13 #4
Le aparto las bragas a un lado con la hoja, dejándoles una mancha roja al hacerlo. El corte de la mano aún me palpita y gotea sangre cuando coloco el extremo del mango entre sus húmedos pliegues.
El dolor que me atraviesa la entrepierna es casi insoportable. Mi polla disfruta más de la cuenta al verla mojada y cubierta de sangre. Su coño intacto y reluciente me atrae hacia él, rezándome como si fuese su dios, desesperado por que sea yo y nadie más el único que lo haga sangrar.
—Puedo hacer mucho más, Lyra. Puedo hacerte gemir y gritar.
Trazo un círculo alrededor de su clítoris, presionando con la suficiente fuerza como para añadirle un destello de dolor al placer.
Me inclino sobre ella y apoyo la mano que me queda libre junto a su cabeza para sostenerme y poder observar cómo el cuchillo que tengo clavado en la palma se desliza entre sus fluidos.
Lyra echa la cabeza hacia atrás y noto cómo le palpita el coño contra el mango negro y resbaladizo, pero quiero más: ansío que inunde este edificio decadente con más de esos quejidos dulces y lastimeros, que despierte a los muertos con sus alaridos suplicantes.
—Thatcher. —Se le escapa un gemido antes de continuar—. Es-estás sangrando, mucho.
Entierro la nariz en el hueco de su cuello y ella impulsa las caderas hacia delante en bruscas embestidas, desesperada por sentir la presión que le ofrece el mango. Se frota contra él una y otra vez mientras la sangre que me brota de la mano se derrama en su sexo, lo que facilita el movimiento.
Le recorro la garganta con la punta de la nariz, embriagado por su olor a cerezas, y no puedo evitar lamer el corte que le acabo de hacer. Su sabor, dulce y metálico, me arranca un gemido que surge de lo más hondo de mi pecho.
—Por ti, estoy sangrando por ti. —Le rozo el cuello con los dientes, mordisqueo las zonas más sensibles—. Por este coño que chorrea para mí. ¿No lo oyes suplicándome, mascotita?
Asiente a duras penas con un gesto tembloroso, entregándose por completo a mí. Parece tener los sentidos tan nublados por el placer que dudo que haya entendido siquiera mi pregunta o escuchado con atención mis palabras.
Nunca he estado tan cerca de alguien. Nunca he sentido este calor húmedo que fluye de entre sus muslos en oleadas suaves. Nunca le he causado placer a nadie, solo miseria.
Todo esto debería estar mal. Esta no es la forma correcta de tratar a una mujer que ansía el clímax.
Conozco el cuerpo humano. Sé qué aspecto tiene cuando se retuerce de agonía, cómo responde al más mínimo roce y dónde cortar según el daño que se quiera infligir.
Pero, sobre todo, conozco a Lyra Abbott; por más que desee no hacerlo y sacármela de la cabeza, la conozco. Y esta es exactamente la forma en la que quiere que la toquen. Esta pequeña asesina no quiere besos delicados ni que le susurren palabras tiernas al oído, no.
Quiere que la anhelen con voracidad. Quiere que alguien la desee con cada fibra de su ser, que ansíe con todas sus fuerzas respirar el mismo aire que ella y que sienta que cada molécula de su cuerpo se consume al tenerla cerca.
No quiere que la amen. Exige que alimenten su obsesión, que acepten su adicción desenfrenada sin intentar buscarle una cura. Una devoción por la que los dioses matarían.
No existe poesía delicada ni florida capaz de plasmar lo que ella necesita. Se requerirían palabras oscuras como la obsidiana, escritas con sangre en altares y traídas a la vida tras haberse dejado las rodillas amoratadas recitándolas.
Y en este instante no hay nada que desee más que alimentar esa obsesión que arde en su interior para demostrarle cuán abrumador puede ser fijarse en alguien como yo.
Sus gemidos me cantan al oído una melodía lasciva que solo ella es capaz de entonar. Unos jadeos pesados le brotan de los labios mientras se aferra a mi chaqueta, atrayéndome más hacia sí.
A juzgar por cómo tiembla, diría que está a punto de sumergirse en ese océano de éxtasis que ambos perseguimos. Acelero el ritmo, frotándole el mango sobre el clítoris y asegurándome de cubrir toda la hoja con mi mano.
—Más te vale pedirme permiso para correrte, Scarlett —le advierto antes de hundirle los dientes en la clavícula.
—Joder —grita, alzando las caderas en mi dirección sin poder contenerse—. Por favor, Thatcher. Por favor, deja que me corra. Necesito correrme.
Un poder, abrasador y gélido al mismo tiempo, me fluye por el cuerpo, como si me hubieran inyectado hielo en las venas. Es un subidón que nunca había experimentado.
El dominio que tengo sobre ella es absoluto: solo yo soy capaz de proporcionarle el orgasmo que tanto ansía. Si me detuviese en este momento, me suplicaría que continuase antes de que todo se desvaneciera.
Yo soy el amo y ella la preciosa marioneta que muevo con mis hilos.
—Pobrecita —murmuro con una voz felina—. ¿Necesitas correrte? Pues venga, mascotita. Córrete para mí.
No pasan ni dos segundos antes de que arquee las caderas una última vez y un alarido de placer le brote de lo más profundo de la garganta, lo que provoca que el resto de los cuervos huyan hacia el tejado.
Su cuerpo se tensa contra el mío y permanece rígido mientras las oleadas de éxtasis la inundan por dentro una y otra vez.
Percibo todos y cada uno de los temblores y sacudidas que hacen que el cuerpo se le agite y el corazón le lata desbocado.
Dejo caer el cuchillo al suelo con un golpe sordo y levanto la cabeza de su cuello tras inhalar su aroma.
Clavo la mirada en sus ojos vidriosos y sostengo su delicada mejilla con mi mano ensangrentada.
—La sangre y el placer te sientan de maravilla, mi querido fantasma —susurro, acercando dos dedos a su boca enrojecida.
Se los deslizo sobre sus cálidos labios y ella los rodea de manera instintiva con la lengua para chuparlos. No puede evitar gimotear ante la siniestra combinación de los fluidos pegajosos y dulces provenientes de su sexo junto con el infame líquido carmesí que ha brotado de mis venas.
El corte profundo que me atraviesa la palma continúa goteando, pero se ha coagulado lo suficiente como para permitirme echarle un vistazo a la herida. Aunque me harán falta varios puntos, esa es la menor de mis preocupaciones.
—No quiero volver a verte con él, ¿entendido? —digo, permitiéndole probarse a sí misma antes de retirarle los dedos.
De su garganta surge una mezcla de tos y un quejido. Frunce las cejas y, por la forma en la que me mira, sé que está a punto de protestar.
Levanto el dedo índice y lo muevo de un lado a otro frente a su rostro, y eso hace que cierre la boca de golpe antes de poder siquiera articular palabra.
Deslizo la mano con suavidad hasta su pecho descubierto y escribo mi nombre en la sangre que se ha acumulado sobre su piel pálida. Trazo las letras que lo componen una y otra vez en su cuerpo, justo encima de sus senos.
—No puedes…
—Sí que puedo —le advierto, inclinándome peligrosamente hacia su rostro exhausto de placer, con una voz tan gélida como una noche invernal—. Si Conner Godfrey vuelve a acercarse a ti, haré que se coma sus putas manos.