15
Juegos perversos
Lyra
—Entonces, aparte de que se lleva mal con James, ¿no tenemos nada más que vincule a Conner con la Aureola o los asesinatos? —me pregunta Briar.
Percibo la frustración en su voz, que suele ser calmada.
Me coloco el móvil entre la oreja y el hombro mientras inspecciono la amplia estancia de paredes alicatadas y me asomo por debajo de cada uno de los ocho cubículos que la conforman para asegurarme de que no hay nadie en las duchas de los estudiantes de último curso.
Asiento con la cabeza, pese a que soy consciente de que no puede verme.
—Os he contado todo lo que me dijo. No me dio tiempo a preguntarle nada más.
Alguien con complejo de conejo de Pascua perturbado decidió dejar una extremidad en el patio e interrumpirnos de mala manera, y no pudo haber sido Conner porque estuvo conmigo todo el rato antes de que apareciera la pierna.
Cuando confirmo que estoy sola en el baño, dejo mi mochila sobre la encimera blanca y pulida, con cuidado de que no se deslice dentro de alguno de los muchos lavabos.
Me saco las botas de lluvia amarillas ayudándome de la punta del pie como buenamente puedo y observo cómo algunos trozos de barro caen al suelo en el proceso.
—Sage dice que Rook está convencido de que ha sido cosa de Easton. No quiere ni contemplar la posibilidad de que haya otra persona implicada.
Suelto una risa por la nariz.
—Para Rook, Easton Sinclair es culpable hasta del puto cambio climático.
Si estuviera en su mano, lo culparía de todos los males que asolan al mundo, y no puedo decir que no lo entienda: el hijo de Stephen no es un buen tío. Es el típico niño bonito, tóxico y manipulador, con una vena misógina del tamaño de una catedral.
No solo le hizo la vida imposible a Sage, sino que también acosó a Briar al principio, y, además, lleva midiéndosela con los otros chicos casi desde que aprendió a hablar.
Al igual que su padre, siente una necesidad imperiosa de demostrar que la tiene más grande que el resto, cuando todo el mundo sabe que ambos se correrían en los pantalones al más mínimo roce y que no encontrarían un clítoris ni poniéndoselo delante de las narices.
—Seamos sinceras —prosigo—, solo está buscando una excusa para quemarle el otro lado de la cara, no tiene ninguna prueba para inculparlo.
Ya has oído lo del cuerpo que apareció el otro día.
¿De verdad crees que alguien que estuvo a punto de vomitar diseccionando una rana en el instituto sería capaz de hacerle lo mismo a una persona?
Después de un buen rato forcejeando con los pantalones para intentar bajármelos, se me enciende la bombilla. Suelto el teléfono en la encimera y pongo el altavoz para poder quitarme la ropa sin tener que contorsionarme.
—Por mucho que odie a ese puto imbécil, no creo que tenga huevos de dejar el torso de una mujer enfrente del ayuntamiento, ni aunque estuviera limitándose a hacerle el trabajo sucio a su papaíto.
Dos partes distintas de dos cuerpos diferentes en solo una semana. Se me revuelve el estómago al pensar en que quienquiera que se encuentre detrás de esto tiene un propósito claro en mente, y me atrevería a apostar lo que fuera a que está relacionado con nosotros.
—Hayley Townson —digo en un susurro, evocando su recuerdo—. Ese era el nombre de la chica a la que pertenecía el torso. Iba a graduarse este año con el mejor expediente de su promoción. El asesino no pretende pasar desapercibido ni esconderse: quiere que sepamos quién es.
Le habría resultado mucho más fácil ir tras alguien que gozara de menos popularidad, una mujer o una chica con la que no hubiera llamado tanto la atención, pero está eligiendo a propósito víctimas con cierto estatus.
Quiere que lo descubramos, que sepamos que somos el objetivo principal de todos los asesinatos que comete. Si con los cuerpos no nos había quedado lo bastante claro, el mensaje grabado en el vientre de Hayley terminó de sacarnos de dudas.
Solo pararé si vosotros paráis
Dejad de entrometeros
Dejad de ir a por sus trabajadores
Es como la hoja de una guillotina que va descendiendo poco a poco y te obliga a recibir el corte de buena gana o a rendirte por las malas ante ella.
De una forma u otra, van a seguir muriendo chicas, ya sea a manos de un asesino imitador o de un proxeneta.
Ninguna de las opciones me parece aceptable, y me pesa verme forzada a escoger entre el menor de dos males.
Me estoy quitando la camiseta para quedarme en sujetador y bragas cuando Briar me toma por sorpresa con su siguiente pregunta.
—¿Y no crees que haya podido ser Thatcher imitando la técnica de su padre? Tendría todo el sentido del mundo que…
—No, imposible —la interrumpo, frunciendo el ceño y observando cómo se me ha descompuesto la expresión del rostro en el espejo que tengo frente a mí—.
Puedes pensar lo que quieras de él, pero lo último que haría sería poner en peligro a los chicos, te lo aseguro.
