La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 12 #4
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Hemos matado a muchos de los suyos. Lo único que se me ocurre es que esta sea su forma de cobrarse lo que creen que se les debe.

—¿Eso es…? —susurro, más para mí que para Conner, aunque aun así me responde.

—Sí.

Grabado con una caligrafía salvaje y descuidada en la carne blanquecina de la pantorrilla hay un mensaje. Dos palabras de un asesino en serie que ha regresado para atormentar de nuevo aquellos lugares donde solía campar a sus anchas. Una advertencia del Carnicero de Ponderosa Springs.

He vuelto

Todo comienza a dar vueltas a mi alrededor, en unos colores preciosos y caóticos, a tal velocidad que no logro captar nada más que una mancha borrosa de pigmentos. Me llevo la mano al vientre y me la presiono contra la piel en un intento de apaciguar la guerra que ha estallado en mi interior.

No puede haber vuelto. A Henry Pierson lo encerraron en una prisión de hormigón, tras unos barrotes, hasta que su cuerpo se pudriese y sirviera de alimento para los gusanos. No hay forma de escapar de un sitio como ese, es imposible.

Y, sin embargo, ahí está su firma. Siempre colocaba una parte del cuerpo de su víctima a la vista, en cualquier espacio abierto de Ponderosa Springs, con un lazo y un mensaje grabado.

Un obsequio para demostrarnos que era mucho más listo que todos nosotros, que podía arrebatarnos a nuestras hijas, esposas o madres sin que nos percatásemos, en el momento menos esperado.

Lo más lógico sería pensar que no se trata de él, que no es más que un imitador, pero no puedo usar la lógica ahora mismo.

Me siento como si mi alma se hubiera separado de mi cuerpo y me hubiese quedado sola, con los miembros entumecidos, reviviendo una y otra vez los macabros recuerdos de la noche en la que mataron a mi madre.

Se me vienen a la cabeza destellos de la sangre que le brotaba del cuerpo, de los gritos ahogados que tuve que reprimir contra mis manos diminutas. Ahora que ha vuelto…, ¿vendrá a por mí, a por el fantasma que escapó de su ira?

Retrocedo tambaleándome entre la multitud, que sigue con la vista clavada en el miembro cercenado, me tropiezo ligeramente con mi propio zapato y choco con varios cuerpos que desconozco. En algún rincón de mi mente, oigo que alguien me llama, pero el olor lo eclipsa todo.

Lo único que ha persistido en mí a lo largo de los años, aunque me haya duchado un sinfín de veces desde entonces.

El hedor de la carne en descomposición, el del cuerpo de mi madre pudriéndose.

Me envuelve y me arrastra de nuevo a aquella noche de mi infancia en la que me quedé sola con un cadáver y el silencio absoluto que me rodeaba.

Ha vuelto. Ha vuelto y viene a por mí.

No va a…

—Para.

Mi espalda colisiona con algo tan frío que provoca que mis pensamientos acelerados se detengan por un instante. Percibo un olor distinto al de la muerte: el de cítricos y sábanas limpias.

—No dejes que te vean derrumbarte, Scarlett. —Su voz es firme, una roca a la que aferrarme frente a las olas embravecidas que amenazan con engullirme—. No tienen derecho a ver cómo te derrumbas, ¿me oyes?

Unas manos heladas se enroscan alrededor de mis brazos y noto unos pulgares deslizándose con delicadeza por mi piel. Todo su ser me envuelve.

Thatcher se acerca a mí y el contacto de su pecho contra mi cuerpo ahuyenta todos los recuerdos. Logra sosegar mi mente poco a poco, como una urna de luz invernal que se vierte sobre la oscuridad y alumbra el camino; como la escarcha que cubre las hojas de las flores y las protege.

Me permite respirar, detenerme.

Me aferro al tacto de su piel, ese que se niega a brindarle a nadie más.

El cuerpo se me estremece allí donde sus dedos me recorren los brazos desnudos.

Inclino la cabeza hacia atrás para apoyarla contra su pecho mientras me giro hacia la parte inferior de su mandíbula e inhalo, porque sé que ahí el aroma de su colonia es más intenso y duradero.

—Vete de aquí. Sé un fantasma, Lyra, escóndete. Busca un lugar tranquilo —me susurra al oído, con una dureza que no admite réplica—. Espérame y no te derrumbes hasta que yo te encuentre. ¿Entendido?

Asiento con la cabeza, aunque, más que un acto deliberado, parece un espasmo.

—Si me convierto en un fantasma —digo con la voz entrecortada—, ¿cómo me verás tú?

Un suspiro tembloroso le brota de la garganta y me roza el lóbulo de la oreja. El inquietante recuerdo de nuestro primer encuentro, cuando no éramos más que unos niños enfrentándose a un mal tan atroz que la mayoría ni siquiera podría imaginar, se cierne sobre nosotros.

Dos niños cuyos destinos fueron entretejidos por los dedos sangrientos de las moiras. Una historia escrita en carmesí e impregnada de finales despiadados.

¿Se habrían sentido nuestros padres del mismo modo? ¿Acaso Henry Pierson apaciguó el alma de mi madre, tal y como Thatcher ha hecho con la mía, antes de arrebatársela?

Mientras todo el mundo a nuestro alrededor se queda paralizado por el miedo, nosotros existimos en la memoria de nuestro comienzo y el preludio de nuestro desgarrador final.

—Siempre te he visto, mascotita —murmura.