11
Agarra la pala
Thatcher
—¿Y tú qué sientes?
El sonido de la pompa de un chicle al estallar sigue a su pregunta. Es el mismo sonido que lleva taladrándome la cabeza todo el trayecto hasta que hemos llegado aquí. Su incapacidad para permanecer en silencio será el mayor reto al que deba enfrentarme durante el tiempo que pasemos juntos.
Me arriesgo a echar un vistazo por encima del hombro y veo su expresión despreocupada. La pala que lleva apoyada en el hombro se balancea con cada paso que da a mi espalda mientras recorre los epitafios con la mirada.
Mi pequeña dama de la muerte y la miseria trota alegremente entre las lápidas como si estuviera en un campo de plantas silvestres. Supongo que esta es una prueba más de que Lyra Abbott dista mucho de ser lo que se consideraría una chica normal.
Algunas corretean entre las flores; otras, por playas cálidas y arenosas. Y ella nació para caminar entre los muertos y hacerles compañía a los cuerpos en descomposición.
—¿Es como quitarte un peso de encima? ¿Te sientes aliviado? ¿Obtienes placer sexual de…?
—Ni se te ocurra acabar esa frase —mascullo, manteniendo la vista fija al frente y tratando de ignorar la tensión que me provoca su cercanía.
—Si vamos a hacer esto, en algún momento vas a tener que tratarme como a un ser humano de verdad —replica, acelerando el paso para colocarse a mi lado y alzar la mirada hacia mí—, no como a una mascota. Si te hago una pregunta, podrías decirme al menos que no te sientes cómodo respondiéndola.
Me detengo y vuelvo el rostro para observarla desde mi altura.
Es mucho más baja que yo; le saco dos cabezas como mínimo.
Parece tan diminuta que podría partirla en dos sin ningún esfuerzo.
Y, aun así, insiste en provocarme, sin miedo alguno a lo que pueda ocurrirle al meter el dedo en una llaga que no permito que nadie vea y al agotar la escasa paciencia que me impide perder los estribos y hacerla pedazos.
—Veo que a esa parte de ti que tanto te empeñas en ocultar le gusta sacar las garras —digo, arqueando una ceja—. Espero que sepas usarlas, mascotita, porque se me ocurren mil maneras de deshacerme de tu cuerpo.
Hace seis meses, solo era un incordio que siempre estaba en segundo plano, una chica con la que había compartido una noche hacía mucho tiempo y nada más.
Pero ahora se ha convertido en alguien que ha matado a otra persona para salvarme, ha saltado desde un acantilado para garantizarse mi mentoría y me está siguiendo a ciegas por un cementerio para demostrarme su determinación.
Mi fantasma ha cobrado vida; ya no le basta con esconderse entre las sombras para observarme como ha hecho tantas otras veces. Está aquí y es de carne y hueso, y no hay nada que desee más en este mundo que matarla de nuevo.
—Lo dices como si tuviera personalidad múltiple. No existen más partes de mí, solo una. Lo que pasa es que estoy harta de que me ignores como a una niña y no respondas a lo que te pregunto.
Sus pasos se convierten en fuertes pisadas y hace un puchero con los labios cuando reanudamos la marcha.
Suelto una risita por la nariz ante la osadía de exigir que la traten como a una adulta cuando sigue comportándose como una cría. A lo mejor me sale más a cuenta acabar con mi propia vida antes de que continuemos con esto.
El suelo embarrado se hunde bajo mis pies y rompe el silencio conforme examino las lápidas.
El cementerio de mi familia no queda muy lejos de nuestra finca y, aunque es mucho más modesto que la mayoría, es un lugar privado y protegido de miradas indiscretas.
Además, en él reina el silencio, que es justo lo que necesito para su primera lección.
Cuando llegamos a la verja, saco un juego de llaves.
Solo quienes llevan el apellido Pierson y unos pocos jardineros de confianza tienen acceso.
Las rejas de hierro forjado, altas y de color negro, delimitan unas cuatro hectáreas de un terreno aislado y repleto de lápidas, monumentos y esculturas.
Mi abuelo reposa en una especie de mausoleo pequeño al que se unirá mi abuela cuando le llegue la hora.
Las bisagras chirrían al abrir la cancela. Dejo que Lyra entre primero porque, ante todo, soy un caballero. Cuando pasa por mi lado, no obstante, suceden dos cosas.
La primera es que siento cómo el tiempo se ralentiza durante un segundo, lo suficiente para que el viento atrape su aroma. Sus mechones castaños y sedosos se mecen con la corriente y su fragancia me inunda las fosas nasales y me obliga a respirar hondo. Huele a cerezas dulces y pegajosas.
La otra es que noto que su labio inferior, carnoso y prominente, se encuentra colocado ligeramente hacia delante, y su boca rosada atrae mi mirada hacia ella. Tiene el ceño fruncido y está haciendo un puchero como una niña malcriada.
Decido concederle una tregua, aunque sea solo para borrarle esa expresión de la cara. Me está sacando de quicio y, si sigue así, voy a acabar arrojándola al lago que hay junto al cementerio.
—Poder —digo mientras me dirijo al extremo más alejado, donde sé que el terreno está más vacío.
