La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 14
61%

14

Entre las teclas

Thatcher

Tengo las manos al rojo vivo: doloridas, arrugadas y ardiendo. Me noto toda la piel encendida al frotarla con la áspera esponja, en un dolor sordo que puedo dejar en segundo plano mientras continúo lavándome.

Limpio, lo único que quiero es estar limpio, pero no importa cuánto me enjabone ni cuánto tiempo permanezca bajo el agua: sigo sintiéndome sucio. El rastro microscópico que Lyra me ha dejado se niega a desprenderse de mi piel.

Necesito borrar cualquier prueba de lo que he hecho, de lo que hemos hecho. Si froto con la suficiente fuerza y uso los productos químicos adecuados, tal vez pueda eliminar su sabor de mi lengua y mi sangre de la escena del crimen, como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros.

Siempre se me ha dado increíblemente bien limpiar cualquier desastre.

Soy tan meticuloso que nadie ha detectado nunca ni el más mínimo indicio de mis delitos.

Sin embargo, ahora que ni siquiera soy capaz de quitarme su aroma a cerezas de la piel, estoy empezando a pensar que tal vez haya perdido destreza.

La esponja se me resbala de las manos al apoyar las palmas contra la fría piedra gris de la ducha. Los puntos de sutura de la herida rozan la pared y cierro los ojos al notar cómo el agua se me desliza entre los omóplatos.

Tras mis párpados no debería haber nada más que una desolación negra y absoluta, desprovista de imágenes y conciencia, pero mi mente no deja de mostrarme su rostro una y otra vez.

Las náuseas me revuelven el estómago al pensar en lo que he hecho y no puedo evitar sentir asco de mí mismo por haberla tocado, por haberme permitido perder el control. ¿Cómo he podido ser tan blando y mostrarme tan vulnerable ante alguien?

Le ordené que no se derrumbara delante de todas aquellas miradas indignas y, más tarde, fui yo quien se desmoronó en aquel mausoleo. El muro de contención que había erigido a mi alrededor saltó por los aires en cuestión de segundos al oír lo vacía que sonaba su voz.

Me repugna esta actitud.

La fragilidad y la ternura que ha despertado en mí no me caracterizan. Nací sin debilidades ni emociones, eso fue lo que me inculcaron desde la cuna. Estaba destinado a convertirme en un asesino a sangre fría y cualquier sentimiento era un virus que debía ser exterminado de raíz.

Lyra es una enfermedad, una dolencia desastrosa.

Sabía que acercarme a ella provocaría este efecto en mí, que me infectaría todo el cuerpo antes de que pudiera siquiera darme cuenta de su influencia. Es un faro capaz de atraer hacia la luz las emociones y los sentimientos de cualquiera, incluso de alguien tan sombrío como yo.

Matarla sería más fácil que vivir con esto, con su imagen grabada en las retinas; con la tensión que se apodera de mi entrepierna cada vez que su nombre se me pasa por la cabeza, con la punzada de dolor que me atraviesa el pecho cuando recuerdo cómo gemía mi nombre.

Quiero oírla de nuevo, saborear las cerezas en su lengua; sentir mi piel rozando la suya porque, por primera vez, mi cuerpo no se rebeló contra su tacto.

Desde que tengo uso de razón, mi mente ha sido un arma afilada, dispuesta a desgarrar al mundo.

La han moldeado a base de golpes hasta convertirla en algo letal para el resto de la humanidad.

Y, aun así, permaneció en silencio entre sus muslos, completamente en blanco en sus brazos, sin caos ni pensamientos que la enturbiasen.

El único lugar donde encuentro un sosiego parecido es el piano.

Las teclas me ayudan a perderme. Ella me hace desear cosas que no tengo derecho a poseer, cosas con las que no sé cómo lidiar. Y, para alguien como yo, es peligroso querer, anhelar o dejarse consumir por algo.

«Necesitar a los demás es fracasar, Alexander. Querer es de débiles. ¿Acaso eres débil, hijo mío?».

Me hundo las manos en el pelo y me agarro los mechones blancos para tirar de ellos con fuerza. El agua me corre por la piel sin cesar al inclinarme hacia delante y coger aire.

—¡Joder! —gruño a pleno pulmón, empleando un tono de voz más alto que nunca.

Grito, sintiendo cómo el vapor me envuelve. Grito hasta que el pecho se me agita por el malestar y las paredes de piedra parecen estremecerse.

Mi mente quiere destruir todo lo que esté relacionado con Lyra y arrasar con todos los pensamientos que giren en torno a ella hasta que no quede nada, pero mi cuerpo desea aferrarse al suyo.

La carne es débil y mis hormonas desbordadas amenazan con imponerse sobre todos los años de disciplina en los que he logrado someterlas. Una chica rara y amante de los bichos ha bastado para demoler todos los muros que he erigido.

«Lyra, Lyra, Lyra, Lyra».

Garabateo su nombre en las paredes de mi subconsciente mientras intento limpiar cada trazo con desesperación, si bien acabo gritando de nuevo. Este sentimiento me resulta insoportable.

