La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 11 #3
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—Capullo —murmura, aunque se le nota la sonrisa en la voz.

Nuestro paseo concluye cuando por fin llegamos a la parcela que estaba buscando. La extensa área de césped se encuentra a varios metros de cualquier familiar que yazca en este sitio.

—¿No te parece que estamos empezando por el final?

Quiero decir, ¿cavar una tumba no debería ser lo último en la lista de cosas que hacer para salir impune después de cometer un asesinato?

Tengo que aprender a matar a alguien antes de plantearme siquiera qué hacer con el cuerpo.

¿Y si no quiero enterrarlo? Hay otros métodos para deshacerse de un cadáver: echárselo a los cerdos, desmembrarlo, disolverlo en ácido…

—Por favor, cállate —la interrumpo, tratando de frenar su verborrea antes de que se descontrole—. Ya te lo he dicho. Sabes de sobra cómo matar a alguien, Lyra. Te he visto hacerlo.

Algo feroz que no logro identificar me arde en las entrañas.

Se me vienen a la mente destellos de Lyra cubierta de sangre, sosteniendo el cuchillo en la mano derecha con tal fuerza que los nudillos se le veían blancos.

El brillo de sus ojos al contemplar el cuerpo que yacía sin vida entre nosotros.

Una vez más, la muerte se había convertido en el puente que unía nuestras almas, y ahí comencé a preguntarme por qué siempre era ella la que me aguardaba al otro lado.

—Le rebanaste el cuello a un hombre delante de mí. Lo hiciste tú sola, sin ayuda de nadie. Acepta que ya eres aquello en lo que tanto anhelas convertirte o terminará consumiéndote. ¿Entendido?

—Lo sé. Pero es que…

—Dilo —suelto con brusquedad, metiéndome las manos en los bolsillos del abrigo.

—Pensaba que querías que me callara.

Sacudo la cabeza y chasqueo la lengua contra el paladar. Esa boca suya a la que tanto le gusta abrirse cuando no toca será su perdición y la razón por la que acabe estrangulándola.

—No es momento de hacerte la graciosa —le advierto—. Vamos, dilo.

El rubor le enciende la cara.

—¿Que diga el qué?

La boca se me hace agua y una sonrisita tira de mis labios al comprobar la docilidad con la que me obedece. Siempre cumple con precisión cada orden, cada pensamiento, cada gesto.

—Dime que eres una asesina.

—¿Por qué?

—Porque si ni siquiera eres capaz de decirlo, ¿cómo piensas matar a alguien?

Si no puedes ni pronunciar las palabras, ¿cómo piensas deshacerte de un cadáver?

¿Cómo vas a ser capaz de arrebatarles la vida cuando te imploren que no lo hagas o te hablen de sus familias y de todo lo que dejarán atrás si los matas?

Todo esto no servirá de nada si no lo aceptas.

Se queda ahí plantada, con sus botas de agua amarillas, mordiéndose el interior de la mejilla. Sabe que tengo razón, así que ¿qué la detiene? ¿Por qué se niega a reconocerlo?

—Todos los días, al mirarme al espejo, veo lo que soy, Thatcher.

Veo a esa cosa —traga saliva y se coloca la mano sobre el pecho— que he mantenido enterrada en lo más profundo de mi ser y que nadie más ha visto.

La he ocultado toda mi vida y me he ocultado también a mí misma para proteger a los demás, para salvaguardar cualquier pedazo que quedase de la Scarlett que fui.

Me mira con unos ojos de un verde imposible de describir.

Son puros y seductores, como un bosque encantado que te invita a adentrarte en sus profundidades y que sé que, una vez que ponga un pie en él, ya no habrá manera de volver atrás.

Es fácil perderse en un lugar así, en unos ojos como los suyos.

—Sé que soy una asesina, que el anhelo que habita en mi interior es uno que solo se sacia con la muerte. Lo sé, Thatch.

—Entonces, ¿por qué te estás conteniendo?

Hay varias preguntas que me asaltan, pero agradezco que mi boca haya decidido darle voz a esa, porque las demás son solo pensamientos que necesito quitarme de la cabeza de inmediato.

¿Es el monstruo de Lyra el mismo que vive en mí? ¿Plantó mi padre la misma semilla de maldad en ambos? ¿Estamos más conectados de lo que creía en un principio?

—Estoy segura de que no entiendes este concepto porque eres Thatcher Pierson —hace unas comillas en el aire con los dedos para enmarcar mi nombre y, aunque me parecen un poco innecesarias, me encanta el dramatismo, así que lo dejo pasar sin soltar ningún comentario sarcástico—, pero tengo miedo de la criatura en la que pueda convertirme cuando libere lo que llevo dentro y me permita sucumbir a ese impulso.

Sé que en algún sitio debe de existir una regla en contra de lo que estoy a punto de decir, aunque si hay algo que me define es la repulsión que siento hacia las mentiras.

—Deberías tener miedo, Lyra Abbott. Lo que habita en tu interior debería asustarte a ti y a cualquiera que se te acerque —afirmo, apoyando el pie sobre el claro de césped—. Deja que te asuste, pero no permitas nunca que te frene.