—¿Qué?
—¿Por qué tengo que molestarme en responder a tus preguntas si ni siquiera tú las recuerdas? —replico para picarla, pero prosigo de todas formas—. Matar a alguien me infunde poder. Eso es lo que me aporta.
Jamás he hablado de esto con nadie. Los chicos han sacado sus propias conclusiones sobre mi vida privada y ninguno me ha preguntado qué ocurre en el sótano. Es un secreto que no he compartido con ellos, uno que solo me pertenece a mí.
Ni siquiera mi padre, que tenía las mismas aficiones que yo, sabía lo que le estoy revelando a Lyra. ¿Y todo para qué?, ¿para que deje de hacer pucheros?
—¿Poder sobre qué? —pregunta, tratando de conseguir algún fragmento de mí con la esperanza de unirlos para comprenderme—. Vas a heredar una empresa valorada en miles de millones de dólares, un legado. ¿No es eso suficiente poder? ¿Necesitas más?
«Poder sobre él», eso es lo primero que se me viene a la mente. Renunciaría a todo, al legado y al dinero, si así pudiera arrebatarle el poder a quien me quitó el mío.
Ella no tiene ni idea de lo que es sentirse indefenso ante alguien, que te despojen de todo lo que eres hasta convertirte en un lienzo en blanco sobre el que trabajar. Eso fue lo que me hizo mi padre.
Cada corte, cada grito de dolor que le arranco de los pulmones a mis víctimas, es un pedazo más de poder que recupero. Aunque no le cuento nada de esto, porque tampoco hace falta que lo sepa.
—Nunca se tiene suficiente poder, y menos de este tipo.
Los bienes materiales y el estatus son una cosa, Lyra, pero observar a un ser humano, sabiendo que su vida y su muerte están bajo tu control, es algo muy distinto.
Posees su miedo, su respiración, su alma.
Cuando oigas sus gritos de súplica y de pura agonía, entenderás a la perfección a qué me refiero.
Ardo en deseos de explorar con los dedos el interior del pecho de alguien y notar su corazón latiéndome en la palma, con la sangre cálida y resbaladiza corriéndome por las manos.
En ese instante, cuando les toco las costillas como si fueran las teclas de un piano, me invade una sensación de poder inigualable.
El hecho de saber que tengo que esperar seis meses más antes de poder repetirlo debería alterarme, pero estoy tranquilo, porque así tendré más tiempo para decidir cómo voy a hacerlo.
¿Será un desmembramiento? ¿Lo abriré en canal?
¿Le rajaré el abdomen e impartiré una clase de anatomía mientras le saco los órganos uno a uno?
Se me ocurre un sinfín de opciones espantosas.
—¿Crees que a mí también me infundirá poder?
Ya tardábamos en llegar a esta parte de la conversación. En gran parte, porque intento convencerme de que me trae sin cuidado el motivo que la ha llevado a pedirme esto con tanta insistencia, pero mentiría si dijera que no siento un poco de curiosidad.
Mi padre se encargó de alimentar al psicópata que llevaba dentro. Lo que podría haber sido una simple semilla de maldad dormida en mi interior acabó convirtiéndose en una flor crecida y feroz que él se aseguró de cosechar y adiestrar.
Sin embargo, descuidó lo que había sembrado en el armario del dormitorio de Phoebe Abbott. Quién sabe qué tipo de secuelas le dejó aquella noche a Lyra y qué habrá estado gestándose dentro de ella durante todos estos años de forma descontrolada.
—No me dedico a analizar la psique de asesinos en serie. Si tanto te interesa la respuesta, búscate un loquero.
—Creía que…
—Ya sabes lo que se siente, Lyra. Conoces perfectamente la sensación que estás buscando y el ansia por volver a experimentarla te corre por las venas.
—Al mirarla, me asalta un recuerdo del que desearía desprenderme—.
Es la misma que se apoderó de ti al hundirle el cuchillo en la garganta al detective Breck.
Lo vi en tus ojos cuando te manchaste los dedos de su sangre.
Una vez más, le recuerdo que ya ha experimentado la euforia de arrebatar una vida. El hecho de que no fuera algo premeditado no la hace menos asesina.
Hay pocas cosas del pasado que se me hayan quedado grabadas.
Suelo dejar que los recuerdos se deslicen por mi memoria como el agua, porque nada me parece lo bastante valioso como para aferrarme a ello, y solo unos pocos permanecen conmigo.
Aun así, me cuesta olvidarla a ella con aquel cuchillo en la mano, un cadáver a sus pies y la sangre moteándole el rostro.
—¿Qué era lo que decías? —prosigo—. ¿Es como quitarte un peso de encima? ¿Te sientes aliviada? ¿Buscas que te entrene para convertirte en una sádica sexual, Lyra?
Las comisuras de los labios se le elevan con ligereza, pero la respuesta que le ronda por la cabeza reprime la sonrisa que quiere dedicarme, como si se estuviera debatiendo entre rendirse a la oscuridad que se oculta tras el telón de su mente o admitir que lo que siente es inmoral.
Dudo que se haya atrevido a pronunciarlo alguna vez en voz alta.