La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 14 #3
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Oigo su nombre una última vez al concluir la sección, al dar por finalizada la pieza y la danza al mismo tiempo. Cuando vuelvo a abrir los ojos, recuerdo que continúo en mi habitación, con mi abuela de pie frente a mí, mirándome con asombro.

Un silencio reconfortante se instala entre nosotros hasta que May habla de nuevo.

—Cada vez que te escucho tocar, pienso en la alegría que le habría dado a tu madre verte así.

Retiro los dedos del piano y aprieto la mandíbula mientras niego con la cabeza. Me levanto del banco con naturalidad y me dirijo hacia la cama para revisar el correo, tratando de eludir el tema de conversación.

—Sé que no te acuerdas mucho de ella, pero tu madre te quería con todo su corazón. Fuiste el único motivo por el que se quedó aquí en vez de regresar a Rusia —prosigue.

—Lamento que fuera así —respondo de manera cortante, echando un vistazo hacia atrás por encima del hombro—. Tal vez aún estaría viva si se hubiera ido.

Cuando me siento en el borde de la cama y cojo el montón de cartas, me señala con un dedo acusador y hace que vuelva a sentirme de repente como un niño. No me regañaba casi nunca, pero en alguna que otra ocasión alzaba ese índice y lo blandía como una especie de varita para meterme en vereda.

—Ni se te ocurra decir eso —me reprende—. Lo último que ella habría querido es que te culparas de su muerte. Decidió quedarse porque te quería. No lo interpretes de otro modo, Alexander.

Coloco la carta de mi padre al final y voy pasando las demás.

Hay una de la Facultad de Medicina, otra relativa al fondo fiduciario, una del banco para solicitar una tarjeta de crédito nueva y…

Ah, aquí está. Cojo el sobre manila dirigido a mi abuelo, procedente de una agencia privada de detectives de Washington.

Al lanzar el resto del correo a un lado, algo me llama la atención. Un sobre cuadrado, negro en su totalidad, se desliza de la pila. Lo recojo con el ceño fruncido y, cuando lo giro, veo mi nombre escrito en letras blancas e irregulares.

No hay dirección ni remitente, solo mi nombre.

Levanto la solapa del sobre, extrañado.

—¿Podemos dejarlo para otro momento? Tengo asuntos que atender.

Dentro hay una nota escrita con una caligrafía espantosa en una hoja blanca.

ponderosa springs ya alberga suficiente mal en sus tierras. si no te marchas ahora, nunca saldrás de aquí con vida. vete antes de que sea peor.

-X

¿Qué narices es esto?, ¿ Pequeñas mentirosas ? ¿De verdad hemos llegado al punto de recibir amenazas anónimas? A Alistair le va a encantar, y Rook se lo va a pasar en grande reduciendo la carta a cenizas.

Suelto una risita por la nariz y oigo unos tacones sobre el suelo. Al levantar la vista, me encuentro a May apoyada en la puerta, a punto de salir de la habitación.

—Sabes que no me gusta hablar de ellos. ¿Podrías dejar de hacerte daño a ti misma sacándome el tema?

—le espeto, con un tono de voz más duro de lo que pretendía.

No obstante, aunque las palabras sean ciertas, me arrepiento al instante de haberlas pronunciado, porque soy consciente de que no lo ha hecho con mala intención—. No quería que sonara tan brusco.

—Sí, sí querías, pero no te disculpes por ello. Has tenido las agallas suficientes para decírmelo, así que lo mínimo que debes hacer es no recular.

Se me dibuja una sonrisa al percatarme de que he heredado mi lengua mordaz de la mujer que tengo delante.

—No…

—¿Sabes por qué te gusta tanto el piano? —me interrumpe May, cruzándose de brazos.

No me hace falta mirarla para darme cuenta de que ha adoptado su habitual postura de «ni se te ocurra replicarme, chico».

—Porque requiere de orden y talento, dos cualidades en las que destaco sin lugar a duda —respondo con un deje de suficiencia—. Esas fueron las palabras exactas de mi profesor de música, por si se te habían olvidado.

May me dedica una sonrisa cansada. Sabe que siempre reacciono de este modo cuando intenta hablarme de alguno de mis padres.

Uno es una mancha de la que me gustaría deshacerme y la otra es una completa desconocida. Ninguno de los dos tiene poder sobre mí.

—Al margen de tu encantadora confianza en ti mismo —me reprende—, Talia solía ponerte música clásica en casa a todas horas, de día y de noche. Fue bailarina de joven, y tú tenías solo dos años cuando te sentó en la banqueta para que tocaras.

La sonrisita que había esbozado se me borra de la cara y un nudo me atenaza el estómago. Una frialdad que no había sentido hasta ahora se apodera de mí mientras rebusco en mi mente para averiguar si es cierto lo que me está contando, pero no consigo encontrar nada.

—Da igual que no quieras reconocerlo o que no lo recuerdes —continúa—. Es a ella a quien debes agradecerle tu talento y tu pasión por la música, y cada día que pasa la veo reflejada un poco más en ti. Estaría orgullosa del hombre en el que te has convertido, Alexander.

—No lo creo, May —respondo, consciente de que ninguna madre podría querer a un hijo que ha hecho lo que yo he hecho, lo que ansío hacer.

—Yo sigo queriendo a tu padre —dice ella—. Queremos a nuestros hijos pese a todo lo malo. No hay día que no lamente haber perdido a mi pequeño de esa forma. Me duele saber lo que ha hecho, pero lo sigo queriendo.

El chasquido de la puerta al cerrarse me retumba en el pecho y no tarda en quedar engullido por el silencio. En esa quietud, reflexiono sobre si mi afición por el piano se debe a la añoranza de una madre a la que nunca conocí pero que ayudé a enterrar.