12 #3
Mis amigos, la Aureola, Thatcher… ¿Tan poco significan para mí que he estado a punto de olvidarme de ellos al pensar en mi futuro?
¿Podría dejarlos atrás como si nada, como si estos últimos años no hubieran existido?
¿Podría dejarlo a él al otro lado del mapa, donde mis ojos no alcanzaran a verlo y mi corazón no fuera capaz de sentirlo?
Aunque pudiera, no sé si querría hacerlo.
No quiero renunciar a los lazos que he forjado aquí, pese a que hayan surgido de la locura y la muerte.
Quiero creer que lo que compartimos es una conexión única, de esas que no se dan con frecuencia, y la idea de marcharme lejos de ese vínculo que hemos construido me revuelve el estómago.
Me aclaro la garganta y niego.
—Bueno, en teoría, debería terminar la carrera antes de ponerme a trabajar, así que ¿qué sentido tiene hacer unas prácticas sin haberme sacado todavía el título?
—Puedes trasladar el expediente y acabarla allí. Sé que no es Hollow Heights, pero Dartmouth tampoco es una universidad cualquiera.
Sonríe, orgulloso de su alma mater .
Siempre puedo rellenar la solicitud y decidir si voy o no más adelante.
Al fin y al cabo, no empezaría hasta el año que viene, así que tengo margen de sobra.
Solo necesito tiempo para ver qué pasa con todo el asunto de la Aureola.
No puedo marcharme sabiendo que todas esas chicas siguen desaparecidas.
Aunque no sea responsabilidad mía, me da la impresión de que somos su única esperanza, las únicas personas que las están buscando, por lo que, si nos rendimos antes de intentarlo, lo más probable es que acaben muriendo en el olvido.
De pronto, recuerdo que mi misión era vigilar de cerca a Conner Godfrey y averiguar si está involucrado en todo esto o si, por el contrario, vive feliz en la ignorancia.
—No sé por qué pensaba que eras de aquí —digo con naturalidad, fingiendo interés—. Conoces demasiado bien este sitio como para no ser de la zona.
Uno de los hombres que salían en la foto que encontró Sage era él, sin duda, y parecen haber pasado unos cuantos años de aquello.
—Nací y crecí en Nuevo Hampshire, aunque solía venir a Ponderosa Springs casi todos los veranos con el señor Sinclair.
Mis padres murieron cuando era pequeño y me quedé huérfano, como tú —esboza una sonrisa amarga—, así que me pasé la mayor parte del tiempo aquí con la familia Sinclair. Es como mi segunda casa.
Soy incapaz de imaginarme a Stephen Sinclair siendo lo bastante amable como para mantener una conversación civilizada que no esté llena de alardes pomposos, y mucho menos preocupándose por alguien.
—Ah, sí. El padre de Sage mencionó que erais amigos de jóvenes. ¿Qué te llevó a juntarte con ellos? —Me muerdo el labio, tratando de dar con las palabras adecuadas—. Sin ofender, pero tú pareces una persona mucho más… ¿honesta?
—¿Insinúas que mis amigos son unos mentirosos?
Alza una ceja y me observa con una mirada inquisitiva que me hace darme cuenta de que quizá he metido la pata y he provocado que le salten todas las alarmas si forma parte de la Aureola.
—No es eso, es solo que me pareces más auténtico. No sé si tendrías muchos temas de los que hablar con Frank Donahue, aunque por aquel entonces fuerais unos chavalillos en vuestros veintitantos y repletos de hormonas —bromeo, en un intento de rebajar la tensión del ambiente.
—Me lo tomaré como un cumplido, señorita Abbott. Pero los amigos son amigos por motivos mucho más profundos de lo que parecen a simple vista, créeme. Simplemente nos juntamos porque creíamos tener la misma visión de futuro.
Es una respuesta bastante críptica y no me aporta información suficiente para inculparlo. Si no está implicado en todo esto, va a llevarse un palo cuando se entere de lo miserables que son sus amistades.
—Ha debido de ser duro para ti y para el señor Sinclair perder a Frank y al profesor West. Lo siento.
Sé que no sueles hablar de ello, pero aquí me tienes si necesitas desahogarte.
—Me siento mal por aprovecharme así de sus emociones—.
¿Sigues en contacto con James Whittaker? ¿Cómo lo está llevando?
