16 #2
Mi abuelo había organizado un almuerzo para la alta sociedad de Ponderosa Springs.
Nada fuera de lo habitual, teniendo en cuenta que formaba parte de la junta de Hollow Heights.
Creo que era su manera de propiciar que mi padre conociera a la gente con la que debía colaborar una vez que se hiciera cargo del negocio de los Pierson y heredara su parte de este pueblo podrido.
Quería que su hijo se codeara con las personas adecuadas, que supiera en quiénes no debía confiar y ese tipo de cosas.
Yo tenía casi seis años y estaba entretenido lanzando piedras a la gran fuente de agua que hay en el camino de entrada de nuestra propiedad.
No era raro que mi casa estuviese llena de niños y adultos por igual, ni que yo buscara cualquier otro espacio al que huir para escapar de todo el bullicio del interior.
Mi abuelo me había dicho que mi deber era interpretar a la perfección el papel de un nieto adinerado, exhibir mi talento al piano ante todos y luego dejar que mi padre me guiara por la estancia para presentarme a las personas más poderosas e influyentes del lugar.
Aguanté más o menos una hora antes de cansarme de la interacción humana y desaparecer para refugiarme en el silencio.
Cuando estaba de pie frente a mi casa, vi a Alistair y a su familia llegar.
Me fijé en cómo su madre y su padre se bajaban del coche con su hermano mayor, Dorian, que caminaba junto a ellos.
Ninguno parecía preocuparse por esperar al niño delgado que iba detrás, con la cabeza agachada, el traje arrugado y los ojos enrojecidos por la falta de sueño, como si comprendiera que su sitio estaba a cinco pasos detrás de ellos, a la sombra de sus padres y de su hermano.
Una realidad un poco triste para alguien tan joven. Y yo sabía lo que se sentía; entendía lo que era avergonzarse de tu propia existencia.
Al encontrarnos, tanto nosotros como con los chicos, nos reconocimos los unos en los otros, como si hubiera algo diferente en la sangre que nos corría por las venas y nos inundara a todos por igual.
La oscuridad de las heridas que compartíamos nos unió, nos envolvió en aquello que odiábamos, de lo que nos escabullíamos, y nos moldeó hasta convertirnos en quienes somos a día de hoy.
Nos transformamos en lo que más temíamos, solo que peor.
Siempre he creído que Alistair y yo estamos más unidos que ninguno; sin embargo, en este momento, siento que hay una distancia insondable entre nosotros.
—No va a pasarle nada a Lyra, te lo…
—Lyra —lo interrumpo con el ceño fruncido ante la manera apresurada e irrespetuosa en la que pronuncia su nombre— es prescindible para ti, una mota de polvo en tu mundo. Ni a ti ni a Rook os importa lo que le pase porque no significa nada para vosotros.
Se levanta de la silla y no tarda en hacerse notar invadiendo mi espacio personal. Se ve que últimamente me ha dado por tocarles las narices a los amigos que me quedan: primero Rook, hinchando el pecho como el gran lobo feroz que es, y ahora Alistair. Menuda racha llevo.
—¿De qué coño estás hablando? —me espeta—. Sabes que no la pondría en peligro.
Lo dice como si fuera su deber protegerla, como si todos estuviéramos a su cargo.
Me pregunto qué haría si supiera que solo ostenta ese poder porque yo se lo permito.
Dejo que piense que está al mando de todo porque soy consciente de que se derrumbaría si algo escapara a su control, pero nunca ha tenido ningún dominio sobre lo que hago ni quien soy.
—Ah, ¿no? —Entrecierro los ojos y me inclino hacia él hasta que mi boca se queda a escasos centímetros de su nariz—. Entonces, ¿por qué no se lo has pedido a Briar o a Sage?
Puede que mi relación con Lyra sea complicada y que lo que fuera que tuviéramos se haya acabado, pero no hacía falta que se expusiera a ningún peligro, y menos aún por los chicos y por mí.
La simple idea de que Easton Sinclair le ponga una de sus sucias manos encima desata un huracán de furia en mi interior. No quiero que se acerque a él ni que respire el mismo aire que ese niñito de papá mal vestido.
Y esta noche estará dando vueltas por el circo, siguiendo cada uno de sus movimientos y prestando atención a cualquier detalle que pueda servirnos.
Tendrá que observar su modo de andar, aguzar el oído ante su voz y controlar todos sus pasos, un trabajo que sé que es más que capaz de llevar a cabo, pero al que no quiero que se enfrente; al menos, no con Easton en la ecuación.
Alistair arquea las cejas.
—¿Me estás diciendo que te importa?
—Era solo una observación, Caldwell.
Él sacude la cabeza y sonríe con desdén.
—A ver si me ha quedado claro, Thatcher. ¿Me estás diciendo que Lyra Abbott significa para ti lo mismo que Briar significa para mí o solo estás comportándote como un gilipollas por orgullo?
Las palabras se me escapan de la boca antes de que pueda darme cuenta o recuperar el control y reprimir la parte de mí que quiere deshacerse de cualquiera que se atreva siquiera a pensar en mi querido fantasma.
Le hundo un dedo en el pecho.
—No tienes ni la menor idea de lo que ella es para mí —replico con un gruñido de rabia.
Por suerte, eso es lo único que alcanzo a decirle antes de recordarme que no serviría de nada tratar de explicárselo. Él nunca podrá llegar a entender lo que significa para mí, lo que su alma representa para el mundo.
Lo que él siente por Briar no es más que una mancha irrisoria en comparación con lo que yo comparto con Lyra Abbott. Nadie me ha sometido a su voluntad como podría llegar a hacerlo ella, y por eso es de vital importancia que se mantenga lo más lejos posible de mí.
Alistair se estremece ante mis palabras; percibo en sus ojos algo que no logro descifrar, como si pudiera ver lo que hay en mi interior sin que yo le diga nada, y jamás le he profesado tanto odio como en este instante.
Por lo visto, Lyra es la única parte de mi conciencia que me resulta imposible ocultar. Permanece en la superficie, negándose a ser relegada a las sombras.
—No le pasará nada, te lo prometo —asegura en un tono de voz más suave.
—Guárdate tus promesas para quien las necesite —digo, sosteniéndole la mirada durante un segundo de más antes de apartarme.
Cojo la chaqueta que yace encima de la cama, me la deslizo por los brazos y me echo un último vistazo en el espejo antes de encaminarme hacia la puerta para dar comienzo a este desastre de noche.
Me meto la mano en el bolsillo y recorro con los dedos el metal frío que guardo dentro. Los grabados de ambos lados de la moneda se me marcan en las yemas al apretarla con fuerza. Es parecida a las que una vez coloqué sobre los ojos de Phoebe Abbott.
—Más te vale tener razón, Alistair. Porque, si le pasa algo —saco la moneda y la lanzo con descuido por encima del hombro—, ni siquiera nuestra amistad podrá protegerte de mí.
Salgo de la habitación y lo dejo allí con el tintineo del óbolo de Caronte resonando en el aire. El pago que exige el barquero para cruzar al más allá.