La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 10 #2
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—La mayor parte, sí —susurra, contemplando el amplio espacio que la rodea como si estuviera evocando todos los recuerdos que aún se respiran en este lugar—.

Me casé con Edmond, el abuelo de Thatcher, cuando tenía veintiún años, aunque él llevaba pidiéndome matrimonio casi todos los días desde que nos conocimos a los dieciséis.

Pero yo quería terminar la universidad y labrarme un nombre propio porque me negaba a ser la típica esposa florero.

Nos mudamos aquí cuando él comenzó a hacerse cargo de la empresa de su padre, como si fuera una especie de rito de iniciación.

Todos los hombres Pierson siguen el mismo camino: van a la universidad, asumen el negocio familiar y entonces se instalan en la finca.

Los padres de Edmond se trasladaron a Francia para disfrutar de su jubilación y nos dejaron aquí solos, hasta que nació Henry.

Las líneas que le surcan el rostro reflejan una profunda tristeza, y el dolor que parece anidarle en los huesos me permite vislumbrar por primera vez su edad.

No me puedo ni imaginar lo difícil que debe de ser continuar amando al hijo al que diste a luz y, al mismo tiempo, lamentarte por el hombre en el que se ha convertido.

Todos los libros y teorías que existen discuten sobre la influencia de la crianza y de la naturaleza en el desarrollo de la psicopatía; se preguntan si es algo con lo que se nace o si son las influencias externas las que moldean la conducta humana en su totalidad.

Sin embargo, por alguna razón, no consigo imaginarme a esta mujer causándole a Henry un daño tan grave como para propiciar que se convirtiera en el hombre que llegó a ser.

Los monstruos se crean a partir de otros monstruos, pero, si no es así, quizá la verdad sea aún más espantosa. A veces, las criaturas más aterradoras ni siquiera se crean, simplemente nacen de esa manera, y no hay amor ni terapia que pueda cambiar lo que su naturaleza les dicta.

—Llevas tus pensamientos escritos en la cara, jovencita —me advierte con voz melódica—. Conviene que lo tengas presente si quieres seguir siendo amiga de mi nieto.

Parpadeo, distraída, sin saber cómo evitar que las emociones que se me arremolinan por dentro se reflejen en la superficie.

—Edmond y yo nos mudamos una vez que Henry pasó a hacerse cargo de la empresa, pero volvimos cuando Thatcher tenía ocho años para cuidar de él.

No nos pareció adecuado trasladarlo todo a otro sitio después de que arrestaran a Henry.

Ahora la compañía está en manos de unos empleados que llevan trabajando allí toda la vida, hasta que Thatcher termine sus estudios y pueda tomar las riendas.

—¿Cómo era Thatcher? Después de… —hago un gesto con la mano, avergonzada por mi brusquedad y mi incapacidad para contenerme— todo lo que pasó.

—¿Te refieres a después de que mi único hijo fuera condenado por ser un asesino en serie? —dice sin titubear—. No tienes por qué andarte con rodeos conmigo, niña. Este pueblo de metomentodos ya lo hace bastante.

Asiento con la cabeza.

—Lo siento, no quería ofenderla.

—Lo sé, querida —dice, inclinándose sobre uno de los rosales para cortar una rosa de la enredadera—.

Thatcher no cambió en absoluto después de que Henry se marchara.

Continuó siendo el mismo chico brillante y carismático de siempre, aunque fuese algo frío y detestase la idea de que lo tocaran.

Los médicos nos confirmaron que estaba sano y que no había indicios de abuso físico.

Un terapeuta nos dijo que podía tener estrés postraumático, porque Thatcher se negaba a hablar sobre su padre.

Y sigue haciéndolo… Ojalá pudiera decir que ocurrió algo más después y que fue eso lo que lo cambió, pero creo que Henry ya le había dejado huella mucho antes de irse.

Se me cae el alma a los pies al recordar al chico que conocí y cuyo padre lo envenenó con pensamientos retorcidos y malvados. A Thatcher no lo habían destrozado sin más, no: lo que le había sucedido era mucho peor.

Henry lo había moldeado desde su nacimiento hasta convertirlo en una pieza infernal de arcilla que solo conocía la muerte.

Yo viví una única noche bajo la horripilante impronta de su padre, mientras que los años de adoctrinamiento que Thatcher había pasado junto a él terminaron por esculpir al príncipe de la sangre que es hoy.

Y yo…, yo soy la chica a la que despedazaron, la que está hecha de fragmentos de cristales fundidos y ensamblados. Somos dos mitades de un todo, y creo que, en el fondo, lo supe en el momento en el que entró en el dormitorio de mi madre aquella noche.

¿Quién habría sido Thatcher si lo hubieran criado May y Edmond desde el principio? ¿En qué se habría convertido? ¿Seguiría mi corazón anhelándolo del mismo modo?

—Thatcher no es Henry —digo sin pensar, mirando a la anciana hacia la que, según me comentó Briar, los chicos sienten un gran afecto.

—Eso ya lo sabíamos Edmond y yo. Creo que incluso Thatcher es consciente de ello.

Aun así, mi marido hizo todo lo que estuvo en su mano para protegerlo de la misma suerte que corrió Henry.

—Me dedica una ligera sonrisa—. Pero hay ciertas cargas que nuestros padres nos imponen y de las que resulta imposible liberarse.

La alarma me suena en el bolsillo y noto el móvil vibrándome en la piel para avisarme de la hora que es. Mierda, Thatcher va a pensar que llego tarde y dudo que pueda convencerlo de que estaba charlando con su abuela en el jardín.

—¿Le importa si entro? No quiero que se ponga de mal humor porque crea que llego tarde a nuestra… —hago una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas— sesión de estudio.

Me sale más como una pregunta que como una afirmación y, de repente, siento que no estoy preparada en absoluto para lo que estamos a punto de hacer.

¿Seré capaz de mantener la boca lo suficientemente cerrada como para salirme con la mía tras cometer un asesinato?

Si ya me atasco mintiéndole a una abuela que no sospecha nada, ¿cómo narices pienso salir airosa de los interrogatorios policiales?

Las palmas de las manos me sudan y una oleada de inquietud me atraviesa todo el cuerpo. ¿Podré hacerlo? ¿Arriesgué mi vida por algo que ni siquiera soy capaz de hacer?

—¿Me permites darte un consejo, Lyra?

May ladea la cabeza y me observa hasta sacarme de la espiral de pensamientos negativos en la que me había sumido.

—Sí.

El viento sopla con energía, arrastrando consigo el intenso aroma de las rosas. La abuela de Thatcher se acerca a mí con una rosa roja y brillante entre las manos mientras desliza los dedos por el tallo y acaricia las espinas que lo recorren.

—Las espinas protegen la parte más vulnerable de su flor; esa es la manera que tiene la naturaleza de recordarnos que hasta las criaturas más dóciles poseen dientes afilados y que, cuando se las fuerza a ello, incluso las cosas más bellas de la vida pueden hacerte daño.

—Me extiende la rosa, invitándome a cogerla—.

Quiero a mi nieto con toda mi alma, señorita Abbott, pero las espinas de Thatcher son muy punzantes y su padre se encargó de afilarlas bien hace muchos años.

Ten cuidado con cómo lo tratas. Solo le han enseñado a hacer sangrar a los demás.

Sin dudarlo, cojo la flor que me ofrece y, cuando nuestros dedos se rozan, le dedico un leve asentimiento de cabeza para que sepa que comprendo lo que quiere decirme. Conozco a Thatcher desde hace mucho tiempo y soy consciente del dolor al que me expongo solo por estar cerca de él.