15 #4
—No me debes nada, Lyra —dice, con una expresión genuina de súplica en el rostro—, pero te pido por favor que no aceptes. Al margen de lo que sientas por mí, cuando te propongan lo que van a proponerte, te pido que no accedas.
Frunzo el ceño.
—¿Qué van a…?
—¡Chica de los bichos! —grita Rook—. Tenemos que hablar. Estoy seguro de que Thatcher no ha sido muy considerado al preguntártelo, pero, si te sirve de algo, yo te lo pediré por favor.
—Dale un momento para que salga, impaciente —responde este por encima del hombro y, cuando oye el sonido de la puerta cerrándose, se aparta de mí—. Di que no —repite por última vez y, acto seguido, procede a dejarme a solas para que me vista.
Me pongo la ropa con tranquilidad y me aseguro de que mis emociones estén completamente bajo control antes de salir a hablar con dos chicos que no tienen ni idea de lo que acaba de pasar en estas duchas comunitarias.
Trato de mentalizarme de que, cuando me plante frente a sus amigos, debo actuar como si Thatcher Pierson no fuera el hombre al que van dedicados todos mis latidos, aquel al que mi cuerpo anhela y mi mente detesta; el hombre en torno al cual giran todos mis sueños.
Porque no puedo dejar que nadie se percate de ello.
Así que me tomo mi tiempo, hasta que consigo labrarme una máscara de ignorancia y apatía. Recojo mis cosas y, al abrir la puerta, el aire fresco del otoño me enfría de inmediato el pelo, todavía húmedo. Me meto las manos en los bolsillos del cárdigan y percibo un olor a humo en el ambiente.
Alistair está apoyado contra un lateral del edificio, sosteniendo un cigarrillo entre el pulgar y el índice mientras se lo pasa a Rook. La brasa ardiente arroja un humo gris al aire.
Ambos me miran cuando salgo, pero Thatcher parece dirigir la vista a todos lados menos a mí.
—¿Quién se ha muerto? —pregunto de broma, con las palmas de las manos algo sudorosas por los nervios, porque no me extrañaría nada que me dijeran que ha aparecido otro cadáver.
No deja de ser raro que hayan venido los tres a buscarme sin las chicas. Lo único que se me ocurre es que necesiten algo de mí y solo de mí.
—Nadie —gruñe Alistair en voz baja de forma cortante—, todavía.
Me balanceo sobre los talones, mordiéndome el interior de la mejilla.
—Entonces, ¿qué queréis? ¿Les ha pasado algo a Briar o a Sage?
—No —se apresura a decir Rook—. Están bien y podrás contarles lo que hemos hablado luego, pero queríamos preguntártelo a ti sola para que la decisión fuese tuya y de nadie más. Ya sabemos lo protectoras que pueden llegar a ponerse nuestras chicas cuando se trata de ti, Lyra.
—Esto es una estupidez…
—Lo hemos votado, Thatcher, y has perdido, así que ya no depende de ti —lo interrumpe Rook en un tono firme que casi nunca utiliza—. Ahora es cosa de Lyra.
Thatch aprieta la mandíbula y lo fulmina con la mirada.
—Es una idea imprudente que no debería haberse sometido a votación.
—¿Imprudente porque la he propuesto yo —le suelta Rook— o porque no se te ha ocurrido a ti primero? Qué delicado te has puesto. No te preocupes, puedes llevarte todo el mérito, a ver si así te sacas el palo que tienes metido por el culo.
Sea cual sea el plan, ha conseguido enfrentar a dos personas inseparables.
Los zapatos de vestir negros de Thatcher chocan con las puntas de las Vans de Rook; los diez centímetros de altura que le saca Thatch lo obligan a bajar la mirada hacia su amigo, que, en estos instantes, parece una llama viviente.
—Hay formas mucho más fáciles de morir, Van Doren —dice Thatcher con desprecio, y la luz de la luna se le refleja en los dientes al esbozar una sonrisa—. Pero, si quieres jugar, adelante: juguemos.
Están a dos segundos de enzarzarse en una pelea brutal que no me apetece nada presenciar. Con la rabia que se tienen el uno al otro ahora mismo, seguro que correría la sangre por ambas partes.
Rook le da una calada a su cigarrillo y le echa el humo en la cara a su amigo con una sonrisita de las suyas.
—Aquí te espero.
Doy un paso hacia ellos y le coloco una mano en el hombro a Rook mientras miro a su amigo, que parece dispuesto a rebanarle el pescuezo.
—Tranquilos —intervengo con calma—. Decidme qué necesitáis de mí. No me importa ayudar.
Thatcher clava los ojos en mi mano, apoyada sobre el hombro de otro.
—Quieren que te acerques a Easton —escupe, sin apartar la vista de mis dedos—, que vayas hacia él como una oveja al matadero y acabes sirviéndoles de cebo.
Frunzo el ceño y miro a Alistair en busca de confirmación al tiempo que vuelvo a meterme la mano en el bolsillo.
—Está exagerando —responde Alistair con un suspiro—.
Lo único que queremos es que te acerques a él lo suficiente como para vigilarlo.
Cada vez que intentamos acercarnos nosotros, se da cuenta de que estamos ahí.
Necesitamos a alguien silencioso que pueda seguirlo y escuchar sus conversaciones privadas. Nada más.
Una oleada de orgullo me inunda por completo. Nadie me había necesitado nunca; al menos, no para eso, y, aunque han venido a buscarme solo por mi habilidad para pasar desapercibida, es igual de agradable sentir que te necesitan.
Por peligroso que sea, quiero formar parte del plan que tengan en mente y ayudar a esas chicas desaparecidas y a mis amigas.
Hasta este momento, sentía que no podía serles de utilidad en nada, pero me acaban de brindar la oportunidad perfecta para contribuir a la causa recabando información que nos lleve a descubrir quién está al mando de la Aureola e incluso a acabar con esto de una vez por todas.
Lo que no entiendo es por qué Thatcher se opone con tanta vehemencia.
—No dejaremos que te pase nada, aunque él se piense lo contrario —añade Alistair, girando la cabeza hacia Thatch con un gruñido—. La decisión es tuya.
Necesitan un fantasma, alguien que sea invisible y pueda escuchar los susurros que rebotan en las paredes durante esas reuniones clandestinas; una persona capaz de camuflarse con el entorno.
Y esa soy yo.
Miro a Thatcher, pensando en lo que me ha pedido en la ducha y sopesando si de verdad merece la pena ignorar a las personas que me importan solo por ceder a sus deseos. Sus ojos me suplican en silencio que me niegue, que me vaya y haga como si nunca me hubieran pedido nada.
Así que aparto la vista de él.
—¿Cuándo queréis que empiece?