La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 14 #2
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Hay pocas personas que puedan decir que han pasado por lo mismo que ella: presenció cómo metían a su hijo en la cárcel por psicópata, no le quedó más remedio que criar a su único nieto como si hubiera salido de sus propias entrañas y perdió a su marido poco después de todo aquello.

Y ahí sigue, con la cabeza alta y una sonrisa casi perenne en su rostro envejecido.

Creo que es la única persona que nunca ha tenido prejuicios conmigo. Los que antes solo me veían como un niño distante cambiaron de parecer en cuanto arrestaron a mi padre. De pronto, me convertí en el próximo asesino en serie de Ponderosa Springs, en una bomba de relojería a punto de estallar.

Mi abuelo también comenzó a verme de otro modo, por más que lo negara; aunque, en su defensa, tuvo que hacerlo para impedir que repitiera los errores de mi padre. Si quería ayudarme, necesitaba verme tal y como era: un cóctel explosivo de tendencias homicidas y traumas de la infancia.

Sin embargo, May siempre me ha visto únicamente como Thatcher, su nieto; un niño que necesitaba estar solo más a menudo que otros, que tocaba el piano y que era muy observador.

Me trataba como habría tratado a cualquier otro descendiente, y a mí se me olvidaba a menudo expresarle cuánto se lo agradecía, pero procuraba demostrárselo lo mejor que podía.

—¿Sabías que de pequeño solías llamarme Baba? —pregunta, adentrándose en mi habitación con varias cartas entre las manos.

Frunzo el ceño, sonriendo con escepticismo ante la idea de haberle puesto un apodo cariñoso a mi abuela. Nunca he sido un niño que mostrase mucho afecto.

—La verdad es que no lo recuerdo —respondo mientras me acerco a la cama para enfundarme los calcetines—. ¿Seguro que no te estás confundiendo con otro nieto?

—Tu madre empezó a llamarme babushka cuando naciste. Significa «abuela» en ruso. Creo que la ayudaba a no echar tanto de menos su hogar —prosigue, deslizando el pulgar por el montón de cartas—. Era una palabra muy difícil de pronunciar a tu edad, claro, así que te quedaste con Baba.

Puede que sea cierto, si bien mi memoria se niega a retroceder tanto en el tiempo. Todo lo que sucedió antes de su muerte está cubierto por una niebla espesa, un velo que me dificulta recordar cualquier cosa más allá de lo que me han contado.

—¿Has venido a pedirme que vuelva a llamarte Baba? Porque, si es así, lamento comunicarte que has cruzado a esta ala de la casa para llevarte una decepción, May —le respondo en un tono desenfadado, para que entienda que estoy de broma pero tampoco se cree falsas esperanzas.

Ella pone los ojos en blanco, aunque esboza una ligera sonrisa. Deja el correo a mi lado y le echo un vistazo a la pila de cartas. Al incorporarme, me la encuentro de pie delante de mí.

—He venido a dejarte esto —musita, mirando el montoncito—. Te ha escrito.

Ya sé a quién se refiere. Esperaba que lo hiciera, por lo que no hace falta que me lo diga para darme cuenta de que se trata de mi padre.

Dejo escapar un suspiro.

—Siempre lo hace.

Leo por encima cada carta suya que recibo. En todas me relata, con una caligrafía inmaculada, su día a día aislado del resto y me pregunta qué hago o dónde estoy. Al terminar, las arrugo y las lanzo a la papelera, todas y cada una de ellas, sin excepción.

Sé que la única razón por la que me escribe es porque conserva la esperanza de que algún día le responda y acuda a él en busca de su aprobación. Quiere saber hasta dónde ha llegado su legado y que alimente su ego desmedido contándole que he seguido matando en su nombre.

Si yo continúo leyéndolas es por el subidón de poder que me produce saber que soy su único vínculo con el exterior y quien tiene el control sobre él. Me necesita desesperadamente para saciar sus impulsos homicidas, pero nunca le concedo nada de lo que busca.

Ahora mando yo. El poder es mío y prefiero morir antes que devolvérselo.

—No eres como él. Lo sabes, ¿verdad?

El roce de los dedos de May apartándome el cabello húmedo del rostro me provoca un escalofrío. No lo hace con mala intención, es solo una abuela mostrándole afecto a su nieto y, por el respeto que le tengo, se lo tolero sin quejarme, aunque lo detesto.

Con delicadeza, me coloca dos dedos debajo de la barbilla y me alza el rostro para que la mire.

—¿Verdad?

Creo en el poder del contacto visual. Es una forma de comunicación que transmite confianza, asertividad y una autoestima alta sin necesidad de palabras.

Si se utiliza como es debido, puede servir para intimidar a los demás hasta someterlos a tu voluntad.

Es el delicado arte de demostrarle al resto que estás seguro de ti mismo y no temes lo que puedan ver al mirarte a los ojos.

Sin embargo, no creo en él cuando se trata de May.

En sus ojos hay una tristeza permanente, un velo de lágrimas perenne, por todas las desgracias con las que ha tenido que lidiar, y no quiero sumirla aún más en un pozo de miseria al dejar que vea en qué me he convertido o, más bien, lo que he permitido que mi padre hiciera de mí.

