12 #2
Una vez recojo mis cosas, me dispongo a salir pitando de esta aula. No tengo ninguna clase más por hoy, así que es la ocasión perfecta para ir a buscar el primer ejemplar de mi nuevo proyecto.
Llevo un tiempo queriendo hacer una cúpula inspirada en las abejas, con flores silvestres preservadas y varias especies distintas. Solo me queda comprobar si puedo trabajar con algo tan diminuto como ese insecto.
Este verano pregunté en un huerto local sobre su población de abejas albañiles. La abeja azul calamintha es nativa de Oregón y de los frutales que crecen en el estado. Serían perfectas para una obra como la que tengo en mente, sobre todo por ese color tan singular.
Ahora el verano se ha acabado, el otoño avanza con rapidez y pronto nos adentraremos en los meses más fríos, por lo que sé que las abejas ya habrán hecho sus nidos y dejado a las más ancianas, esas que se aproximan al final de su vida, revoloteando por ahí.
Ojalá encuentre algunas ya muertas y en buen estado para no tener que andar cazándolas.
—Lyra, espera un momento —me llama Godfrey antes de que pueda escabullirme del aula, lo cual me obliga a detenerme.
Los demás estudiantes pasan por mi lado cuando me doy la vuelta, aferrada al asa de la mochila.
—¿Ya estás buscando puntos extra lamiéndole el culo al profe? —susurra Mary, empujándome el hombro con el suyo al salir—. Asegúrate también de lamerle otras cosas si quieres el sobresaliente.
«Será cerda».
La miro, consciente de que las chicas como ella necesitan tener la última palabra a toda costa. Es mejor ignorarla antes de hacer algo de lo que pueda arrepentirme, al menos en público.
Cuando el último alumno que quedaba deja la puerta abierta al salir del aula, me giro hacia Conner.
—No te he visto mucho últimamente por el mausoleo. ¿Ya no vas a cazar bichos? —lo reprendo de broma, consciente de que ha estado ocupado con las clases, pero lo cierto es que echo de menos aquellas tardes improvisadas en las que me acompañaba a buscar insectos—. ¿Cómo llevas lo de enseñar?
Se ríe y se apoya contra su escritorio con un suspiro a la vez que cruza los brazos.
—Cada vez que pienso en el tiempo que me quita y en lo complicado que me resulta en comparación con hacer de consejero de la gente, me dan ganas de quemar todas las corbatas que tengo en el armario.
Me adentro más en el aula e imito su postura contra una de las mesas alargadas frente a él.
—¿Por qué haces eso? —pregunta frunciendo el ceño mientras se afloja el nudo de la corbata.
—¿El qué?
—Siempre estás jugueteando con ese anillo que llevas en el dedo. Sobre todo en clase, cuando te distraes y no atiendes a mis lecciones magistrales. ¿Tan mal se me da lo de ser profesor? —El tono burlón en el que lo dice me saca una sonrisa.
Bajo la mirada hacia el anillo de metal plateado que me rodea el dedo índice. La gema ovalada de ámbar en el centro, con una arañita atrapada en su interior, era la joya favorita de mi madre.
No se la quitaba nunca, ni para ducharse ni para trabajar ni para dormir, y la seguía llevando puesta incluso cuando murió.
Fueron mis manos diminutas las que se la quitaron el segundo día, justo antes de que el personal médico de urgencias se la llevara.
Yo estaba tumbada a su lado en el suelo, sobre la sangre, y me limitaba a hacer girar el anillo en su dedo, hasta que apareció la señora de la limpieza.
Me acostumbré de forma inconsciente a juguetear con él cuando pasó a ser mío. Creo que el profesor Godfrey es la primera persona en darse cuenta de ello, o al menos en preguntarme al respecto.
—Era de mi madre. Supongo que me reconforta.
Es algo que hago sin pensar —respondo, encogiéndome de hombros—.
Solía verla a ella girándolo durante horas cuando era niña.
Ni te imaginas la envidia que le tenía. —Extiendo la mano ante mí y muevo los dedos—.
Estuve años suplicándole que me lo prestara, pero siempre he sido un pelín caótica y desordenada, así que supongo que no me lo dejaba por miedo a que lo perdiera.
—O tal vez supiera que no te estaría bien en aquel entonces —contesta.
Me desliza su mano cálida bajo la palma antes de envolverme los dedos con su agarre. El gesto me pilla por sorpresa, pero no me incomoda, solo me sobresalta que me toque de un modo tan repentino.
Alzo la vista y me lo encuentro observándome con el ceño fruncido mientras me pasa el pulgar por el anillo.
—Ahora te queda perfecto —susurra, como si estuviera confesándome un secreto que solo yo pudiese oír.
Estamos a una distancia prudente el uno del otro, la suficiente para que tenga que alargar el brazo para alcanzarme. Nuestras manos son el único punto de contacto que establecemos, y solo puedo pensar en que no siento absolutamente nada por él.
Imagino que para cualquier persona normal sería fácil sentirse atraída por alguien tan corriente como Conner Godfrey.
He pasado mucho tiempo de mi vida deseando ser normal, sentir lo que sentían los demás y llevar una vida como la del resto.