—Estará encantado de que ambos hayan muerto —responde, con una dureza que me hace aferrarme al papel que sostengo entre las manos. Su tono de voz ha perdido toda la diversión y ligereza que desprendía—. ¿Cómo sabes que éramos amigos? ¿A qué viene ese interés de repente?
Una oleada de pánico se me extiende por el pecho como fuego sobre aceite hirviendo. Debería haber pensado mejor cómo abordar este tema. La respuesta que le dé tiene que ser lo bastante convincente como para no levantar sospechas.
«Mierda, mierda, mierda».
—Sage —suelto de pronto—. Eh…, estábamos recogiendo lo que sobrevivió al incendio y encontramos unas cajas con fotos en el desván.
La mayoría eran de Rosemary y ella de bebés, pero también había algunas de Frank cuando era joven.
Supuse que… Lo siento, no pretendía meter el dedo en la llaga. Solo quería…
—No pasa nada, Lyra. —Levanta la mano y suspira—. No te disculpes, sé que solo sientes curiosidad. Es que estos días estoy un poco tenso y lo de James es un tema delicado para cualquiera que lo conozca.
—¿Él no tenía la misma visión de futuro? —digo con una ligera sonrisa antes de soltar el aire y relajar los hombros.
La pregunta hace que se ría un poco.
—Exacto.
Si continúo indagando, desconfiará aún más de mí, así que decido dejarlo estar de momento y alzo los papeles que me ha dado.
—Gracias. No sé si lo aceptaré. No sé si puedo irme de aquí y…
—¿Por qué? —me interrumpe.
Se incorpora y me observa con tal preocupación en la mirada que me cuesta creer que sea capaz de hacer las cosas que las chicas creen que ha hecho.
—Mis amigas. Tengo amigas aquí y… —titubeo—. No sé si voy a poder irme y dejarlas plantadas.
Conner asiente y frunce los labios.
—Esas amigas a las que te refieres tienen novio y algún día seguirán con sus vidas muy lejos de este sitio. ¿Ellas se quedarían por ti?
La pregunta me provoca un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.
«¿Se quedarían?».
—No me gustaría que acabaras pudriéndote aquí. Te mereces mucho más de lo que este pueblo puede ofrecerte. En este mundo, solo puedes contar contigo misma. Tienes derecho a priorizarte, a ser egoísta…
Un grito ensordecedor interrumpe sus palabras y me saca de la espiral de pensamientos en la que me había sumido al cuestionarme la lealtad de mis amigas.
Es un alarido que desprende pánico en estado puro y parece provenir del patio.
Se filtra a través de las ventanas abiertas, se propaga por toda la primera planta del edificio, y no tardo en percibir cómo van sumándose más ruidos de desesperación, desconcierto, terror.
—¿Qué cojones está pasando? —dice Godfrey en voz alta, dirigiéndose hacia la puerta, y procedo a ir tras él.
Seguimos a la multitud de estudiantes y profesores que salen del edificio y se encaminan hacia el área común, una gran construcción circular que se encuentra en el centro del campus, cerca del roble que talaron hace poco.
Aquel histórico y frondoso árbol fue un daño colateral durante mi primer año, al que le prendí fuego con Rook para crear una distracción que ayudase a Alistair y a Briar, que se habían colado en el despacho del profesor West. El recuerdo brilla en el fondo de mi memoria como una cerilla prendida.
Sin embargo, no es la ausencia del árbol lo que tiene a todo el mundo absorto en esta ocasión.
Conner se abre paso entre el tumulto y yo sigo el espacio que va dejando tras de sí hasta que superamos las filas interminables de gente agolpada y nos topamos de frente con el horror que ha desatado el pánico en todo el campus.
Oigo un jadeo, un grito desquiciado, murmullos que se vuelven cada vez más ruidosos cuanto más tiempo permanezco aquí de pie. La boca se me seca y el corazón me martillea el pecho.
En la base del roble descansa una pierna humana que ha sido seccionada con precisión por la articulación y blanqueada con lejía hasta adquirir un tono espectral. Tiene una cinta blanca y fina atada en forma de lazo en la rodilla y una solitaria rosa roja apoyada contra ella.
Alistair nos advirtió que el pueblo en el que habíamos sembrado el caos no tardaría en contraatacar. Puede que esquiváramos a las autoridades, pero hemos provocado a una organización que ya estaba harta de nuestras intromisiones.