13
Aprende a jugar según las reglas
Thatcher
—Señor, lo siento, pero no ha habido ninguna fuga de presos desde los años setenta. Le puedo asegurar que todos están bajo una vigilancia exhaustiva.
Agarro el móvil con fuerza, a punto de hacerlo añicos entre los dedos.
—Póngame con el alcaide.
La multitud a mi alrededor parece abrirse para dejarme paso. De sus cuerpos emanan oleadas de miedo, como una feromona que solo yo puedo percibir. La agitación por que haya aparecido un miembro en el campus se intensifica a medida que los susurros se convierten en voces desesperadas.
El Carnicero de Ponderosa Springs, o alguien haciéndose pasar por él, ha vuelto con un regalo. Y el principal sospechoso de todos camina entre ellos.
Unos pocos se atreven a mirarme fijamente; otros temen las consecuencias de quedarse observándome más tiempo de la cuenta.
Puedo notar cómo tensan la espalda y comparten sus teorías entre murmullos.
Todos creen que es cosa mía, como si necesitara rebajarme a un teatrillo tan vulgar para subirme el ego.
Por mí, que inventen los rumores que quieran. No me importa estar en boca de todos. Cualquier conclusión a la que estén llegando con sus reducidas mentes es el menor de mis problemas en este instante.
Adelante, que se consuman con sus teorías, que los engranajes de sus cabezas giren sin descanso hasta que la simple mención de mi nombre los haga temblar. Me da igual convertirme en su hombre del saco.
—No puede ponerse al teléfono. ¿Quiere que le deje algún mensaje de su parte?
Dios debe de existir. Es la única explicación que hay a la suerte que tiene este imbécil de estar al otro lado de la línea y no delante de mí ahora mismo.
—Claro, dígale que Thatcher Pierson ha llamado para preguntar por Henry Pierson, un recluso por el que pagamos una suma considerable de dinero para que os aseguréis de que permanece allí encerrado —me apresuro a responder, moviéndome por el campus con pasos firmes y pesados.
—L-le… Señor Pierson, le pido disculpas. No tenía ni idea de…
—Ahórrate las excusas —le espeto—. Si quieres conservar tu puesto, ponme con el alcaide. No volveré a repetirlo.
La línea permanece en silencio unos segundos, hasta que una voz distinta me saluda al otro lado.
—Señor Pierson, ¿qué puedo hacer por…?
—¿Dónde está mi padre?
No tengo tiempo para andarme con diplomacias, un arte que me enorgullece haber llegado a dominar gracias a mi carisma y mi capacidad para fingir.
Avanzo con determinación más allá del campus y me adentro en la arboleda detrás del distrito Rothchild, donde sé que encontraré a mi querido fantasma, escondido en una cripta que se cae a pedazos.
El único consuelo que puede hallar alguien tan ligado a la muerte reside en el silencio que rodea a quienes yacen enterrados.
Oigo el susurro de unos papeles justo antes de que el alcaide del centro penitenciario de Rimond responda.
—Donde ha estado durante los últimos años, señor: en su celda de aislamiento. ¿Por qué? ¿Desea que lo traslademos a otro sitio?
—¿Desde cuándo? ¿Cuándo fue la última vez que alguien comprobó personalmente que siguiera ahí?
La pregunta se queda suspendida en el aire y una especie de dolor incómodo y abrumador me atenaza el pecho. Las ramas crujen bajo mis pies a medida que me interno más en el bosque tras Hollow Heights.
—Inspeccionamos las celdas hace unos quince minutos, señor Pierson. Todos los presos, incluido su padre, estaban presentes. ¿Ha habido algún problema?
Sé que las probabilidades de que Henry se escape de una prisión de máxima seguridad son muy bajas, y odio que la razón por la que haya sentido la necesidad de comprobarlo mediante una llamada sea Lyra.
—No, solo me gustaría que reforzasen la vigilancia en las celdas de aislamiento durante las próximas semanas.
Quiero un listado de todas las visitas que haya recibido mi padre en los dos últimos años y que me llamen si alguien solicita verlo de aquí en adelante —le digo a toda prisa antes de colgar.
Puede que mi padre aún siga encerrado, pero nunca desaprovecharía la oportunidad de montar un buen espectáculo. En eso, por desgracia, somos iguales.
Podría tratarse de alguien que no esté relacionado con él en absoluto y que haya aprovechado la información que los medios publicaron sobre sus asesinatos para atemorizar a la gente de Ponderosa Springs; un imitador al servicio de la infame Aureola que esté usando la leyenda de mi padre como arma contra nosotros.
Aun así, debo asegurarme de que Henry no haya metido las narices en mis asuntos ni haya acabado involucrado de alguna forma, por si acaso.
Bajo la vista hacia el móvil y dejo el pulgar suspendido sobre el nombre de Alistair, dispuesto a llamarlo para echarle la bronca y quejarme de que sabía que pasaría algo de esto.
Les advertí que, si seguíamos indagando sobre las chicas desaparecidas y en todo el asunto de la Aureola, vendrían a por nosotros.
Y voy a ser yo el que acabe comiéndose el marrón.
