15 #3
Cuando su aliento me acaricia el rostro, noto cómo las chispas saltan entre nosotros, y me doy cuenta de lo mucho que lo he echado de menos durante esta semana que hemos pasado sin vernos.
Sigo tan molesta con él que me he obligado a no seguirlo a todas partes: me he privado de mi adicción favorita.
—¿Mis jerséis también? —inquiere mientras un destello de comprensión le ilumina la mirada y alza un dedo para apartarme un mechón húmedo de la cara.
Asiento despacio, con las mejillas sonrojadas de pensar en todas las prendas que le he ido robando a lo largo del tiempo.
—Hollow Heights debería reforzar las cerraduras de las habitaciones. Los de cachemira son mis favoritos —murmuro, esbozando una ligera sonrisa.
Durante un único segundo que parece prolongarse, permite que algo más que una expresión vacía se le dibuje en el rostro; una que nos transporta a un lugar donde existimos entre las sombras de nuestro pasado y el comienzo de nuestro futuro.
Pero la vida tiene una forma curiosa de recordarme que no puedo quedarme aquí toda la eternidad. Por más que lo desee, siempre habrá algo que nos empuje en direcciones opuestas y él siempre procurará mantener la distancia entre nosotros para dejarme claro que se encuentra fuera de mi alcance.
—Se acabó —dice, dejando que su rostro adopte de nuevo esa expresión vacía que tan bien conozco y que no es más que un abismo repleto de nada—. Lo de seguirme, nuestras lecciones… Todo eso se ha acabado, mascotita.
Siento cómo el alma se me cae a los pies con cada palabra.
Esa es su especialidad: herir a aquellas personas que se atreven a acercarse demasiado. Cada vez que alguien intenta ir más allá de la superficie, se encarga de hacerlas añicos por dentro con una precisión quirúrgica.
Thatcher no es un muro sólido que pueda derribarse a la fuerza ni desmoronarse con el tiempo.
Es una fortaleza de espinas, hecha de madera astillada, cristales rotos y los fragmentos que heredó de su padre a modo de armas mortales para protegerlo de todo sentimiento o emoción que lo aproxime a su humanidad.
—Y una mierda —replico con aspereza—. Eso no te lo crees ni tú. Solo estás echándote atrás porque sentiste algo por mí.
Y yo no soy una cualquiera que vaya a dejarse amedrentar con facilidad ante el más mínimo obstáculo. No pienso permitir que las cuchillas de su miedo me aparten de él, y menos cuando nunca me ha importado sangrar.
Suelta una risita por la nariz, como si fuera lo más absurdo que ha escuchado jamás. Se aleja de mí unos pasos y enciende la luz, lo cual me quema las retinas por el fulgor repentino de las bombillas.
—No te lo tengas tan creído. Lo que pasó entre nosotros fue un error. No dejes que ese corazón desesperado que te late dentro del pecho te haga pensar lo contrario.
La frialdad de su tono me provoca un escalofrío, y la garganta se me cierra. El enredado cuento de hadas que me he pasado los últimos días construyendo está convirtiéndose en una pesadilla de la que quiero despertar.
¿Cómo que un error?
—Eres un puto cobarde. Ese corazón desesperado al que te refieres no es el único al que tienes que culpar. Tus manos también estaban entre mis muslos, capullo —le espeto.
No sé con quién estoy más enfadada, si con él, por restarle tanta importancia a lo que pasó entre nosotros, por ser capaz de mirarme a la cara sin recordar la desesperación con la que me tocó ni la lujuria que destilaban las palabras que me susurró al oído y por quedarse ahí como si nada, sin el menor atisbo de remordimiento en su rostro de porcelana, después de haberme dado tanto placer solo para saciar un capricho suyo, o si conmigo misma, por pensar que podía acortar la distancia que nos separaba y salir ilesa.
—Pero te faltan huevos para admitirlo —prosigo, dejando que mi ira sostenga mi corazón herido frente a su rotundo rechazo.
Me niego a apartarle la mirada, a pesar de que lo único que me apetece hacer sea replegarme y evaporarme del mundo; desaparecer de su vista y no volver a verlo jamás. Aunque eso sería darle exactamente lo que quiere y renunciar a él.
Thatcher puede ser muchas cosas terribles, tanto para mí como para otras personas.
Puede que ahora no busque nada más que herirme con sus palabras y puede que yo esté tan enfadada con él que no sea capaz de pensar en nada más que sacarle los ojos de las cuencas.
Pero no se merece que nadie más se dé por vencido con él: el mundo ya se ha encargado de darle de lado durante toda su vida.
Gira la cabeza en mi dirección de un modo tan brusco que me extraña que no se haya hecho daño en el cuello.
—Ten cuidado con lo que dices, mascotita —me advierte, curvando el labio superior.
—Hace una semana tú dijiste cosas mucho peores cuando me empapaste el coño con tu sangre. No tienes ningún derecho a venir a darme lecciones —replico.
La frustración se apodera de él y se pasa una de sus manos enormes por la cara, como si fuera a explotar en cualquier momento y arrasar el mundo con toda la rabia contenida.
