La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 17
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Bruma carmesí

Thatcher

Una de dos: o Lyra llega tarde o está muerta.

Me inclino por lo segundo, porque llevo un Rolex de diecisiete mil dólares que tiene más probabilidades de acabar en un bolsillo ajeno que de equivocarse marcando la hora. Y, según las manecillas, ya lleva veinte minutos de retraso, que es mucho más de lo que habíamos acordado.

Me aseguraron que no le pasaría nada, que el plan saldría bien: recopilaría la información y luego se reuniría con nosotros sin un solo rasguño.

Pero solo he logrado verla una vez entre el caos de disfraces circenses y acróbatas haciendo malabares, cuando estaba escondida detrás de un puesto de comida al mismo tiempo que Easton se pavoneaba ante un grupo de acólitos que ni siquiera parecían impresionados por lo que les decía.

No he vuelto a saber de ella desde entonces. Un destello de sus rizos, un breve vistazo a su jersey oscuro; eso es lo único que he atisbado en esta noche macabra. Y encima sigue sin leer ninguno de los mensajes que le he escrito. Me ha estado ignorando todo el día y ahora va y se retrasa.

—Comprobar el reloj a cada segundo que pasa no va a hacer que llegue más rápido —murmura Rook frente a mí, apoyado en su moto—. Dale unos minutos, Thatcher. A lo mejor entendió que habíamos quedado a y media.

Mantengo los brazos cruzados y la espalda contra la puerta del conductor de mi coche sin dejar de fulminarlo con la mirada. Lyra no se confundiría de hora. Quedamos a las nueve, en el aparcamiento B del campus. Si todo hubiera ido según lo planeado, ya debería estar aquí.

—¿Le has contado a Sage tu plan? —pregunto, ladeando la cabeza—. ¿Sabe que has mandado a su amiga a espiar al rencoroso de su exprometido?

El color le desaparece del rostro. Cualquier comentario ingenioso que tuviera en la punta de la lengua es reemplazado por una rabia feroz ante la idea de poner a su preciada Sage en peligro o de verla cerca de Easton Sinclair.

—Cállate la puta boca o haré que te tragues los dientes con esa arrogancia que tienes, Pierson.

—Se aparta de la moto y endereza la espalda—.

Acordamos contárselo después de esta noche, porque solo estamos tanteando la situación.

No hace falta asustar a Sage por algo que puede que ni siquiera nos salga bien.

Alistair le pone una mano en el hombro a Rook para tranquilizarlo y evitar que acabemos a golpes en medio del aparcamiento del campus, pero a mí me trae sin cuidado.

De hecho, igual sería una distracción agradable para mi mente inquieta, que parece incapaz de desprenderse de la idea de que Lyra corre peligro cuando nosotros estamos aquí sin mover ni un dedo.

—Adelante —le digo a Alistair—, quítale la correa al perro. Tengo puesta la vacuna contra la rabia.

—Que te den, soplapollas —masculla Rook.

Desbloqueo el móvil y entro en mi conversación con Lyra para abrir su información de contacto y llamarla. Al igual que en las tres veces anteriores, solo suena hasta que salta el buzón de voz. Bajo la mirada hacia el reloj mientras escucho el mensaje.

«¡Hola! Soy Lyra, en este momento no estoy disponible. Déjame un mensaje y te llamaré en cuanto pueda».

Debió de haberlo grabado estando de buen humor. En su tono reconozco una ligereza que solo emerge cuando está rodeada de las personas a las que quiere o cuando habla de aquello que la apasiona.

Un nudo me atenaza el estómago y algo dentro de mí me dice que este experimento le ha costado la vida o, como mínimo, una de sus extremidades.

—Yo nunca accedí a tales condiciones. Fuisteis Alistair y tú los que os convencisteis de que mentir a vuestras queridísimas novias era la mejor forma de mantenerlas a salvo —repongo con un gesto de muñeca y un tono condescendiente cargado de desprecio y sarcasmo.

—Thatcher, te juro que…

El sonido de unos neumáticos sobre el asfalto desvía nuestra atención hacia otro lado. Espero ver la antigualla de coche que conduce Lyra, pero, por desgracia para todos los presentes, no es el suyo.

El McLaren recién rotulado de Easton Sinclair entra en el aparcamiento y se coloca en la plaza junto a la mía. Echo un vistazo hacia atrás por encima del hombro y contemplo de reojo cómo sale del asiento del conductor, sin ninguna rubia tonta ni los musculitos de sus amigos detrás, solo él.

—¿Una nochecita larga, Sinclair? —pregunto, sin cambiar de postura.

Él alza la mirada hacia la mía y un destello de miedo le ensombrece el rostro, porque no está acostumbrado a que sea yo el que se entrometa en sus asuntos y lo aborde como si lo tuviese en el punto de mira.

