La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 10 #3
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Pero he sobrevivido a la muerte. La he presenciado, he sentido su influencia. Y sé quién es Thatch. Aunque haya facetas suyas que no conozca, en lo más profundo de mi alma, sé quién es. Nada de lo que haga podría atemorizarme lo suficiente como para renunciar a él.

La observo alejarse hacia la casa hasta dejarme sola con mis pensamientos.

Me quedo un momento en el jardín, intentando recuperar la confianza que tenía en mí misma antes de la conversación que hemos mantenido.

Hay un montón de preguntas cuyas respuestas necesito conocer, empezando por cuánto sabe May sobre Thatcher y lo que hace en la oscuridad de la noche.

Soy un fantasma. Nadie sospechará nunca de mí, no con mi habilidad de pasar desapercibida ante el resto. Además, la técnica de Thatcher me permitirá liberarme de las cadenas que reprimen ese impulso que me consume por dentro y aprenderé por fin a vivir con él.

No me queda otra.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Me dijiste que no llegara tarde —respondo, girándome sobre los talones para encararlo—, así que he venido antes. Solo estaba echando un vistazo por los alrededores.

Sé que el color favorito de Thatcher es el rojo, pero, cada vez que se viste de negro, algo se me remueve por dentro al verlo. Mantengo los labios pegados para intentar reprimir el jadeo que amenaza con brotar de mi boca mientras lo examino rápidamente de arriba abajo.

Lleva el pelo peinado a un lado y, aunque se lo ha echado hacia atrás, unos mechones rebeldes le caen sobre el rostro. Ese ligero toque desenfadado es lo que más me gusta, porque me recuerda que, en efecto, es humano.

El cuello alto y el abrigo largo lo hacen parecer más alto e intimidante. Me observa con la mirada atenta y una expresión seria. Los pantalones negros que le cubren las piernas esbeltas van a juego con los zapatos de vestir del mismo color.

Todo lo que lleva es negro.

El estómago se me contrae al contemplar cómo la luz sombría del sol se le refleja en los ojos. Dioses, quizá, si no fuera tan atractivo, no me supondría un esfuerzo continuo estar a su lado.

Un calor abrasador se apodera de mí al evocar nuestro encuentro del otro día. Llevaba años esperando para poder sentir su tacto sobre mi piel de esa manera.

Su mano enroscada en mi cuello, acariciándome el pulso con los dedos, dominándome por completo con su agarre. La sensación de su sangre resbalándose por mi piel. Me habría encantado que me cubriese entera de ella. Si me la limpié fue por terquedad, no porque quisiera.

Soy consciente de que tengo poca experiencia en el plano sexual, pero, de algún modo, mi cuerpo sabe lo que quiere de Thatch y tiene claro que solo él puede darle lo que anhela.

Necesito que me marque, que me magulle, que me empape, que me posea.

—No recuerdo haberte dicho que vinieras antes ni que te dieras una vuelta por el jardín —sentencia, dejándome claro que no estoy aquí para fantasear sobre cómo sería acostarme con él—.

Cuando te diga que hagas algo, quiero que lo hagas a la perfección, mascotita.

No llegues tarde ni antes de tiempo. Sé puntual.

En un intento por quitarle hierro al asunto y rebajar la tensión del ambiente, me pongo recta y le hago un saludo militar.

—A la orden, capitán.

La sonrisita que había esbozado se me borra de la cara al instante en cuanto veo su reacción. Se queda mirándome, inmóvil, y luego se mete las manos en los bolsillos, se da media vuelta y me deja aquí plantada como una tonta.

—Ya me estoy arrepintiendo de haber accedido a esto —gruñe mientras se aleja de mí.

Bajo el brazo, con las mejillas encendidas por la vergüenza, y voy tras él a toda prisa, esforzándome por seguirle el ritmo a sus largas zancadas.

—Creía que íbamos a empezar hoy —digo a su espalda.

Trato de ignorar la forma en la que se le flexionan los hombros al oír mi voz, cómo se le tensan y se le mueven debajo de la chaqueta.

Está bien, si quiere comportarse como un capullo todo el rato, por mí, adelante.

Roma no se construyó en un día, de modo que los muros de hielo de Thatcher tampoco van a derrumbarse en uno. Además, su actitud no afecta a nuestro acuerdo: sea un imbécil o no, lo importante es que cumpla con su parte del trato.

Enderezo la espalda, preparada para lo que sea que venga a continuación. Le guste o no, pienso penetrar esa coraza invernal tras la que se escuda hasta que mi presencia impregne cada fibra de su ser y sienta que no puede respirar sin mí.

Puede que el principal objetivo sea que Thatcher me enseñe a matar, pero no voy a desaprovechar la oportunidad de demostrarle que me necesita tanto como yo a él.

—Y así es —responde en un tono cortante, como si quisiera dar la conversación por terminada.

A ver, si vamos a trabajar juntos, tendrá que aprender a comunicarse un poco más conmigo, aunque no le guste.

—Entonces, ¿a dónde vamos? —pregunto.

Durante un minuto, se limita a seguir caminando sin decir nada.

—Al cementerio —contesta de manera escueta.

Cuando salimos del jardín y nos dirigimos a la parte delantera de la casa, me percato de algo. No le he dicho a la abuela de Thatcher, en ningún momento, cuál era mi apellido.