13 #3
Lyra me enrosca las piernas alrededor de la cintura para atraerme hacia ella, desesperada por tenerme, cuando debería estar luchando por huir muy lejos de mí. Si supiera cuánto la deseo y las cosas que me gustaría hacerle, no me buscaría con tantas ansias.
Y, aun así, aquí estamos.
—Sí, eres mi profesor —gimotea, aferrándose con las manos a mi chaqueta.
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio inferior mientras dejo que la hoja ascienda hasta su garganta. El filo danza sobre su delicada piel, aunque no aplico la presión necesaria para cortársela.
Todavía no.
—En ese caso, ¿qué cojones hace Conner Godfrey tocando lo que es mío?
La bruma de deseo que le empaña los ojos se desvanece ligeramente.
—¿Q-qué? —balbucea, y tarda unos segundos en comprender a qué me refiero—. Espera, ¿me estabas espiando en clase?
Le deslizo la mano izquierda por la nuca, enredo los dedos en sus rizos indómitos y la agarro con tal firmeza que se le escapa un gemido de dolor. Aprovecho la sujeción para echarle la cabeza aún más hacia atrás, obligándola a acercarse a la punta de la navaja.
—Thatch —sisea al sentir la hoja punzándole la piel.
—Ahí estaba yo, de camino a mi siguiente clase —la interrumpo, contemplando cómo la primera gota de sangre brota del cortecito que le he hecho en el cuello y un hilo largo y rojo le desciende por la garganta—.
Y entonces paso junto a la puerta abierta de un aula y veo a Conner Godfrey babeando por tu mano.
Las caderas se me impulsan solas hacia delante, lo que provoca que mi polla se restriegue contra su sexo. Puedo sentir lo mojada que está aun con toda la ropa puesta. Noto cómo la humedad se le escurre entre los muslos y su cuerpo se derrite ante mi tacto.
—Dime, ¿qué te ha hecho pensar que otros hombres podían tocarte? —Me inclino hacia ella hasta que mi boca queda suspendida justo sobre su nariz—. ¿Qué te ha hecho pensar que alguien que no fuera yo podía tocarte?
Con el lado romo de la hoja, recojo la sangre que se le desliza por la garganta y la arrastro hacia arriba. Embadurno de rojo el recorrido hasta llegar a su barbilla, con cuidado de no hacerle otro corte.
—Solo estaba mirando mi anillo. Nada más.
Le tiembla la voz, pero empuja las caderas hacia mí, meciéndose con timidez contra mi entrepierna, desesperada por aliviar su deseo.
—¿Te crees que me importa lo que estuviera mirando? —espeto.
La rabia que me ha provocado ver a Conner Godfrey pasando sus manos mugrientas por las de ella impulsa cada uno de mis movimientos.
No soy capaz de atender a razones ahora mismo; lo único que sé es que siento una irrefrenable necesidad de dejarle claro lo que me pertenece.
Mi autocontrol se quiebra sin remedio cuando se trata de Lyra Abbott.
Y lo odio. Odio la forma en la que me enloquece y cómo cada gesto suyo me lleva a perder la cabeza. Me ha corrompido de un modo en el que mi padre jamás habría podido hacerlo.
Soy un hombre ordenado, de costumbres, que sigue una rutina de limpieza rigurosa. Y ella es mi sucia mascotita, la única por la que me mancharía.
—No es lo que te piensas. Es solo un amigo.
Traga saliva al sentir cómo le apoyo la parte superior de la hoja en los labios. El líquido rojo oscuro le cubre esa boca que siempre huele a cereza, haciéndola parecer tan dulce como sé que sabe.
—Tienes razón, mascotita —respondo con frialdad, siguiendo el contorno de sus labios con la navaja ensangrentada y pintándoselos de rojo, mi color favorito—. Él no soy yo. Nunca lo será.
Abre la boca sin que se lo ordene y permite que la hoja se adentre en ella. La polla se me aprieta contra los pantalones, ansiosa por liberarse, al ver cómo enrosca su lengua rosada alrededor del acero.
Dejo que juegue, que recorra el metal y succione el desastre que ella misma ha causado hasta limpiar la hoja por completo. El aroma a cereza y a sangre me inunda las fosas nasales, despertando mi avidez.
Le retiro la navaja de la boca justo a tiempo para que hable de nuevo.
—Pero —empieza a decir, pasándose la lengua por los labios para atrapar con ella las gotas que quedan— ¿y si él puede enseñarme cosas que tú no puedes?
¿Es así como pretende obtener lo que quiere de mí, sacándome de mis casillas?, ¿saltándose todos los límites y adentrándose en un territorio que nadie debería pisar?
—Ah, ¿sí? ¿Y qué sabe él que yo no sepa?
Me posa una mano sobre el abdomen y la presiona contra el músculo firme que se oculta bajo mi camisa. La sensación de sus uñas intentando clavarse en mi piel me provoca un escalofrío que me atraviesa todo el cuerpo.
—¿Y si él puede enseñarme lo que se siente al ser tocada por un hombre? —murmura—. ¿O a darme placer por la noche cuando estoy sola en la cama y me deslizo la mano entre los muslos?
Exhalo con fuerza por la nariz y aprieto la mandíbula como si estuviera hecha de piedra. Alzo la cabeza hacia el techo y noto cómo se me tensan los músculos del cuello. Necesito recuperar la calma, aunque sea solo un poco, para no estallar del todo.