Era con lo que soñaba en todas las casas de acogida en las que estuve.
Pero no lo soy, nunca lo he sido.
Y alguien como Conner… no me hace sentir nada.
Incluso ahora, sabiendo que Thatch no está cerca de mí, puedo sentirlo; a él y a sus ojos, su energía flotando en el aula como el aire, envolviéndome.
Conner no es capaz de hacer que mi corazón se revolucione con su presencia como si lo necesitara para seguir bombeando sangre. No me invade el impulso de derrumbarme al no poder estar a su lado. Mi cuerpo no se doblega ante él ni ante nadie más como lo hace con Thatcher Pierson.
Hay un hilo largo y rojo como la sangre enroscado alrededor de una de mis costillas, y si lo siguiera, si tirara de él, me llevaría hasta el mismísimo príncipe de la muerte. Es un hilo que no me cansaría de perseguir, aun sabiendo que me conduciría a un destino amargo.
En eso consiste el amor, ¿no? En lanzarte al vacío aunque no haya nadie que te sostenga, en no esperar nada más que un amor ciego, puro y absoluto.
No hay ningún monstruo ni ninguna fantasía lo bastante aterradora como para que deje de amarlo, ni siquiera la oscuridad que lo envuelve. Quiero todas las partes suyas que conozco, todo lo que es y todo lo que llegará a ser. Lo quiero todo.
Moriría, mataría y sangraría por él. Y esa es una conexión única en la vida; una que es difícil de experimentar con alguien normal y corriente.
—Es una joya preciosa, pero no te he retenido aquí para admirarla, por desgracia.
Conner me da un toquecito en el dorso de la mano, se aleja de mí y rodea su escritorio para rebuscar en los cajones.
—No es que me aburra en tus clases, por cierto, es que llevo unos días cansada —murmuro, parpadeando para disipar la neblina que parece engullirme cada vez que pienso en mi amor secreto.
—Ya, ya. Sé cuándo me están mintiendo, señorita Abbott. —Sonríe con suficiencia—. ¿Sigues sin poder dormir bien? ¿Has pensado en ir al médico? A lo mejor es insomnio, y hay medicamentos para tratarlo.
—¿Pastillas para dormir que me hagan caer en coma? No, gracias. Prefiero privarme de unas horas de sueño antes que levantarme como si me hubiera pasado un tren por encima.
—Mira que eres cabezota. —Se ríe y niega con la cabeza mientras saca un montón de papeles y me los tiende para que los coja—. Espero que no rechaces esto también.
Pongo los ojos en blanco, pero se los acepto, pensando que se tratará de alguna tarea relacionada con la asignatura; sin embargo, cuando bajo la vista hacia las letras impresas en negrita, me doy cuenta de que estaba equivocada. Deslizo los dedos por las hojas, de un blanco impoluto.
—¿Unas prácticas, en Nuevo Hampshire? —digo, alzando ambas cejas con sorpresa.
Él asiente y entrelaza las manos sobre el regazo.
—Es un programa de entomología forense en Dartmouth. Tiene pocas plazas, pero me pareció una oportunidad extraordinaria para ti.
—N-no… —Me interrumpo a mí misma, sacudiendo la cabeza, impresionada por semejante muestra de amabilidad—. No sé qué decir. ¿Cómo te has enterado de esto? ¿Cómo me has conseguido una solicitud?
Puede que le mencionara que quería dedicarme a la entomología forense en una ocasión, cuando me preguntó por mi futuro. Es un campo muy poco habitual y con una competencia feroz, por lo que nunca creí de verdad que pudiera trabajar de ello algún día.
El estudio de los insectos en un procedimiento penal suele quedar relegado a un segundo plano u omitirse por completo, pero puede resultar clave en una investigación.
Los bichos que tan asquerosos le parecen al resto y que se encuentran en la escena de un crimen, vivos o muertos, aportan datos muy reveladores, desde la hora del fallecimiento de la víctima hasta la localización exacta de su asesinato.
Reúne todo lo que me apasiona: muerte e insectos. No podría existir un trabajo más perfecto para mí.
—Hice allí el posgrado, así que tiré de algunos contactos que tengo por la zona. Si te interesa, el puesto es tuyo el año que viene. —Me guiña un ojo—. A falta de formalizar el contrato, claro.
Me aferro con fuerza a los papeles, consciente de que lo que me está ofreciendo es algo increíble. Mi futuro, el trabajo con el que llevo tanto tiempo soñando, está en mis manos, y lo único que me apetece es decírselo a mi madre, llamarla y oír su voz.
Cuantos más años pasan, más la echo de menos.
Cada vez me duele más pensar en todo lo que me habría encantado compartir con ella.
Hay demasiadas cosas que he vivido y que jamás podré contarle.
Su ausencia es como una herida que se vuelve más profunda con el tiempo.
A pesar de que por fuera se ha formado una cicatriz, por dentro continúa doliendo y sangrando por el simple hecho de no tenerla a mi lado.
¿Sería capaz de marcharme del lugar donde se encuentra su tumba, del pueblo donde su recuerdo me persigue como un fantasma?
Un momento.
—¿El año que viene?
Él asiente con la cabeza.
—Sí, ¿hay algún problema?