Da igual quién sea su padre: no perjudicaría de esa forma a sus amigos, e ir dejando miembros cercenados por el pueblo pondría el foco de atención directamente sobre ellos; así que no, no creo que haya sido Thatcher, y tú tampoco deberías.
Además, es demasiado perfeccionista y habilidoso como para exponer su trabajo al público de esa manera, aunque eso no puedo decirlo.
Le prometí que no le contaría a nadie lo que me confesó ni lo que me enseñó, y pienso mantener mi palabra.
No me corresponde a mí ventilar sus actividades extracurriculares.
—Solo estoy intentando considerar todas nuestras opciones, Lyra —replica Briar—. Las personas que más quiero en este mundo están hasta el cuello de mierda. Thatcher es el único que sabe cómo actuaba su padre.
—Sí, y el país entero también. La investigación se difundió por todos los medios nacionales, por un montón de blogs y vete a saber por dónde más —respondo, con evidente irritación en la voz.
—No quiero que nos peleemos por él —repone con un suspiro, y sé que está pasándose una mano por el pelo—. Solo trato de protegerte. Espero que… lo que sea que veas en él no termine haciéndote daño.
«Yo también», desearía decirle, solo que ella lo malinterpretaría.
No me da miedo que me mate. Sé que no lo hará: si hubiera querido acabar conmigo, ya lo habría hecho. Pero tiene todo el poder del mundo para destrozarme, para aplastar mi corazón sangrante entre sus dedos largos, aunque lleve días sin hablarme y no se merezca mi lealtad ahora mismo.
Desde lo del mausoleo, ha estado dejando todos mis mensajes en leído y guardando silencio absoluto.
Sin embargo, no puedo evitar sentirme atraída por las partes de él que vi aquel día en mi macabro refugio, por los pedacitos de su ser que he ido coleccionando a lo largo de los años y que nadie más ha contemplado nunca como yo.
Sigo aferrándome a ellos y a la esperanza de que alguno de esos fragmentos también vea algo en mí.
—Lo entiendo, de verdad, pero la gente a la que quieres confía en Thatcher. Él no los traicionaría así, no es como su padre —digo pese a mis sentimientos, deseando que él creyera en esas palabras tanto como yo—. Voy a darme una ducha antes de salir del campus. Te escribo cuando llegue a casa.
Se produce un instante de silencio, como si quisiera añadir algo más y no se atreviera a hacerlo.
—Tú solo… ten cuidado —murmura.
—¡Espera, espera! —me apresuro a decir antes de que cuelgue—. ¿Vamos mañana al circo nocturno?
La carcajada que suelta me retumba en los oídos.
—Ya te lo confirmaré. Tengo un examen muy importante de Cálculo y me hace falta estudiar.
—Es Halloween, Briar. Habrá chuches y disfraces. ¿No puedes olvidarte de los números por una noche?
—Me lo pensaré —murmura, con una sonrisa en la voz—. Te quiero, Lyra. Nos vemos por la mañana.
Cuelga antes de que pueda decirle lo mismo. Desearía ser capaz de enfadarme con ella por poner a Thatcher como el villano de la película, pero lo cierto es que no puedo culparla, y menos cuando sé que lo único que pretende es mantener a salvo a quienes quiere.
En los baños comunitarios del distrito Rothchild reina un silencio sepulcral, y no es de extrañar: casi nadie los usa.
Están reservados para los alumnos de cursos superiores, aunque la mayoría de ellos pueden permitirse vivir fuera del campus, por lo que, teniendo en cuenta que aquí la gente se limpia el culo con billetes de cien dólares, es raro que alguien prefiera quedarse en una residencia.
Así pues, la habitación de paredes alicatadas suele estar abierta y vacía, lo cual me viene perfecto para esos días en los que no me apetece volver a casa cubierta de hojas y barro, como hoy.
Lo cierto es que, pese a haber acabado con los dedos congelados y sucios a más no poder, he aprovechado bien el día. Me he pasado la mayor parte del tiempo recorriendo los bosques que rodean el campus en busca de nidos de seda entre los árboles y ciertas plantas.
Con la caída de las hojas del otoño, ha llegado la temporada de las arañas. Aunque las mariposas, las polillas y los escarabajos me fascinan desde niña, mi interés por esas criaturas de ocho patas que tanto miedo infunden a todo el mundo es más bien reciente.
Son uno de los pocos insectos con los que aún no he preparado una exposición. A pesar de que siempre he admirado sus creativas telas y su comportamiento, no empecé a obsesionarme hasta que me vi todos los episodios de un documental sobre ellas en Australia.
Entonces se me vino a la mente la imagen de una exhibición plana, en un marco rectangular, con una tela artificial tejida en el interior y varios tipos de arañas alrededor de ella, y pensé que quedaría genial colgada sobre la repisa de mi chimenea.
La idea se me ocurrió tan de repente que apenas me dio tiempo a anotarla antes de investigar qué especies colocaría dentro.
Prefiero capturar por mí misma cualquier araña local que encuentre, me parece más personal que encargar los ejemplares a terceros.
Además, así puedo explorar el bosque, cosa que es un punto a mi favor.