Le marchitaría el corazón que aún le queda reconocer en mi mirada al hijo que perdió y saber que, a pesar de su amor, de las magdalenas caseras y de los viajes veraniegos, no había nada que pudiera haber hecho para cambiarme.

Henry me causó un daño irreparable. He visto demasiadas cosas y hace mucho tiempo que he aceptado mi destino.

En ciertas ocasiones, me siento culpable por ser así, sobre todo por May, pero tampoco mucho.

—Soy consciente de ello —digo.

Me aclaro la garganta y con el dorso de la mano le aparto los dedos de los que se ha servido para alzarme la barbilla.

—A veces no me lo parece.

Un suspiro de derrota se me escapa de los labios cuando se aparta de mí para darme espacio, aunque no se va de mi habitación.

Se dirige hacia el piano negro que descansa en la esquina y hace sonar una tecla.

Al oírla, me doy cuenta del tiempo que llevo sin tocarlo, porque casi siempre utilizo el del sótano.

Me levanto y me acerco al instrumento para sentarme en la banqueta.

Ella permanece de pie, observándome desde el extremo opuesto de la superficie negra y pulida. Percibo sus facciones reflejadas en la tapa brillante al bajar la vista hacia las teclas y pasar los dedos por ellas con la ligereza de una pluma.

Me remango hasta los codos con calma y la miro.

—¿Alguna sugerencia? —pregunto, esbozando una ligera sonrisa.

Siente una clara debilidad por mi forma de tocar. No importa lo alterada o molesta que esté, le encanta escucharme. Y, cuando no puedo brindarle las palabras que necesita ni el consuelo que merece, le ofrezco lo que sé que está en mi mano.

—Toca algo que me cuente cómo has estado, Alexander.

¿Que cómo he estado? ¿Estos días o a lo largo de los años? Porque hay muchas maneras de expresar lo que me ha ocurrido últimamente, pero solo se me viene a la cabeza una palabra abrumadora.

Al contemplar los puntos que me atraviesan la palma de forma horizontal, su recuerdo me asalta de inmediato. Me siento atormentado, asolado y en un estado de agonía insoportable cada vez que me encuentro cerca de ella, y sé qué pieza musical transmite ese tipo de angustia a la perfección.

Me acomodo en la banqueta y comienzo a tocar. Me permito experimentar la misma tortura en la que me he sumido en la ducha, solo que esta vez dispongo de un lugar donde volcarla. La apertura del segundo movimiento del Concierto para piano n.º 23 de Mozart me resulta muy reveladora en este instante.

Deslizo los dedos por las teclas, ejecutando un vals gótico para introducir el solo de piano.

Es, quizá, la expresión más pura de anhelo y dolor jamás plasmada en un sonido.

Percibo la sutil tristeza en la melodía, como si las teclas blancas y negras suspirasen y el eco de sus sollozos acompañase a la voz solemne del instrumento.

En mi subconsciente, puedo escuchar el leve susurro de su nombre, instándome a verter en la canción todas y cada una de las emociones tortuosas que he experimentado por ella. El ruido que se origina es una representación artística de lo mucho que me desconcierta mi interior.

A medida que avanza la pieza, noto cómo va recayendo sobre mis hombros el peso de la soledad que despierta, moviéndose con fluidez de un lado a otro mientras visualizo a la orquesta sumándose a mí para entrelazar la belleza del dolor con el deseo melancólico.

«Lyra, Lyra, Lyra, Lyra».

Su nombre resuena al compás de cada tecla que toco.

Aun con los ojos cerrados y el ceño fruncido, puedo verla.

Está en el baile de Halloween del año pasado, con aquel vestido carmesí que realzaba cada curva de su cuerpo.

En mi mente, gira sin cesar al son de mi música, en los brazos de un hombre vestido de negro que sostiene su delicada figura, pero la capucha oscura bajo la que se oculta solo me permite captar destellos de una piel espectral.

Él la guía con precisión y ella se limita a seguirlo, moviéndose con elegancia y ligereza al compás de cada nota. Está danzando con la muerte, una deidad que parece deleitarse en el hecho de que su piel enferma sea capaz de aferrarse a la de una humana sin causarle daño.

Tras siglos recorriendo el mundo en busca de alguien capaz de resistir la letalidad de su tacto, la ha encontrado a ella, la joven a la que todo el mundo ha olvidado, excepto él, el segador de almas. Y él nunca podría olvidarla.

Intensifico el ritmo, observando cómo sus pasos también se aceleran en mi cabeza. Aunque las tres familias de instrumentos no estén tocando en realidad, puedo oírlas apoyándose las unas a las otras, dejándose llevar por el sonido envolvente que brota de las teclas.

Dan forma a la danza macabra perfecta. El gemido de un violín y el clamor de una trompeta, cuerda y metal confluyendo en un único duelo, convierten el lamento de cada uno en una melodía inimitable.

«Lyra, Lyra, Lyra, Lyra».