Siento el peso de su mirada sobre mi rostro.

—Y, ahora, basta de cháchara.

Si sigue hablando se nos va a hacer de noche antes de que pueda siquiera empezar la tarea que pienso encomendarle.

Una ráfaga de viento pasa por mi lado y agita la cinta métrica que saco del bolsillo. Recuerdo la vez que mi padre me trajo aquí y lo que me obligó a hacer para enseñarme qué era, quién era, y las consecuencias de no aceptar esa realidad.

Lyra debería sentirse afortunada de que solo esté siendo honesto con ella.

—Vas a cavar un hoyo de dos metros de profundidad, ni un centímetro de más.

Frunce el ceño y sacude la cabeza, confundida.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Bueno, porque me suplicaste con esos ojos de cordero degollado que te enseñara y eso es lo que estoy haciendo —le espeto.

«Te estoy enseñando lo mismo que me enseñaron a mí», pienso, aunque no se lo digo.

—Y te lo agradezco, pero no entiendo…

—Quiero que caves una tumba, Lyra —la interrumpo—, tu tumba. ¿Me he explicado ya lo suficientemente claro o necesitas que te haga un croquis?

Por increíble que parezca, su piel blanca como la nieve se vuelve aún más pálida. El rosa polvoriento de sus mejillas se desvanece y, al verla dar un paso hacia atrás para alejarse de mí, algo primitivo se enciende en mi interior.

—¿Vas a rendirte tan pronto, mascotita? Esperaba que aguantases por lo menos hasta los desmembramientos.

Qué decepción. —Chasqueo la lengua y sacudo la cabeza, acercándome a ella para acortar la distancia que trata de poner entre nosotros—.

¿Te parece demasiado cavar el agujero en el que vas a pasarte el resto de la eternidad enterrada si te vas de la lengua?

Es solo una garantía, un juego de niños.

El pánico se le dibuja en el rostro y sonrío con satisfacción.

—Eso es, mascotita. Me encanta verte así: con miedo de enfrentarte a mí, de mentir o de decirle una sola palabra de esto a alguien.

—No diré nada, Thatch. Nun-nunca se me ocurriría ponerte en peligro de esa manera. Además, si te delatara, yo también me metería en un lío. No tienes por qué obligarme a hacer esto —dice con voz temblorosa.

—Es todo un detalle por tu parte, de verdad, pero no confío en ti. No voy a jugarme mi libertad solo porque me des tu palabra. Tengo mucho que perder en este acuerdo nuestro, Lyra. Y pienso asegurarme de que tú también lo tengas.

—Thatcher…

—Nadie más puede enterarse de las cosas que hago ni de lo que te muestro.

Si alguien lo descubre, sabré que has sido tú.

No estoy bromeando: si abres la boca, te arrancaré los dientes del cráneo uno a uno antes de partirte ese cuello tan bonito que tienes y tirarte al agujero que tú misma vas a cavar —replico sin apartar la mirada de su rostro, con la esperanza de que comprenda que no podría ir más en serio.

No me supondría ningún esfuerzo borrar su existencia de la faz de la tierra.

Recojo la pala del suelo, agarrándola del mango.

—Esto es ridículo. Jamás te he dado ni un solo motivo para que desconfíes de mí —protesta, y yo aprieto la mandíbula.

Su impertinencia está empezando a sacarme de quicio.

—Mi padre me trajo aquí una vez, el día en que cumplí seis años. Me obligó a cavar una tumba, igual que tú vas a hacer ahora, pero, en vez de ser para mí, la usamos para enterrar a mi madre, y no recuerdo haber protestado tanto.

La conmoción se le refleja en los ojos al pensar en lo que debió de suponer dicha experiencia para un niño tan pequeño, y me revuelve las entrañas.

No necesito que me tenga lástima ni que se preocupe por mí.

No me importa lo que me ocurriera en el pasado; ni nada, en realidad.

El hecho de que pierda el tiempo sintiendo algo por mí me resulta irritante.

—Así fue como le demostré lo que era, lo que soy. Vas a cavar esa tumba y a ganarte el reconocimiento que tanto ansías que te otorgue. Y si no… —saco un cuchillo del otro bolsillo y lo hago girar entre los dedos—, podemos acabar con este trato ahora mismo. A mí me da igual.

El labio inferior le tiembla y los ojos se le empañan con lo que parecen ser lágrimas. Desearía, más que nada en el mundo, que esa reacción se debiese al miedo, pero sé que, en realidad, es porque se siente mal por mí.

Qué desperdicio.

—¿Tenías siquiera fuerza suficiente como para sostener una pala?

—No. —Me estremezco al recordar la cantidad de barro que tuve que sacarme de debajo de las uñas a base de frotar, lo incrustado que estaba y cómo me cubría la piel—.

Me obligó a usar las manos. Agradece que yo te permita utilizarla —añado, empujando la herramienta hacia ella—.

Ahora, haz lo que mejor sabes hacer, Lyra, y ponte a jugar con la tierra. No pienso repetírtelo.