La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 13 #2
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Me inspecciona de arriba abajo con sus ojos vacíos y luego deja escapar un resoplido que le sacude los hombros.

—Dice su hijo.

No quiero preguntarme por qué es ella la única que consigue provocar esta explosión de energía en mi interior, por qué parece correrme fuego fundido por las venas ante su respuesta.

—¿Me estás culpando por tener un padre al que no elegí? No pensaba que fueras como el rebaño de ovejas que conforma este pueblo —replico con el ceño fruncido, inclinando la cabeza hacia la ventana—. No te tenía por una de esas personas que se tragan cualquier cosa que les cuenten, sea verdad o no.

—No pongas en mi boca palabras que yo no he dicho, Thatcher —responde, antes de tensar la mandíbula.

Esta versión amarga y fría de mi pequeña dama de la muerte me inquieta, y yo nunca me inquieto—.

Eres su hijo, tú no tienes nada que temer, salvo un reencuentro incómodo.

Yo soy la chica que lo mandó a la cárcel.

La verdad que escapa de sus labios se queda flotando entre nosotros. Lo que mi padre le hizo a su madre aquella noche derivó directamente en su arresto. Después de años logrando pasar desapercibido ante la policía, Scarlett Abbott fue el único cabo suelto que no pudo dejar atado.

Y yo permití que se convirtiera en su perdición.

Sobrevivió a él, presenció todo lo que le había hecho a su madre y me vio a mí.

Jamás entendí por qué mi padre decidió no descuartizar a Phoebe Abbott. Henry seguía una rutina muy estricta, y aun así, en aquel momento, se saltó todos sus pasos.

Lo arrestaron poco después de que encontraran el cuerpo en su casa y Lyra se lo contara todo a la policía, excepto mi participación en los hechos. Nunca mencionó que yo también estuve allí.

—No le tengo miedo —añade con un suspiro—. Sabía que vendría a por mí tarde o temprano. Llevo un tiempo esperándolo.

Mentira.

Mi padre le infunde pavor. Lo he notado en sus hombros hace un instante, en cómo le temblaba el cuerpo entre mis brazos y parecía desligarse de sí misma, un mecanismo al que recurre la mente cuando revive una experiencia traumática grave.

Es un síntoma frecuente del trastorno de estrés postraumático.

La he visto derrumbarse al descubrir la pierna.

He visto cómo se autoprotegía del horror de la única forma que conoce: desvinculándose de su cuerpo y refugiándose en lo más profundo de su ser hasta que todos los monstruos se marchan, hasta que regresa la quietud que hallaba dentro de aquel armario y que le permite dejar de ocultarse.

Tras dar unos cuantos pasos hacia delante, me coloco junto a ella y alzo los dedos para rozarle la cinta de seda verde que le adorna el pelo. Siento cómo se le contrae el pecho ante mi cercanía y veo cómo cierra las manos a los costados.

—Por eso te escabulles siempre a estos rincones polvorientos, ¿verdad? Porque aquí no tienes que esconderte de lo que te asusta —pregunto, inclinando la cabeza, aunque no sé por qué lo he dicho en voz alta cuando ya conozco la respuesta.

El calor se le extiende por el rostro y le tiñe las mejillas de un rosa ardiente. La mirada se le ilumina de nuevo con unas emociones puras y sin filtro que brotan por y para mí.

De pronto, una certeza implacable se me asienta en el pecho. Sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de que Lyra no volviese jamás a refugiarse sola en ese rincón oscuro de su mente.

—Son lugares olvidados por el resto, al igual que yo. Los únicos sitios donde siento que encajo.

Deslizo el pulgar por la costura de la tela y, cuando atrapo uno de sus rizos, compruebo lo suave que es bajo mi tacto. Desprende una calidez propia de ella.

—No viene a por ti, Lyra. Henry sigue entre rejas y, aunque no fuera así, te garantizo que no llegaría a acercarse lo suficiente como para tocarte —le prometo, descendiendo la mano hasta rozarle la curva del cuello—. No se atrevería a poner ni un solo dedo sobre esta piel pálida.

Un escalofrío me atraviesa al recorrer su cuerpo con mi tacto y verla inclinar la cabeza para facilitarme el acceso a su delicada garganta, entregándose a mí deliberadamente, sin oponer resistencia alguna.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque el único que puede hacerte sangrar soy yo —murmuro—. Tu sufrimiento, tu miedo, tu sangre…; toda tú me perteneces, mascotita.

Rozo con el pulgar el latido de su pulso y siento cómo se le acelera. Todo en ella reacciona a mi caricia; incluso las venas y las arterias bajo su piel parecen agitarse. Su corazón late solo por mí.

—¿Quieres refugiarte tras tus muros, mi querido fantasma?

¿Quieres esconderte entre las paredes de estos lugares embrujados?

Por mí bien —le digo con un leve asentimiento de cabeza mientras presiono el pulgar con firmeza sobre su cuello—.

Eso sí: asegúrate de dejarme entrar antes de cerrar la puerta.

Puedes apartar a todo el mundo si quieres, pero no consiento que me apartes a mí. Nunca.

