La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 15 #2
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Por suerte, he conseguido recolectar varios sacos de huevos, así que espero que eclosionen sin contratiempos para estudiar su ciclo vital antes de usarlas en una de mis exposiciones de taxidermia.

Ya tengo preparados el terrario y la incubadora; lo único que tengo que hacer es vigilarlas de cerca durante unas semanas.

Una vez termino de enjuagar el barro de las botas, me meto en la ducha y corro la cortina fina y negra para concederme algo de intimidad, tanto física como mentalmente. El flujo constante de agua caliente me ayuda a deshacerme del frío que se me había instalado en los huesos.

Una oleada de emoción me recorre el cuerpo por primera vez en una semana. Mi pasión por los insectos siempre ha sido como una luz discreta que habita en mi interior y brilla cuando necesito alegría o calor, convirtiéndose en una llama que me acompaña en mis momentos más sombríos.

Recuerdo la primera vez que una tutora de acogida me preguntó por qué me gustaban. Había descubierto una caja llena de saltamontes escondida debajo de mi cama y no entendía por qué no empleaba el tiempo en cosas más normales, como jugar a las muñecas o leer cuentos.

No se me ocurrió qué decir, salvo que me parecían chulos y me gustaba sentir sus patitas en la palma de la mano. Pero ahora, que llevo años cultivando esta pasión y este arte, mi respuesta es un poco más concreta.

Cada araña, polilla y escarabajo pertenece a una categoría. Todos cumplen una función dentro de un sistema más complejo, resultan predecibles a su manera y cooperan para que todo funcione sin esfuerzo. Hacen mucho y, sin embargo, pasan desapercibidos y son objeto de desprecio por su apariencia.

Además, sirven a una infinitud de propósitos: para controlar las plagas que amenazan los cultivos, por ejemplo, o para algunos tratamientos medicinales, como aquellos que requieren de la picadura de una abeja para aliviar a quienes padecen enfermedades crónicas.

Se arrastran por la tierra, polinizando, reciclando, cumpliendo con su labor sin llamar la atención.

Para mí son un enigma insólito y sombrío por el que siempre me he sentido atraída, incluso desde que era pequeña. Son el único hilo que me mantiene unida a la niña que fui antes de que mi madre muriera, mi único vínculo con Scarlett.

Me masajeo el cuero cabelludo para extenderme el champú mientras dejo que el agua caliente se lleve consigo el estrés y me libere del peso de la propuesta de Conner, que no para de rondarme por la cabeza.

Sé que no debería confiar en él por la gente con la que se ha juntado, pero me ha ofrecido la oportunidad de alimentar esa lucecita que habita en mi interior y convertirla en una carrera que sé que me haría muy feliz.

Sería una oportunidad que implicaría dejar atrás todo lo que he forjado aquí: mis amistades, mi vida, el recuerdo de mi madre…

También marcaría el comienzo de una nueva vida en la que podría ser quien quisiera, sin que nadie estuviera al tanto de mi pasado por haber visto un documental sobre crímenes reales.

Aunque, claro, tendría que empezar de cero sin las personas que me han acompañado en mis peores momentos.

Las dejaría atrás, a ellas y a todos los recuerdos que hemos creado juntas, por turbios que sean; a Briar y a Sage, a la Sociedad de las Lobas Solitarias.

Todo permanecería en Ponderosa Springs, donde no reside nada más que el mal.

Y también estaría a un mapa entero de distancia de Thatcher. Se acabaría el salir a correr por la mañana siguiéndole el ritmo y las incursiones a su habitación para robarle sudaderas o gel de baño. Me quedaría completamente sola, sin ninguna obsesión a la que aferrarme.

El corazón se me agita solo de pensarlo y amenaza con dejar de latirme, pero esa tenue luz dentro de mí brilla de felicidad.

De pronto, el chirrido de la pesada puerta al abrirse interrumpe el constante zumbido del silencio y hace que me sobresalte.

Mis pensamientos se disipan y me devuelven a la realidad.

Unos pasos resuenan contra el suelo segundos después, y rezo en silencio por que nadie me diga nada del montón de ropa sucia junto al lavabo.

Pero, por suerte, quienquiera que haya entrado se limita a abrir el grifo de la ducha de enfrente sin mediar palabra. Continúo quitándome la suciedad del día y procedo a aclararme el acondicionador del pelo cuando oigo el agua correr en el cubículo que se encuentra a mi espalda.

Solo he oído los pasos de una persona, así que no tiene sentido que haya abierto ambas duchas. Justo cuando estoy preguntándome el motivo que le habrá llevado a querer disponer de dos grifos, se abre otro, y luego otro, y otro más, hasta que el agua corre al unísono en los ocho cubículos.

El pecho se me contrae cuando se apagan las luces. El miedo me burbujea en el estómago y lo único en lo que puedo pensar es en que voy a morir como las típicas mujeres indefensas que salen en todas las pelis de terror que he visto: acorralada en la ducha, desnuda y empapada.