Sin embargo, enseguida recuerda el papel de machito dominante que interpreta ante todos y recupera el semblante habitual, por el que Stephen, su padre, estaría orgulloso de él.

Por muchos injertos de piel que le haya realizado su cirujano plástico, Easton aún tiene una cicatriz brutal en el lado izquierdo de la cara.

A pesar de que se le ha curado con el tiempo, sigue un poco desfigurada por las decoloraciones en la piel y las líneas de tejido que se le extienden desde la mandíbula hasta la parte superior de la mejilla.

Aunque resulte desagradable a la vista, no hay nadie que se merezca esas marcas más que él.

—Cuánto tiempo, chicos. —Easton echa un vistazo por detrás de mi hombro y entrecierra los ojos al atisbar a Rook a mi espalda—. ¿Cómo está Sage, Van Doren? ¿Sigue sabiendo tan bien como recuerdo?

Puedo sentir las chispas que brotan de Rook por la furia que han despertado esas simples palabras. Ha sido una jugada bastante arriesgada por parte de Easton, teniendo en cuenta que el pirómano de mi amigo lleva tiempo buscando cualquier excusa para ensartarlo y asarlo al fuego.

Sage siempre será un tema delicado para ambos. No sé si Easton se cree que la pelirroja le pertenece o si siente algo más profundo, pero no creo que se olvide pronto de ella, y Rook menos todavía.

—Dímelo tú. ¿Todavía recuerdas a qué sabe el tubo de escape de mi moto —Rook la señala con la cabeza, buscando pelea— o quieres volver a probarlo?

Easton se pasa los dedos por el contorno de la cicatriz que le adorna la cara.

—Adelante, atrévete a tocarme y me aseguraré de que sea Sage la que pague por ello.

—No es el mejor momento para amenazarnos, East —interviene Alistair, que se coloca a mi lado y me roza el hombro con el suyo—. No están aquí ni tus amigos ni tu papaíto para protegerte. ¿Cómo sabrán lo que te ha ocurrido si no encuentran tu cuerpo?

Suelto una risita por la nariz.

—Si es que queda algo que encontrar.

—Al menos no tengo que preocuparme de que vayas dejando mis extremidades tiradas por ahí, Thatcher. Todos sabemos que eres igual que tu padre: solo te pone descuartizar a mujeres débiles e inocentes.

Me lo suponía. No es de extrañar que el pueblo me haya declarado culpable sin darme siquiera la oportunidad de proclamar mi inocencia.

—¿Seguro que no eres tú el que va arrojando partes desmembradas como si fueran billetes en un club de striptease ?

Debe de haber sido muy duro para ti pillar a tu mami tirándose al padre de Alistair.

¿Qué tenías, cinco o seis años? Una edad muy tierna para ver a Wayne Caldwell trajinándose a la mujer que te trajo al mundo —se burla Rook—.

¿Estás desquitándote con las chicas del pueblo porque eres incapaz de asimilar el trauma?

A Easton se le tensa la mandíbula al escucharlo; otro tema delicado para nuestro enemigo de toda la vida.

No sé si fue cosa del destino que nos enterásemos de la aventura que mantenían sus padres, pero me encanta contemplar esa expresión de sufrimiento que le contrae el rostro cada vez que lo sacamos a relucir.

—Si hubiera sido yo, ¿no os habríais enterado ya? A saber desde cuándo tenéis a vuestro perrito faldero siguiéndome —replica con desdén.

Enderezo la espalda.

—¿Perdona?

—¿Os estáis haciendo los tontos o es que sois así?

—pregunta, poniendo los ojos en blanco—.

Una idea bastante ingeniosa, la verdad. Tenía la sensación de que alguien no paraba de seguirme, aunque, cuando me daba la vuelta, no había nadie.

No vi nada sospechoso hasta unos segundos antes de irme del circo.

Miro a Rook y luego a Alistair, notando cómo la adrenalina me corre por las venas y se apodera de todo mi ser. Hemos cometido un error.

Por muy mal que nos caiga el niñato este, es inteligente y lo sabíamos. No deberíamos haberle pedido a nadie que lo siguiera, porque ahora es Lyra la que está pagando las consecuencias y no tenemos ni idea de dónde encontrarla.

Por una milésima de segundo, trato de recobrar la calma, morderme la lengua y ceñirme a ser el que siempre se muestra distante, el que nunca le da a Easton la atención que busca, pero me es imposible.

Perdí toda clase de autocontrol cuando me metí entre las piernas de Lyra Abbott. No soy capaz de contenerme cuando se trata de esa pequeña y fastidiosa reina de los bichos.

El sudor me recubre las palmas y mi cuerpo parece estar a punto de estallar de ira. Me invade una necesidad imperiosa de arrasar con todo lo que se cruce en mi camino, de matar.

Jamás me había ocurrido tan deprisa ni de una manera tan intensa.

