La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 11 #2
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—Cuando ya estaba muerto, sí me sentí como si me hubiera quitado un peso de encima.

—Respira hondo y se muerde el interior de la mejilla—.

Mientras lo mataba…, todo se volvió tan confuso que lo único que recuerdo es lo caliente que estaba la sangre, lo espesa que era.

—Traga saliva con dificultad—. Pero el momento de antes…

es el que más vívido tengo en mi memoria.

El sentimiento que me invadió al verlo apuntarte con la pistola era uno que ya conocía: el mismo que experimenté después de ver a Henry matar a mi madre.

La pausa que sigue a sus palabras es larga y densa. Los únicos sonidos que rompen el silencio son los de nuestros pasos sobre el barro conforme nos adentramos más en el cementerio.

—¿Sabías que estuve en una casa de acogida? —pregunta de repente, cambiando de tema.

—Sí. ¿Y tú sabías que he desayunado yogur esta mañana? ¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando?

Esto no es una sesión de terapia ni una conversación amistosa.

No me interesa saber nada de ella ni de lo que ha sufrido.

No pienso contarle cómo sé que creció bajo la tutela del estado ni cómo estoy al tanto de la considerable suma que tiene en su cuenta bancaria y que le permite vivir sola a su edad sin ninguna clase de preocupaciones.

Hay cosas que es mejor que la gente ignore.

—La primera vez que experimenté ese sentimiento después de aquella noche fue en una de las casas de acogida —susurra, con tanta dulzura que casi puedo percibir el aroma a cereza en su aliento.

Cierro la mano con fuerza hasta clavarme las uñas en la palma a través de la tela de los guantes. No quiero oír nada de esto, no puedo. Pero tampoco soy capaz de controlar mi reacción.

Bajo la vista hacia ella.

—¿Te tocó alguien cuando estabas allí?

La desafío con la mirada a que me mienta o me oculte información. No la dejé vivir para que otra persona abusara de ella. Puede que Lyra sea un incordio persistente y difícil de ignorar, como una espina que se te queda enterrada en la piel, pero es mía.

Solo yo tengo derecho a ocuparme de ella y destruirla, nadie más.

Mi regla de esperar seis meses entre cada víctima parece desvanecerse ante la idea de hervir vivo a quien se haya atrevido a tocar algo que me pertenece.

Me imagino sus miembros desgarrados y la carne fundida.

Los torturaría lentamente, asegurándome de que sintieran todos y cada uno de los cortes que les infligiese.

—No, no —niega ella mientras sacude la cabeza con vehemencia—. No es nada de eso.

Cierro una mano, enfundada en cuero, alrededor de su frágil bíceps y le hundo el pulgar en su delicada piel.

—¿Me estás mintiendo? Porque, créeme, Lyra, lo último que te conviene hacer es mentirme.

Sus ojos brillantes se abren de par en par y descienden hasta el punto de unión de nuestros cuerpos. Se queda contemplando durante un buen rato cómo mi agarre se estrecha en torno a su brazo, aunque ni siquiera se inmuta; si acaso, da la impresión de inclinarse más hacia mi tacto.

—A ti jamás te mentiría, te lo aseguro. No podría —afirma, alzando la vista hacia mí—. Me refería a que la primera vez que experimenté ese sentimiento, después de lo de Henry, fue cuando estaba en una de las casas de acogida.

«O sea, que sí les mentiría a otros, pero no a mí. ¿Por qué?».

No debería importarme su respuesta ni tampoco debería afectarme lo más mínimo, y aun así, cada vez que abre la boca, despierta algo en mi interior. Odio esta sensación, no soporto estar cerca de ella. Lo único que consigue es ponerme de un humor de perros.

Le quito la mano de encima y sigo caminando. Mi silencio debe de parecerle una invitación a continuar, porque no duda en retomar la historia que me estaba contando.

—Tenía once años y en mi hogar de acogida había una chica mayor.

Se llamaba Sonya y era una adolescente amargada de narices que pagaba con los más pequeños su frustración por la vida que le había tocado.

Una noche, bajé a la cocina a por agua y la vi obligando a un niño a caminar sobre los cristales rotos de una botella que se le había caído, y algo dentro de mí…

—se lleva la mano al estómago, como si albergara un organismo vivo en su interior— se revolvió.

Me sacudió por completo. Y, de repente, lo único en lo que podía pensar era en ver su sangre derramándose sobre el suelo y en cómo me sentiría al clavarle un cuchillo en las entrañas una y otra vez.

Me limito a escucharla conforme nos aproximamos a nuestro destino. En lugar de ignorarla como hago con todo el mundo, centro mi atención en ella, porque, por primera vez, me siento identificado con lo que dice.

—Creí que solo se trataba de un instinto de protección, nada fuera de lo normal. Quería impedir que una mala persona hiciera algo malo. Me decía a mí misma que eso era lo que sentía todo el mundo. Pero siguió pasando y…

Se queda en silencio, como si la verdad la estuviera asfixiando.

—¿Y qué? —inquiero, obligándola a acabar la frase y a asumir sus propios pensamientos.

