La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 12
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Rosas rojas, rosas rojas

Lyra

—¿Alguien podría decirme cuál es la pregunta más importante en química orgánica?

Dejo de girar el anillo que llevo en el dedo índice. La pregunta se queda suspendida en el aire, seguida de un silencio incómodo. Es una respuesta sencilla que casi todos deberían conocer si hubieran estado prestando atención.

Lo más triste es que seguro que se la saben, pero están de resaca o demasiado cansados por el esfuerzo de volver a adaptarse a la rutina. Eso y que a nadie le gusta tener una clase a las siete de la mañana; ni siquiera a una servidora, por más que me encante aprender cosas nuevas.

—¿Cómo coño nos dejamos la asignatura?

Un coro de risitas resuena por el aula. Incluso a mí se me elevan un poco las comisuras de los labios al mirar a nuestro profesor ahí plantado delante de todos e imaginarme la contestación que va a darle a un comentario como ese.

Conner se ríe abiertamente, a diferencia de cualquier otro docente de esta institución, que habría reprendido de inmediato al alumno por tal bromita. Es, sin duda, el favorito de todos, por su actitud relajada y el hecho de que siempre esté dispuesto a echar una mano en lo que pueda.

—Por suerte para ti, Jacob, lo más probable es que ni siquiera te haga falta todo este conocimiento después de graduarte, así que limítate a aprobar con un suficiente y disfruta del maravilloso futuro que te espera vendiendo coches en el concesionario de tu padre.

La clase estalla en risas, murmullos y exclamaciones de asombro. Desde mi asiento en la última fila no puedo verlo, pero me da a mí que Jacob se ha puesto rojo como un tomate y no va a volver a abrir la boca en lo que queda de curso.

Tampoco es que le haya dicho ninguna mentira.

Cuando se gradúe, Jacob Nettle heredará la empresa de su familia, Automóviles Nettle, y pasará a convertirse en otro engranaje dentro de la maquinaria de Ponderosa Springs.

Yo, por desgracia, sí necesito esta asignatura para poder llevar a cabo mis planes de futuro.

Aunque el seguro de vida de mi madre me haya dejado una cantidad de dinero más que aceptable, sigo queriendo labrarme una carrera. Y esa debería ser razón más que suficiente para concentrarme en clase, pero no: esta mañana me es imposible pensar en nada que no sea él.

—Venga, ya está bien, chicos. Silencio —ordena el profesor Godfrey con una ligera firmeza que hace que todo el mundo le preste atención—. ¿Alguna otra respuesta? ¿Cuál es la pregunta más importante en química orgánica?

Thatcher ocupa todos mis pensamientos, desde el primero hasta el último. Se encuentra presente en cada célula de mi ser. Lo único en lo que puedo pensar es en cuándo será nuestro próximo encuentro, aunque haya estado dando rodeos para no enseñarme lo que de verdad necesito aprender.

Cada vez que me envía un mensaje, espero en secreto que nos reunamos en su casa, pero siempre acaba eligiendo otros sitios para llevar a cabo nuestras lecciones. Supongo que todavía no confía en mí lo suficiente como para exponerme de nuevo a un lugar tan íntimo para él.

Después de las ampollas que me salieron en las manos por pasarme tantas horas con la pala, agradezco no tener que hacer ningún tipo de ejercicio físico.

Sin embargo, ya han pasado unos cuantos días desde aquello y los callos y las palmas agrietadas ya se me han curado.

Estoy lista para volver a mancharme las manos, aunque esta vez espero que no sea con tierra.

Me tiene harta con los tochos que me ha sacado de la biblioteca del pueblo: un manual de anatomía del cuerpo humano, un libro sobre asesinos en serie y sus víctimas e incluso una guía para funerarias.

¡Y luego va y me pone un examen! Si quisiera estudiar asesinatos, me habría especializado en criminología.

Esto no era lo que quería cuando le pedí que me enseñara, y sabe perfectamente que sus bromitas incesantes no consiguen más que irritarme.

Pero me ha quedado claro que, con Thatcher, o se hace a su manera o no se hace.

Se toma su tiempo, es paciente; como los diamantes, que tardan miles de años en formarse bajo una presión y una temperatura extremas.

No obstante, salta a la vista que está retrasando lo inevitable, porque, cada vez que le señalo su comportamiento, me da la misma respuesta pasiva: «Los estudiantes estudian, Lyra».

Lo único que me ayuda a sobrellevar los momentos aburridos y silenciosos en aquella biblioteca abarrotada es ver a Thatcher con esas gafas de montura fina y color gris metálico que contribuyen a intensificar su mirada penetrante y parecen resaltar aún más el impresionante azul cristalino de sus ojos.

Es imposible no sentirse diminuto cada vez que te observa y, aun así, todavía no he encontrado a ninguna persona que me resulte tan atractiva como él.

Me paso más tiempo mirándolo desde la silla de enfrente que leyendo de verdad. Analizo embelesada cada uno de sus gestos y sigo los movimientos de sus dedos delgados y firmes al pasar las páginas de su libro, con cuidado de no dañar las hojas antiguas.