Es probable que sea la emoción más intensa que haya experimentado en toda su vida, y presenciar cómo trata de lidiar con ella resulta doloroso.
—¡Olvídalo! —grita, con tal vehemencia que un mechón le cae sobre el rostro—. Todo. La noche en la que mataron a tu madre, el mausoleo y cada instante que esté relacionado conmigo. ¿Entendido? Quiero que estés muerta para mí, Lyra.
En esa cripta, nuestros cuerpos rebosaban vida el uno contra el otro. Su lengua cruel y afilada no va a cambiar lo que siento por él, por mucho que me duelan sus palabras.
Pero ahora mismo quiero que sufra. Aunque sé de sobra que está mal buscar venganza y herirlo solo porque no comprende sus propios sentimientos, no puedo evitarlo. Quiero que le duela tanto como a mí, que no sea la única que salga por la puerta de este baño con una herida abierta.
Si yo sangro, me aseguraré de que él también sangre conmigo.
—Entonces, ¿se acabó?, ¿el trato y todo lo demás? —pregunto.
El vapor de la ducha se me arremolina frente al rostro y la toalla que me envuelve el cuerpo me mantiene caliente.
—Sí —responde, y observo cómo la nuez le sube y le baja al tragar.
Saco la ropa limpia de mi mochila y me la aprieto contra el pecho solo para demostrar mi enfado.
—Genial —suelto con una mueca de desprecio mientras le doy la espalda y me dirijo hacia los vestuarios—. Pues saludaré a Conner de tu parte.
No tengo ganas de quedarme a ver su reacción ni de seguir hablando con él cuando lo único que pretende es terminar de destruir cualquier mínimo vínculo que hayamos forjado.
Lo único que quiero es vestirme y dejar que los celos lo carcoman por dentro ante la idea de que busque consuelo en Conner Godfrey. Por mí, que se imagine lo peor.
Sin embargo, no llego muy lejos. Thatch me agarra del codo y me aprieta con fuerza, como si quisiera transmitirme en ese gesto todas las palabras que se niega a decir en voz alta. El dolor me obliga a volverme hacia él con el ceño fruncido de irritación.
Una tormenta de furia parece descargarse sobre sus hombros y me lanza una mirada sombría que no promete nada más que miseria y dolor, la misma que supongo que tiene cuando clava los ojos en los de alguien a quien está a punto de desmembrar o cortar en pedacitos.
Con la mano que le queda libre, tira de la toalla que me cubre el cuerpo de una forma tan brusca e impulsiva que no me da tiempo a impedir que se me resbale.
Los pezones se me endurecen al entrar en contacto con el aire frío y, a pesar de que mi mente lo odia, mi cuerpo no puede evitar encenderse bajo su mirada.
—No juegues conmigo, Lyra Abbott —dice con una voz como la belladona, cargada de oscuridad y de intenciones poco decorosas.
Una advertencia.
Recorre con los ojos cada curva de mi cuerpo expuesto, acariciándome sin ni siquiera alzar una mano, algo que provoca que las entrañas me ardan de deseo.
Una sonrisa de suficiencia le alza las comisuras de los labios al percatarse del espasmo involuntario que me sacude los muslos, como si hubiera ganado una especie de apuesta.
—Qué patético —murmura—. Tu coño ansía mi odio más de lo que jamás anhelará el amor de otro hombre. ¿Acaso no te parece triste, mi querido fantasma?
Me acerca un dedo a la clavícula y tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para agarrarlo antes de que llegue a rozarme la piel. Pese a que mantengo la cabeza alta, me siento como si se me fuera a quebrar la columna en cualquier momento.
—No puedes ser el hombre que me toca y el que me hace sufrir al mismo tiempo —repongo con una firmeza sorprendente—. Decídete: o eres uno u otro, pero no ambos.
La calma y la seguridad que me había mostrado hace unos segundos comienza a flaquear. Retira de golpe su mano de la mía, se la desliza en el bolsillo de sus pantalones de vestir oscuros y permanecemos allí de pie, como dos mitades de un todo, separados únicamente por el silencio.
Me enfrentaría al mismísimo cielo y al infierno por él, la criatura más adictiva del mundo, mi propio ángel de la muerte y mi obsesión no tan secreta. Haría cualquier cosa por el hombre atormentado que tengo delante.
Y, aunque pueda destrozar este corazón propenso a las adicciones que poseo y que solo busca su amor, me niego a permitir que me trate mal solo porque esté dolido.
Su indiferencia y su sarcasmo son una cosa, pero no pienso dejarme dinamitar por sus comentarios agrios, fruto de su inexperiencia con los sentimientos.
No voy a tolerarlo.
—Thatcher, te dijimos que fueras a por ella, no que la encerraras aquí —dice una voz desde la puerta.
Cuando me aprieto la ropa contra el pecho desnudo, Thatcher se apresura a colocarse justo frente a mí. Planta una mano a cada lado de mi cuerpo y me aprisiona contra la pared para protegerme de Rook, que es el que está hablando.
Su olor, denso y penetrante, se mezcla con el vapor y me envuelve por completo. Lo miro con los ojos entrecerrados, sin prestarle apenas atención a su amigo, mientras él me observa con una curiosidad silenciosa.