Dudo que alguien pueda impedirme reducir el mundo a cenizas y devorarlo hasta acabar con su existencia.

El impulso que me retumba en el pecho es tan poderoso que ni una sola persona, ya sea hombre, mujer, niño, amigo o desconocido, está a salvo de mis garras.

Me acerco a él y lo miro con desprecio, hecho una fiera.

—Dónde está.

Ni es una pregunta ni le estoy rogando que me dé una respuesta: es una exigencia.

—¿Quién?

Arquea una ceja con arrogancia y es lo que me faltaba para agarrarlo por la parte delantera de la chaqueta y levantarlo del suelo unos centímetros, con el cuerpo temblándome de la rabia.

—¿Qué cojones…?

El aire le sale disparado de los pulmones cuando lo estrello contra el asfalto con toda la fuerza que soy capaz de reunir. Aterriza bocarriba con un golpe sordo y se le escapa un gemido de los labios mientras me coloco encima de él.

—Que dónde coño está —gruño.

No me costaría nada matarlo de una forma lenta y dolorosa. Lo sentaría delante de su madre y le arrancaría las costillas una a una; luego le sacaría la columna vertebral por la puta garganta y lo estrangularía con ella.

—Tienes diez segundos, Sinclair. —Me saco la navaja automática del bolsillo, pulso el botón para sacar la hoja y se la balanceo delante de la cara—. Déjate de jueguecitos si no quieres que te despedace.

—No… —dice con la voz entrecortada—. No lo sé.

Nunca he comprendido por qué mis amigos son tan territoriales con Briar y Sage. No veía qué tenían de especial para que los chicos se convirtieran en animales salvajes dispuestos a atacar a cualquiera que se atreviese a mencionar sus nombres. Me parecía una actitud ridícula y repugnante.

Pero, ahora mismo, entiendo que Rook quisiera quemarle la cara a Easton. Todo lo que hemos hecho por ellas ha empezado a cobrar sentido. Por primera vez, siento ese impulso de proteger lo que es mío y de matar a quien sea con tal de conseguir mi propósito.

—Cinco segundos —insisto, en un tono cargado de desprecio.

Él forcejea contra mi agarre.

—¡Te juro por Dios que no lo sé, joder! Se fue poco después que yo y no volví a verla. Te lo juro, tío, no sé dónde está.

El pánico que le tiñe la voz me resulta tan refrescante como el sonido de las teclas del piano por la mañana.

Giro la navaja entre los dedos y dirijo la hoja hacia la nuez de Easton. Justo cuando voy a proceder a hundírsela en la piel, Alistair me agarra del hombro y sus palabras me retumban en el oído con el ímpetu de un relámpago, restallan en el aire y atraviesan mi furia como un látigo.

—Thatch, Briar acaba de mandarme la ubicación del móvil de Lyra. Sigue en el circo. —Me clava los dedos como un ancla y se acerca a mi oreja—. No merece la pena.

La mano me tiembla de las ganas que tengo de destripar a Easton como si fuera un pez y dejarlo tirado aquí en el aparcamiento, pero la necesidad de ver a Lyra prima sobre todo lo demás. Es lo único que me parece importante.

Me inclino hacia Easton y le escupo en la cara cuando le coloco la navaja sobre la garganta, con la presión justa para hacerle un corte.

—Más te vale rezarle al dios en el que creas, porque es el que te ha salvado la vida esta noche, escoria.

Con el mismo gesto con el que arrojaría algo a la basura, vuelvo a lanzar a Easton contra el suelo y lo dejo haciéndose un ovillo entre jadeos mientras me pongo de pie.

Alistair dirige hacia mí la pantalla de su móvil y veo el puntito azul que nos indica dónde está Lyra. Me enderezo y me ajusto las solapas de la chaqueta antes de encaminarme hacia el coche.

—Uf —le dice Rook a Easton antes de fingir un puchero y darle unas palmaditas en el pecho para añadirle más leña al fuego—. No me gustaría nada estar en tu lugar, colega.

Acto seguido, nos metemos los tres en el coche.

—¿Cuál es el plan? —pregunta Alistair a mi lado.

Rook se desliza hacia el medio para escucharnos. Me aferro al volante y el motor cobra vida con un rugido en cuanto giro la llave.

No es la mejor disculpa del mundo, pero es la que necesito de ellos en este instante. Me basta con saber que están dispuestos a seguirme hasta donde haga falta, hasta enmendar los errores que han cometido al pensar que era buena idea no hacerme caso y poner a Lyra en peligro.

Aun así, por muy enfadado que esté, tampoco puedo culparlos cuando ni siquiera yo entiendo lo que ella significa para mí. Y por eso, de momento, no necesito ninguna disculpa.

Lo que quiero es su lealtad incondicional y su ira; que esa parte oscura y retorcida que habita dentro de ellos salga a jugar con la mía.

—Encontrarla.