Un profundo surco en forma de V se le marca entre las cejas. De entre todas sus expresiones, esta es la que menos me gusta. Por mucho que me pese admitirlo, incluso para mis adentros, Scarlett Lyra Abbott es preciosa.

Tiene un gusto pésimo vistiendo, unos hábitos desagradables y el pelo hecho un desastre, sí, pero es preciosa con todas sus excentricidades.

La música clásica me parece fascinante; el sabor del foie gras , sorprendente; y algunos paisajes, agradables.

Y, con todo, nunca he considerado atractivo a ningún ser humano.

Solo son un amasijo de huesos, piel y carne; máquinas maleables que se mueven gracias a la sangre.

Aunque me maravilla la cantidad de dolor que pueden soportar, no me atraen en absoluto.

Y, sin embargo, cada vez que me veo forzado a mirarla a ella a la cara, siento asco. No por su aspecto, sino porque no me queda más remedio que reconocer la belleza que guarda la proporción de sus rasgos, y eso me revuelve el estómago.

Es tan exquisita que me pone enfermo.

—Y entonces empecé a desear que los demás hicieran algo malo solo para poder justificar mis ganas de hacerles daño. Esperaba que cometiesen alguna atrocidad para darle sentido a mi necesidad de verlos sangrar.

Rara vez me quedo mudo ante alguien. A veces da la impresión de que siempre tengo algún comentario ingenioso bajo la manga, pero escucharla hablar de esto me ha dejado sin palabras.

Está describiendo algo que casi puedo saborear: ese intenso regusto metálico que te invade el paladar cuando el hambre te consume y todos tus instintos básicos se ven engullidos por las ansias de matar, cortar carne e infligir daño.

Jamás he hablado con alguien que haya experimentado esto de la misma forma que yo, ni con mi padre ni con mis abuelos ni con nadie.

Los chicos están familiarizados con la oscuridad, la corrupción y el caos que surgen del abandono.

Saben que el abuso puede convertir a los niños en hombres sin alma.

Han vivido en su propia piel lo que es ser rechazado y condenado por circunstancias que escapan a tu control, como el hecho de ser el hijo de repuesto en tu familia, haber estado presente en el accidente de coche que acabó con la vida de tu madre, tener un padre acusado de ser un asesino en serie o padecer una enfermedad mental. Pero no están familiarizados con esto.

Es un anhelo que amenaza con devorarte por completo, cuerpo, mente y alma, a cada segundo del día. Se apodera de ti como un virus, impregna cada molécula de tu ser, y no se detiene hasta haber drenado de vida la esencia de otra persona.

—¿Tú…? —Se muerde el interior de la mejilla mientras gira el anillo que lleva en el dedo índice, algo que he notado que hace a menudo—. ¿Tú matas a niños o a mujeres?

Esa pregunta me revela que nunca lo ha sabido y, aun así, no ha parado de seguirme a todas partes. Mi sombra se permitió obsesionarse conmigo sin saber si hacía daño a aquellos que son considerados inocentes.

¿Cambiaría mi respuesta sus sentimientos hacia mí? ¿Se apagaría ese brillo que le ilumina los ojos cada vez que me mira o su fijación sería lo bastante fuerte como para aguantar la realidad, por desgarradora que pareciera?

¿Acaso ha hecho lo mismo que su madre, enamorarse de un monstruo?

Puede que sea un rasgo que compartan todas las mujeres Abbott, un gen que Phoebe le transmitió a su hija y que la empuja a sentirse atraída por hombres como yo: sin alma, sin emociones, psicópatas hasta la médula que disfrutan causándoles daño a otros.

—Tomar como presa a un niño es de cobardes. ¿Qué demuestras engañando a una mente inocente? Nada —digo sin rodeos, pasando junto a las lápidas de mis tatarabuelos—. Por lo general, de hecho, persigo a quienes les harían daño a unos simples críos.

—¿Y a las mujeres?

Se me dibuja una sonrisa cruel al ver cómo cambia la forma en la que sujeta la pala, algo que yo también hacía de pequeño.

Acto seguido, un solitario rizo oscuro se le desliza sobre el rostro y, como llevo las manos enguantadas, me aventuro a acomodarle el mechón de pelo encrespado detrás de la oreja.

—Solo hay una mujer a la que haya deseado matar con la suficiente intensidad como para saborear el dulzor de su sangre en mi lengua y visualizar lo preciosa que estaría retorciéndose de pura agonía sobre mi mesa.

Sus ojos color jade buscan mi rostro mientras le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos, deleitándome en el marcado contraste entre mis guantes negros y su piel pálida. Entreabre la boca, aguardando mi respuesta con especial atención.

—Y eres tú, mascotita.

Le doy un ligero toquecito en la mejilla para despacharla y prosigo caminando por el cementerio como si nada. No me hace falta fijarme en ella para saber que la he dejado sin palabras, que todavía no ha cerrado la boca y que me está mirando la nuca conforme avanzo.

Lyra moriría de una forma asombrosamente bella. Me da cierta envidia que la propia muerte pueda reclamarla antes que yo.