Seré la primera persona a la que la policía señale cuando busquen un culpable.
Soy el sospechoso perfecto, el hijo furioso que replica los asesinatos de su papaíto.
Si llego a leer un titular como ese en algún periódico, me vuelo la cabeza de un tiro.
Un gruñido me brota de la garganta al pensar en el interrogatorio al que me veré obligado a enfrentarme tarde o temprano. Tengo que llamar a los chicos, debería ser mi prioridad.
Sin embargo, dirijo la mirada hacia el edificio deteriorado por años de abandono y tormentas.
Me detengo justo en el límite del perímetro, donde hace mucho se alzaba una verja y, de repente, llamar a cualquier otra persona o lidiar con cualquier otro asunto más allá de este bosque ya no me parece tan importante.
Todo puede esperar: el caos, la Aureola, mi padre… Ahora mismo, solo existe ella.
Lo que aún queda en pie del edificio fue en su día el mausoleo de la familia Harrison, los fundadores originales de Hollow Heights. Es un refugio un tanto inquietante y sórdido y, a pesar de ello, nunca entenderé por qué le atrae este sitio.
Está rodeado de hierba alta y árboles. Su estructura de estilo romano recuerda a una iglesia, con sus dos torres idénticas al frente, o lo que resta de ellas. Solo una ha logrado sobrevivir al paso de los años, con una cruz resquebrajada en lo alto; la otra se derrumbó hace tiempo.
Desciendo los pocos peldaños que se encuentran en la entrada y abro de par en par la puerta ya desvencijada. El chirrido que emite agita a los pájaros que se refugian dentro y mis zapatos Oxford resuenan sobre el suelo desgastado con cada pisada.
El graznido de unos cuervos retumba en el espacio y, cuando alzo la vista al techo, veo cómo una bandada se dispersa hacia el exterior por la cúpula agrietada. Solo unos cuantos permanecen dentro, picoteando las migajas de pan esparcidas por el suelo.
Resoplo con desdén.
Por supuesto, cómo no iba a darles comida a los pájaros.
—Ha vuelto, ¿verdad?
Su voz no es más que una leve alteración en el aire, carente de la emoción que la caracteriza, desligada de la situación que la rodea.
Está acurrucada en el recoveco vacío bajo la ventana de granito, abrazándose las piernas contra el pecho y mirando por las grietas de la vidriera hacia el bosque que se extiende fuera.
El sol se filtra a través de los restos del cristal y proyecta sobre su rostro un caleidoscopio de colores. Una variedad de rojos intensos le resaltan la curva de la mandíbula mientras que la pendiente de la nariz se le tiñe de azules vibrantes.
Bajo esta luz tiene un aspecto etéreo, casi espectral. Es una imagen demasiado poderosa para ser real, una ensoñación que sabes que desaparecerá en cuanto parpadees. Durante unos segundos que parecen eternos, permanezco inmóvil en el sitio, incapaz de hacer otra cosa que no sea contemplarla.
Nadie me había hecho sentir nunca de esta forma. Es como si la viera de verdad por primera vez y me estuviera dando cuenta de la belleza tan cautivadora que posee.
Unos rizos negros y sedosos como las plumas de un cuervo le caen de la parte superior de la cabeza, recogidos por un coletero, y, por una vez en mi vida, siento el impulso de tocar a alguien, de deslizarle los dedos entre el pelo y comprobar si es tan suave como parece.
El jersey ajustado que lleva le acentúa el pecho y la firmeza del abdomen, resaltando cada curva, arco y hendidura de su cuerpo.
Un hambre voraz me carcome las entrañas cuando me fijo en la falda de color verde oscuro que le abraza los muslos y me imagino el tacto aterciopelado de su piel bajo esas medias negras que se ciñen a sus piernas pálidas.
Tal vez se deba a que ya la he tocado con mis manos desnudas al agarrarla de los brazos, en un intento por consolarla. Y ahora, que he sentido su piel bajo mi palma, me es imposible no querer más: clavar los dientes en ella, ver cómo se enrojece, hacerla sangrar.
—Ha vuelto y viene a por mí —murmura, girando la cabeza para mirarme con esos enormes ojos verdes que, aunque normalmente están llenos de vitalidad y sentimiento, en este instante tan solo parecen ausentes.
Lo único que me apetece al verla así es insuflarle de nuevo todas las emociones que suele desbordar por cada poro de su piel, porque detesto la idea de que se haya convertido en una mera cáscara, vacía por dentro.
Su mente ha erigido unos imponentes muros para protegerse de aquello que la asusta; quizá los haya llevado consigo toda la vida. No me extrañaría que ese mecanismo de defensa fuera el que la ayudó a sobrevivir durante todos esos años que estuvo bajo la tutela del estado.
Ha aprendido a esconderse tras ellos con tanta eficacia que ya ni siquiera es capaz de encontrarse a sí misma, por eso le cuesta enfrentarse a lo que ve en el espejo.
—Mi padre sigue en la cárcel, querido fantasma —anuncio con voz amarga mientras me acerco a la ventana donde está sentada—. Y, aunque se hubiera escapado, no haría falta que le tuvieras miedo.