Sin embargo, lo único que se me viene a la mente al cerrar los ojos es la imagen de Lyra tendida sobre el escritorio de Godfrey mientras él la devora como solo yo puedo hacerlo, marcándola con la boca y recorriéndole todo el cuerpo con las manos.
He visto cómo la miraba: como si fuera un hombre perdido en el desierto y ella, un río caudaloso esperando a que se zambullera en sus aguas. Puede que Lyra no quiera darse cuenta, pero sé que la desea.
Mi autocontrol pende ahora mismo de un hilo frágil a punto de romperse y, en cuanto lo haga, perseguiré a Conner Godfrey hasta hundirle las manos en el pecho y arrancarle las costillas una a una.
—Tú no puedes enseñarme eso —dice, con un deje de burla inocente en la voz.
Cuando permito que sus palabras calen en mi mente y se filtren de verdad en mi interior, todo encaja de repente.
«¿Y si él puede enseñarme lo que se siente al ser tocada por un hombre?».
Una carcajada sombría me retumba en el pecho y hace que le vibren las manos, que aún tiene apoyadas contra mi abdomen. Chasqueo la lengua y esbozo una sonrisa maliciosa.
—Vaya, vaya, Lyra —la reprendo—. Siempre lo había sospechado, pero ahora lo sé con certeza. Qué sorpresa más encantadora.
Vuelvo a bajar la vista hacia ella y observo cómo me mira confundida.
—Mi querido fantasma es virgen —prosigo y, con un gesto ágil, giro la navaja que sostengo en la mano hasta que la hoja descansa en mi palma—. No hacía falta que intentaras ponerme celoso. Podrías habérmelo suplicado.
—¿Qué…?
—Podrías haberte arrodillado ante mí y haberme pedido educadamente que te permitiera llenarme de sangre la polla. Podrías haber sacado ese labio inferior tuyo y haber puesto morritos hasta que me abriera paso entre esas paredes tan estrechas, pero no lo has hecho.
Le meto el mango de la navaja en la boca y se lo empujo hasta la campanilla mientras agarro con fuerza la hoja y siento cómo se me hunde en la palma hasta hacerme un corte mucho más profundo que el suyo.
Los ojos se le abren de par en par y un gemido gutural le resuena en la garganta cuando la sangre me brota de la herida y un hilo cálido se le resbala por el cuello.
Gruño al contemplar cómo gotea entre sus pechos tersos y, tal y como pensaba, es un espectáculo tan escandaloso que solo contribuye a alimentar mis impulsos.
La imagen de todo ese líquido rojo y brillante marcando su piel nívea, de mi sangre extendiéndose por su cuerpo hasta cubrir cada centímetro a la vista, hace que desee verla ahogándose en ella, asfixiándose conmigo.
—Eres mía —le gruño al oído, dejando que su cálida boca se atragante con mi navaja—.
Mi alumna, mi puta mascota. Te doblegaré, te quebraré y jugaré contigo como me plazca, hasta reducirte a la nada si así lo deseo.
Fuiste tú la que me suplicó que te instruyera, de modo que obedecerás mis reglas. ¿Entendido?
Noto cómo asiente con vehemencia antes de permitirme siquiera acabar.
—Dilo.
Le saco el mango de la boca para que pueda hablar y se la deslizo hacia un agujero muy distinto. Un olor metálico impregna el aire entre nosotros, apoderándose de mis sentidos conforme mi propia sangre me empapa la mano.
El dolor es secundario. Hace mucho tiempo que aprendí a ignorar sensaciones como esta, a anularlas antes de que tuvieran siquiera la oportunidad de herirme.
—Soy tuya —murmura, apoyando la espalda contra los cristales de la ventana para impulsarse y poder arquear las caderas hacia mí—, solo tuya. Siempre tuya, Thatcher.
Decir que la visión que tengo ante mí es erótica se queda corto.
Le separo bien las piernas y le rasgo las medias por el centro para dejar al descubierto su ropa interior blanca, oscurecida en la parte frontal por lo empapada que está.
La imagen de su jersey desgarrado y su cuerpo pintado con mi sangre protagonizarían las fantasías más húmedas de la mismísima muerte.
Toda ella despierta en mí un deseo enfermizo que me he esforzado en ignorar.
Mi asesina sangrienta, tan pequeña y con sabor a cereza, sería capaz de hacer que la propia parca se arrodillara ante ella.
Los ángeles revolucionarían el infierno y condenarían al cielo a una eternidad de sufrimiento con tal de poder echarle un simple vistazo. Los hombres se quitarían la vida si así se les concediera la oportunidad de contemplarla de este modo.
Nunca he flaqueado, ni una sola vez en toda mi miserable vida. He permanecido años impasible ante la belleza de mujeres y hombres por igual.
Hasta este maldito instante, donde las piernas me tiemblan y las rodillas amenazan con fallarme.
Le recorro el abdomen con el mango de la navaja, siguiendo las líneas de su cuerpo hasta centrarlo entre sus muslos. Entonces, con manos temblorosas, se sube la falda aún más, y me revela su mitad inferior.
—¿Querías que alguien hiciera que te corrieses, mascotita? ¿Era eso lo que tanto ansiabas, por eso me estabas desafiando? ¿Necesitas que alguien te enseñe cómo hacer que este coñito tan patético se corra?