Deja escapar un suspiro tembloroso y su cuerpo se inclina hacia mi tacto.

—No lo haré —susurra—. Nunca, mi ángel.

Alzo una ceja, observándola con curiosidad.

—¿Por qué me llamas así?

—Es lo que eres en mi cabeza.

«Un ángel. ¿Me está tomando el pelo?».

Se gira con naturalidad hasta quedar frente a mí, con los pies colgando sobre el borde del asiento de mármol. Sus rodillas se encuentran a escasos centímetros de las mías y mi mano todavía descansa en su garganta.

Veo cómo extiende un dedo hacia mí con vacilación y roza la chaqueta de mi traje color cámel. Recorre la tela de arriba abajo con tanta naturalidad que ni siquiera da la impresión de estar moviéndose.

—Un ángel de la muerte —murmura—. Un ser divino que, según se cree, consuela a las almas y las acompaña al otro lado.

Esperaba que, con el tiempo, se le hubiera olvidado lo que hice por su madre, pero, al parecer, a diferencia de mí, Lyra conserva cada recuerdo de su infancia y, en especial, de aquella noche.

Las monedas para pagar al barquero. Una tradición de los Pierson de la que me hablaron de niño y uno de los pocos recuerdos que aún guardo en la memoria.

Todos los fallecidos que portaban mi apellido fueron sepultados con monedas sobre los ojos para que nuestra riqueza no pasara desapercibida en cualquiera que fuese el más allá en el que acabáramos.

A escondidas, arrojé monedas en la tumba de mi propia madre justo antes de ayudar a mi padre a enterrarla. Es una mujer a la que apenas recuerdo: no sé si era cariñosa o distante, cómo sonaba su voz ni qué ropa solía llevar.

Quizá fuesen los vestigios de mi conciencia los que quisieron tener un gesto de bondad con Phoebe Abbott. No obstante, fuese lo que fuese, mi padre se aseguró de destruirlo todo. El deseo de ayudar a otros a cruzar el río Estigia se esfumó y no regresó hasta que conocí a los chicos.

—No soy un ángel, mascotita. Si eso es lo que piensas, eres una ingenua.

Le aprieto aún más la garganta para obligarla a alzar el rostro y que sus ojos se encuentren con los míos. Ella se queda observándome sin más y, por su mirada, sé que no importa lo que le diga: creerá lo que quiera.

Su mente es un ser con criterio propio, uno que empieza a despertar mi interés.

—Entonces, ¿por qué me estabas buscando?

La respuesta que espera no es la que va a recibir, aunque sea la verdad. Porque la razón por la que he ido al patio ha sido la ira. Pensaba llevármela a rastras a un lugar privado, lejos de la multitud, donde pudiera inculcarle modales y recordarle las condiciones de nuestro acuerdo.

—Para enseñarte tu próxima lección.

Las comisuras de los labios se me elevan en una sonrisa de suficiencia. Doy un paso más hacia ella y la obligo a separar las piernas para hacerme un hueco.

Quiero que mi cuerpo sienta repulsión por el cálido tacto de sus muslos rozando los míos, pero lo único que me despierta aversión es lo que provoca en mí, la forma en la que se me tensa el estómago y se me endurece la polla en los pantalones.

Lo que me repugna es reaccionar de esta forma por el simple hecho de tocarla, no ella.

—Tu profesor soy yo, ¿no, mascotita? —digo tras meterme en el bolsillo la mano que me queda libre.

Traga saliva al reparar en la navaja que se interpone entre nosotros. Cuando presiono el botón que se encuentra a un lado, la hoja se despliega, surca la penumbra de la habitación, y la punta le roza la parte delantera del jersey que lleva puesto.

Todo el ardor que he reprimido antes, por el revuelo que ha causado la extremidad cercenada, está emergiendo de nuevo. La necesidad de verla suplicándome perdón, de oír a esa boquita con sabor a cereza pagando por lo que ha hecho.

—Thatcher…

—Responde a lo que te he preguntado —gruño.

Arrastro el arma hacia arriba y engancho la tela de su ropa en el proceso. El jersey se rasga y deja al descubierto el tejido blanco de su sujetador.

Un gemido me retumba en la garganta al sentir el cuchillo tan cerca de su piel, sabiendo que, si presiono solo un poco, podré contemplar un hilo carmesí resbalándose por el valle de sus firmes pechos.

Con el borde afilado, trazo un círculo alrededor de sus pezones por encima de la tela del sujetador, aplicando la suficiente fuerza como para que sienta la presión de la hoja en su piel. Giro el mango en la palma y observo cómo inclina la cabeza hacia atrás de placer.

La polla se me contrae, ansiando profundizar en la calidez que emerge de entre sus muslos blanquecinos. Me aprieto más contra su cuerpo y un gemido se le escapa de la boca al sentir cómo mi miembro endurecido roza el centro de su sexo.

Los ojos vidriosos con los que me mira le otorgan un aire soñador, como si dudara de la realidad del momento y creyera que tan solo se trata de una ilusión que se desvanecerá en cuanto se despierte.

A decir verdad, yo tampoco estoy seguro de que sea real. Me parece demasiado normal y bueno para ser de este mundo.