me agarró del brazo con fuerza. A partir de ahí, tengo la mente en blanco, como si se hubiera acabado el rollo o se hubiera quemado antes de poder terminar la proyección de la película.

Noto cómo me acarician la herida que acaban de hacerme en el hombro y, cuando vuelvo la vista hacia un lado, veo al payaso uno llevándose dos dedos a la boca para lamer mi sangre.

—Sabe demasiado dulce como para desperdiciarla.

La bilis se me sube a la garganta mientras se chupa el líquido carmesí que le impregna las yemas.

—Que te follen —replico con furia, y le lanzo un escupitajo que aterriza sobre la tela negra que le cubre el rostro.

Esa mezcla de saliva y sangre que le salpica la máscara provoca que suelte un gruñido feroz y que presione su rostro cubierto contra el mío. Acto seguido, me clava las uñas en el cuero cabelludo y me tira del pelo. El olor a putrefacción que desprende su aliento me levanta el estómago.

—Si eso es lo que quieres, podemos solucionarlo.

Están muy equivocados si se creen que voy a rendirme sin oponer resistencia. Puede que esté atada a una silla, magullada y sangrando, pero me niego a irme de este mundo con la cabeza gacha y en silencio.

Cuando los gusanos comiencen a darse un festín con mi cuerpo, mi huella seguirá grabada en la piel de estos tipos. Me recordarán por la ferocidad con la que luché y mi existencia no caerá en el olvido.

Con toda la fuerza que me queda, echo la cabeza hacia atrás, me impulso hacia delante y le estrello la frente contra lo que espero que sea la nariz. El cráneo me palpita por el impacto, aunque el gemido de dolor que logro arrancarle hace que haya merecido la pena.

—¡Serás zorra! —grita, levantándose la máscara para sujetarse la nariz partida.

Su cara no me resulta familiar, pero aun así intento retener cada detalle.

La forma en la que el pelo, rubio y grasiento, le cae sobre los ojos, pequeños y mezquinos.

El lunar que tiene en la mejilla y la cicatriz que se le curva alrededor del labio superior.

Grabo en mi memoria cada rasgo, por si consigo salir viva de esta.

—Se supone que no podemos quitarnos la máscara —lo reprende el payaso dos, mirándome—. No íbamos a…

—Da igual —lo interrumpe su compañero. Se deshace de la suya por completo y la lanza al suelo—. Ya da igual que nos vea. No va a poder delatarnos estando muerta.

Las entrañas se me revuelven ante esas palabras. El terror se apodera de mi pecho y se convierte en una ola gigantesca que arrasa con todo mi cuerpo.

El payaso uno me agarra por los costados con sus manos enormes y me levanta de la silla sin esfuerzo.

Pataleo en la arena, lo que eleva una nube de polvo a mi paso, y suelto un grito tras otro a pleno pulmón mientras tira de mí, arrastrándome por el suelo.

Las lágrimas me surcan el rostro al sentir el tacto de una superficie metálica raspándome la espalda.

Giro la cabeza, buscando algo que me indique hacia dónde me lleva, y alcanzo a ver lo que parece ser una escalera compuesta de peldaños de rejilla negra que conducen a una plataforma pequeña. Mi cuerpo impacta contra los escalones y se resiente cada vez más conforme avanzamos.