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Amarga es la guerra entre hermanos
Thatcher
«Regla número veintidós: Asume las consecuencias de tus propias acciones». Esa fue una de las lecciones que más me costó aprender de niño. Ir en contra de tus instintos y aceptar que tu normalidad no es la misma que la de los demás resulta difícil.
Una vez, una gata logró colarse en la finca de mi familia. Estaba maullando y escarbando en el jardín cuando la encontré cubierta de tierra y con el pelaje enmarañado.
Solo me acuerdo de ella porque, al cogerla, no me bufó y ni siquiera me intentó arañar. Se limitó a acurrucarse contra mi pecho y empezó a ronronear sin parar. Sabía que mi padre era muy estricto con no tener mascotas, pero algo en aquella gata cautivó a mi yo de siete años.
Era de color negro y tenía las puntas de las orejas naranjas. Mostró una confianza ciega en mí y no pareció temer ni por un segundo que pudiera hacerle daño. No sé por qué decidí cuidarla, cuando, ahora que lo pienso, habría sido mejor que la hubiera dejado morir de hambre.
Al principio fue sencillo. La dejaba deambular por una de las casas de los cuidadores de la finca, dentro de los límites de la propiedad, y todos los días le llevaba comida y agua a escondidas.
Los cocineros se dieron cuenta antes que mi padre, sobre todo porque me pasé un mes entero pidiéndoles nada más que sándwiches de atún para almorzar.
Después de las clases del colegio y de las que recibía por parte de mi padre, me iba a la casa del cuidador y leía mientras ella jugaba a mis pies o se dormía en mi regazo. Es el único rayo de luz que guardo de aquella época.
Me pasaba las tardes escuchando, observando y ordenando el destrozo que mi padre causaba tras sus asesinatos; frotaba la sangre del suelo, con los cuerpos de las mujeres todavía colgando al fondo, y limpiaba las sierras a la vez que él se encargaba de los restos repartidos por la mesa.
Pero, durante esos momentos que compartía con la gata, podía limitarme a coexistir en silencio junto a otra criatura viva, y pensé que tenía derecho a disfrutar de esa alegría y bondad en secreto.
No supe lo equivocado que estaba hasta que una madrugada, en la que la luna brillaba en lo alto y ni la luz del sol ni nada bueno hubiera podido atravesar las puertas de mi hogar, Henry Pierson irrumpió en mi habitación.
Arrojó a la gatita sobre mi edredón y el maullido de queja que emitió el animal me despertó. La cogí entre mis brazos mientras él me observaba con una mirada vacía.
—Ya conoces las reglas, Alexander —me dijo sin más.
Algo dentro de mí se apagó entonces. Cualquier rastro de humanidad que quedase en mi interior se desvaneció en cuanto me tendió un cuchillo en la oscuridad de la habitación.
—Llevas el nombre de un gran rey y espero que estés a su altura.
La perfección no admite bondad ni sentimientos —prosiguió, colocando el arma en mis manos diminutas—.
Preocuparse por otros seres vivos no sirve de nada.
¿Para qué cuidar de algo que está destinado a morir?
No tiene sentido. El amor es una pérdida de tiempo y no debería tener cabida en ti, Alexander.
Lo último que recuerdo de aquella noche son esas palabras que me susurró al oído y los ojos de la criatura que había confiado ciegamente en mí hasta el final. Todo se volvió borroso en el instante en el que agarré el cuchillo, pero sé lo que hice y en qué me convertí.
No derramé ni una sola lágrima ni brotó protesta alguna de mi boca. Cumplí con lo que se esperaba de mí y me esforcé sobremanera por aceptar la maldad que me corría por las venas.
Había sido consciente de lo que pasaría y de lo que mi padre me obligaría a hacer si acogía al animal. Esa fue la consecuencia que tuve que asumir por mi imprudencia.
Al igual que el hecho de que mi fantasma se lance a los brazos de Conner Godfrey es la consecuencia que debo asumir por las cosas que le dije, por más que dicha idea me deje un regusto amargo en el paladar.
No esperaba que fuese tan… explosiva. Por lo visto, a veces se me olvida que Lyra Abbott se ha forjado a sí misma a partir de noches carmesí y objetos afilados.
Debajo de la chica que muestra al resto del mundo se esconde una experta en cuchillos con intenciones macabras, una víbora de mordedura mortal, un soldado marcado por el dolor y la agonía.
Es la unión entre la vida y la muerte, la guardiana de la guadaña, una segadora de almas dulce y sombría, un cadáver de suma belleza.
Y ahora le pertenece a él. Ya no buscará consuelo en mis dedos crueles y fríos, sino en los mocasines baratos y la nauseabunda colonia del profesor.
Puede que esté pecando de engreído, pero no puedo evitar preguntarme si va a ser capaz de obsesionarse con él igual que lo hizo conmigo. ¿Conner alimentará su adicción como yo? ¿Lyra lo preferirá a él antes que a mí?