La oscuridad se apodera casi por completo de mi visión y apenas puedo verme la mano delante de la cara. Tiro de la toalla que había colgado junto a mi cubículo y me envuelvo en ella tras cerrar el grifo.

—¿Hola? —grito, aguzando el resto de sentidos ante la falta de luz.

Pongo el oído para captar el más mínimo movimiento, pero solo recibo silencio como respuesta.

Me digo a mí misma que solo será alguien gastándome alguna bromita pesada. Trato de repetírmelo una y otra vez para convencerme de ello, aunque, teniendo en cuenta a las mujeres a las que han asesinado en los últimos días, es difícil pensar en cualquier otra cosa.

Me aferro a la toalla con fuerza y corro despacio la cortina. Cuando asomo la cabeza, me doy de bruces con la oscuridad y la certeza de que hay alguien aquí conmigo, observándome.

Un escalofrío me recorre los brazos y me eriza el vello. La garganta se me tensa al sentir la presencia de alguien que no debería estar aquí. Guardo la esperanza de que sea un fantasma, lo cual me parece que es caer muy bajo, incluso para mí.

Si consiguiese llegar hasta mi móvil, podría llamar a alguien para pedir ayuda. Lo he dejado sobre la encimera, a pocos pasos de la ducha, así que me daría tiempo a cogerlo…, ¿no?

Solo hay una forma de averiguarlo.

Respiro hondo dos veces para afianzar mi frágil confianza y procedo a salir disparada de la ducha. Mis pies mojados chapotean por el suelo de baldosas y le ruego a todos los dioses no resbalarme y abrirme la cabeza por culpa de un fantasma; o, peor aún, facilitarle el trabajo a un asesino en serie.

El trayecto hasta los lavabos da la impresión de ser mucho más largo que hace un momento. Como no puedo confiar en la vista para orientarme, me lanzo hacia delante y dejo que mi propio cuerpo me guíe.

Me estrello de frente contra el mármol, lo que me deja sin aire por el impacto. Trato de recuperar el aliento mientras palpo la fría superficie en busca del móvil.

Justo cuando rozo el dispositivo con los dedos, noto la presencia amenazante de alguien de pie detrás de mí. Ante la imposibilidad de hacer nada más, me giro con el móvil del revés para que su luz me revele el rostro de quien me está atormentando.

Así, por lo menos, podré ver a la persona que va a matarme.

—«Regla número tres —murmura—: Mantén siempre la guardia alta». ¿Cómo esperas acercarte a un objetivo sigilosamente si ese mismo objetivo podría estar acechándote a ti?

La cara de Thatcher se ilumina con la pantalla de mi móvil. Tiene la mandíbula tensa y los ojos clavados en mí. Bajo esta luz parecen casi negros y rebosan una emoción que nunca había visto en ellos.

Me aferro aún más a la toalla, temblando.

—¿No podías haberme dado la lección sin provocarme un infarto?, ¿o es que era indispensable que me asustaras de esta forma?

—Hueles a mí.

Me ignora como si no le estuviera hablando, como si ese hecho fuese más importante que haberme dejado sumida en la oscuridad más absoluta y haberme dado un susto de muerte.

—¿Por qué hueles a mí? —pregunta, exigiéndome una respuesta.

Hace una semana vi cómo la lujuria le teñía el rostro y fui testigo de la manera tan inquietante en la que es capaz de acaparar toda mi atención cuando permite que el deseo se apodere de él. Creía que verlo fuera de sí me asustaría, pero, en realidad, tuvo el efecto contrario.

Ni siquiera ahora, por muy guapo que esté, puede compararse con el aspecto tan deslumbrante que tenía el otro día, jadeando sobre mí, entregado al caos en el que nos sumimos juntos y que nos negamos a soltar.

Tenía algunos mechones de pelo alborotados sobre el rostro, la camisa arrugada y los ojos del azul más salvaje que he visto nunca.

Estaba hecho un desastre.

Thatcher Pierson estaba hecho un desastre, por mí.

Y no he presenciado jamás una belleza como la suya en ese instante.

Ahora, aquí de pie, es el mismo Thatch de siempre, el hombre impasible y de pose erguida que me observa con una mirada inescrutable, y siento debilidad por ambas versiones de él.

—Me he llevado tu gel de ducha del baño de tu residencia —le digo con la cabeza bien alta, aunque no sé qué me ha impulsado a confesárselo, si es porque estoy enfadada con él por ignorarme o simplemente porque no me importa que lo sepa.

Él aprieta la mandíbula y frunce el ceño.

—¿Por qué?

Me rodeo el cuerpo con los brazos, manteniendo el foco de luz entre ambos a la vez que trato de proteger las partes más vulnerables de mí misma, pese a que él ya haya visto lo peor de ellas.

—Me gusta cómo hueles —contesto, y me muerdo el interior de la mejilla—. Me gusta sentir tu olor sobre mi piel.

A juzgar por la expresión de su rostro, sé que se ha acordado de cómo se sintió al estar entre mis muslos, cubriendo su olor con el mío. Sé que se le ha quedado grabada esa sensación.