Aunque casi nunca me presta atención, disfruto de su compañía. Prefiero que me ignore él a que me haga caso cualquier otro.

—¿Alguien? —repite Godfrey, lo que me saca de mis ensoñaciones sobre Thatcher.

Echo un vistazo alrededor y no veo a nadie dispuesto a responder, así que decido poner fin a nuestra miseria y levantar la mano para que el tiempo que tenemos que pasarnos aquí sentados avance más rápido.

Conner desliza los ojos hacia mi mano antes de posarlos sobre mi rostro. Entonces esboza una sonrisa amable que le suaviza los rasgos y me apunta con el dedo para darme la palabra.

Abro la boca con la intención de contestar, pero no es mi voz la que se oye. En su lugar, la respuesta confiada de Mary Turgid resuena en el aula.

—La pregunta más importante es: ¿dónde se encuentran los electrones? Comprender las electronegatividades nos permite determinar qué partes de una molécula tienen una densidad electrónica relativamente alta, así como las electronegatividades de los átomos que solemos ver en química orgánica.

Son situaciones como estas las que me hacen plantearme que quizá sea peor que Thatcher. Sé que matar es un acto inmoral, pero hasta él se rige por un código de conducta que le impide dañar a la gente inocente o indefensa. Yo, en cambio, no me guío por nada parecido.

No debería querer hacer daño a chicas de mi edad, aunque no creo que me importe de quién se trate.

Una vez que el hambre se desata en mi interior, no tengo reparo alguno en clavarle los dientes a cualquiera que se interponga en mi camino.

Por eso, lo único en lo que puedo pensar ahora es en agarrarla de esos mechones rubios platino y estamparle la cara contra la mesa una y otra vez hasta que se le deforme y acabe siendo tan fea por fuera como lo es por dentro.

No es porque me haya interrumpido, por supuesto.

Si fuera por algo tan insignificante, habría estallado hace mucho tiempo.

Es más bien por lo que le hizo a mi amiga.

Es por esta sensación de clavos oxidados que me atraviesa la columna, de goma quemada y monedas viejas que me deja un regusto amargo en el paladar. Es por venganza.

Me imagino rodeándole el cuello con las manos; se lo aprieto con fuerza y cuento los segundos hasta oír cómo le cruje al romperse.

Escucho sus gritos y la veo forcejear conmigo mientras paga por haber traicionado a alguien como Sage, por haberle dado la espalda cuando se suponía que era su mejor amiga.

Quiero que sufra y que sienta en sus propias carnes el mismo dolor que le causó a ella.

De pronto, percibo un chasquido. Al bajar la mirada, me doy cuenta de que he apretado con tanta fuerza el lápiz que tengo en la mano que he acabado partiéndolo por la mitad.

Un escalofrío me recorre la espalda y noto cómo el miedo me pisa los talones.

¿Cuándo dejará de aterrorizarme lo que soy y lo que siento?

—Correcto, señorita Turgid —responde Conner con una sonrisa con la que no llega a mostrar los dientes, dedicándole un ligero asentimiento de cabeza—. Eso es todo por hoy. Nos vemos el lunes. Y, por favor, no os olvidéis de traer la lectura preparada.

Cuando me levanto, Mary se gira en su asiento y alza la vista hacia mí.

—Perdona, no me había dado cuenta de que estabas en esta clase —dice con una sonrisa radiante que es de todo menos amigable—. Es como si no existieras.

Las dos chicas sentadas junto a ella estallan en risitas, pero me limito a encogerme de hombros.

No pueden decirme nada que no haya oído ya.

Sé que soy uno de los muchos fantasmas de Ponderosa Springs; una leyenda, una historia de miedo que deambula por los pasillos y habita en los áticos. Lo acepté hace mucho tiempo.

Soy la chica con una infancia tan oscura que prefirió pasar desapercibida antes que destacar, porque se me da mucho mejor ser un fantasma que una simple humana.

—No pasa nada, entiendo por qué necesitas los halagos del profesor Godfrey. Seguro que no recibes muchos saliendo con alguien como Easton.

Se le descompone el rostro y abre la boca, sorprendida ante el hecho de que me haya atrevido a responderle, lo cual es comprensible. Hace tres años, me habría quedado callada y me habría ido. No está acostumbrada a que le plante cara.

Ha recibido el guantazo verbal que se merece por haber apuñalado a Sage por la espalda a la primera de cambio, y me parece poca cosa en comparación con lo que me gustaría hacerle de verdad.

Debería dar gracias de que haya decidido blandir unas meras palabras hirientes contra ella en lugar de una hoja afilada.

La lealtad es algo que escasea en este pueblo. Todo el mundo mira por sí mismo, sin temor a pisotear a quienes quiere con tal de llegar a lo más alto. Ponderosa Springs solo engendra egoístas de mierda; eso es lo que debería poner en el escudo de esta universidad.