—¿No vas a ponerte ningún disfraz? Me extraña que no quieras dar la nota, y más en Halloween.
Echo un vistazo por encima del hombro y capto un destello de cuero en la puerta.
—El negro es el color que se lleva en los funerales, ¿no?
Suelta un resoplido, sin encontrarle la gracia a mi comentario.
La noche de Halloween es la que Ponderosa Springs aprovecha para recaudar dinero con el fin de destinarlo a alguna obra benéfica que es probable que ni siquiera exista. El año pasado montaron una feria; el anterior, un zoológico interactivo.
La junta directiva jamás deja pasar la ocasión de exprimir a la gente y emplear los fondos en alguna reforma inútil para el pueblo o llenarse los bolsillos de pasta. Es un pozo sin fondo en el que los habitantes del pueblo tiran su dinero encantados.
Este año, el circo de las pesadillas: una mezcla de carpas rojas en espiral y en la víspera de Todos los Santos, donde se permite a los muertos volver a caminar entre los vivos para revisitar su pasado y vengarse de quienes hirieron sus almas en vida.
Nunca he salido a pedir caramelos en Halloween, pero, con el tiempo, he aprendido a disfrutar de esta peculiar fiesta en la que todos deciden transformarse en monstruos espeluznantes y villanos terribles.
Porque hoy, por una vez, no me hace falta ninguna máscara para encajar, sino que puedo pasearme con total libertad como el asesino de asesinos y decir que es un disfraz.
Esta noche me desprenderé de la fachada tras la que se oculta mi verdadero ser en el día a día y mostraré la podredumbre que se esconde bajo la superficie.
—No va a pasarle nada —dice, entretenido con un lapicero lleno de bolígrafos que hay en mi escritorio—.
Solo va a dedicarse a seguirlo durante el tiempo que dure el circo benéfico y luego se reunirá con nosotros en el aparcamiento a las nueve, cuando cierren.
Lyra conoce las reglas, sabe que no puede ir a ningún sitio sin avisarnos.
Además, no nos moveremos de allí. Todo irá bien.
Rechino las muelas y asiento sin entusiasmo, procurando mantener la boca cerrada mientras me encamino hacia el espejo para ajustarme el cuello de la camisa. No pienso volver a discutir con él sobre este tema, y menos sabiendo lo que ocurriría si llegara a pasarle algo a ella.
—Dudo mucho que estés así por Lyra.
Giro la cabeza hacia Alistair y me digno a mirarlo por fin desde que ha llegado. Me observa atentamente con sus ojos oscuros, como si fuera capaz de ver más allá del espejismo que le muestro. De todos los chicos, quizá sea el que más me conoce.
—Ilumíname, Dios todopoderoso, ¿por qué crees que estoy así, entonces? —pregunto con indiferencia.
Se sienta en la silla de escritorio como si nada y se recuesta en ella con las manos detrás de la cabeza.
No he conocido a nadie que pueda fruncir el ceño como Alistair Caldwell. Ya de niño tenía esa cara de enfadado a todas horas, aunque no lo estuviera.
—Te has mosqueado porque no me he puesto de tu parte —afirma, con una seguridad que provoca que se me escape una risa amarga—. Ríete todo lo que quieras, pero es la primera vez que no estamos de acuerdo en algo. Siempre votamos lo mismo y, la única vez que no es así, vas y te pones de mala leche.
La tensión chisporrotea entre ambos; cualquier palabra o paso en falso podría derivar en una discusión encarnizada. Es una lástima que sea él mi contrincante: a pesar de que nuestro lazo es inquebrantable cuando coincidimos, nos convertimos en enemigos feroces cada vez que discrepamos.
Aun así, tiene razón en una cosa: esta es la primera vez en la historia de nuestra democracia como grupo que no votamos lo mismo y es evidente que me ha molestado.
Seguir los planes descabellados de Rook nunca nos ha traído nada bueno y Alistair es consciente de ello, o al menos eso creía.
Las ideas que propone son impulsivas y suenan bien en la teoría, pero acaban en consecuencias desastrosas en la práctica.
—Estoy harto de que actúes como si fueras el líder —replico—. No somos niños, no estamos en el patio del colegio y no estoy montando ninguna pataleta porque no me hayas escogido. Vivirías mucho más feliz si dejaras de creerte el ombligo del mundo, Ali.
La mandíbula se le tensa y mis palabras permanecen suspendidas en el aire, amenazando con hacerlo estallar. Es demasiado fácil sacarlo de quicio, siempre lo ha sido. Puede que él no conozca todas mis facetas, pero yo sí lo conozco a él, mejor que nadie.
Al principio, el grupo no era más que un dúo formado por Alistair y por mí, hasta que ayudamos a Rook a encender unos petardos en un club de campo mientras Silas montaba guardia. No obstante, durante un tiempo, antes de relacionarnos con ellos, éramos únicamente nosotros dos.