Me he mantenido alejado, la he ignorado durante todos estos años y he evitado coincidir con ella en el mismo espacio para no verme doblegado de esta manera, porque sé lo que significa para mí.

«Lyra, Lyra, Lyra, Lyra».

La voz me falla. Le he concedido el tiempo suficiente para consumirme por dentro y he permitido que continuara, que se apoderase de cada fibra de mi ser.

«¿Qué pensaría tu padre si viera esto, Thatcher? ¿Crees que él habría reaccionado de una forma tan dramática? ¿Le habría importado, siquiera?».

Se acostaba con mujeres, las sacaba a cenar, las acompañaba hasta la puerta de sus casas y les daba un beso de buenas noches sin que le supusiese ningún tipo de esfuerzo. Luego era capaz de volver a casa y despedazar a su amiga si le apetecía. Se las ingenió para engañar hasta a la madre de Lyra.

Y, sin embargo, aquí estoy yo, perdiendo la cabeza en la ducha después de un desliz que nunca debería haber pasado.

«Él es mejor que tú».

Dejo que ese discurso interno se ensañe conmigo para recuperar el control.

Me fustigo hasta que noto cómo vuelve a levantarse el muro de contención que me distancia de todas estas emociones y consigo sacarla a ella de mis pensamientos.

Cuando la voz se me desvanece por completo, me tomo unos segundos antes de forzarme a instaurar el orden en mi interior de nuevo.

—Uno —logro decir a duras penas.

Inhalo con fuerza por la nariz y siento cómo se me empieza a despejar la mente antes de exhalar. Me enredo los dedos en el pelo con un poco más de ímpetu del necesario y, acto seguido, aflojo el agarre.

—Dos.

Suelto otra bocanada de aire y, al ladear la cabeza, oigo el crujido de los huesos.

—Tres.

La última.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, la insensibilidad de siempre se me propaga por hombros y la indiferencia se me asienta en lo más profundo de los huesos, lo que me permite extender la mano y cortar el flujo de agua de la ducha.

Salgo y apoyo los pies sobre la cálida alfombrilla. Tras coger una toalla y ceñírmela a la cintura, enciendo el piloto automático y me limito a seguir mi rutina al pie de la letra, sin divagaciones que me distraigan.

Me lavo la cara con calma y me seco la piel con toques suaves antes de aplicarme el tónico de manera uniforme por los pómulos. Para cuando me pongo la crema hidratante, todo parece haber vuelto a la normalidad; o, al menos, a la normalidad a la que estoy acostumbrado.

Al mirarme en el espejo, contemplo el reflejo del monstruo que mi padre creó, uno que yo he moldeado hasta transformarlo en algo mucho más grande de lo que él había soñado, pero que sigue siendo su pequeño Frankenstein.

«Recuerda que no albergas emoción alguna. Eres impasible y justo. Tu deber es destruir todo aquello que despierte algún sentimiento en ti. Solo así serás perfecto, Alexander. Tienes que serlo».

Ojalá la voz de mi cabeza no se pareciese tanto a la de mi padre. O tal vez sea un trauma reprimido que aflora para recordarme cuál es mi papel en esta vida.

En cualquier caso, pienso relegar esta crisis al rincón más profundo de mi mente y fingir que no ha ocurrido jamás. Porque, a todos los efectos, no lo ha hecho.

La próxima vez que vea a Lyra le diré que nuestro acuerdo se ha acabado. Me da igual que me suplique o que me ofrezca su corazón en una bandeja de plata para que me lo coma.

Estoy harto. De ser su profesor, de la obsesión que tiene conmigo, de todo.

Volverá a ser alguien irrelevante para mí y yo continuaré desdibujándola de mi memoria poco a poco hasta olvidarme por completo de que le perdoné la vida aquella noche en la que la vi saliendo del armario.

Oigo que llaman a la puerta con suavidad cuando me estoy poniendo el jersey verde oscuro de cachemira.

Alzo una ceja, extrañado. Los chicos entrarían sin más y el personal del servicio sabe que no debe molestarme en mi habitación, sea cual sea el motivo, así que solo se me ocurre una persona que pueda estar aguardando al otro lado.

—Adelante —digo en voz alta.

El picaporte se mueve y los tacones de mi abuela cruzan el umbral de la puerta.

La falda amplia de color claro y la camisa blanca abotonada que lleva son prendas básicas en su armario desde que tengo uso de razón. Es una mujer que tiene a todo el mundo a su disposición y, aun así, insiste en hacerlo todo por sí sola. A mi abuelo lo sacaba de quicio.

—May —la saludo mientras me dirijo a la cómoda para sacar un par de calcetines color beige del cajón de arriba—, ¿a qué debo el placer de tu visita?

Siento un profundo respeto por mi abuela, uno que no proviene del cariño familiar ni de la lealtad impuesta por los lazos de sangre, sino de la admiración por todo lo que ha tenido que soportar a lo largo de su vida.

Aunque fue rica durante la mayor parte de su adultez, no lo tuvo nada fácil, y la he visto durante años enfrentarse a las adversidades con una elegancia que muchos desearían tener.