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El jardín sobre la colina
Lyra
La casa encantada de Pierson Point. Esa es la historia que se les cuenta a todos los niños de Ponderosa Springs, una especie de rito de iniciación.
Todos los que nos criamos aquí nos hemos plantado en algún momento de nuestras vidas frente a las verjas de hierro forjado con la estatua de un cuervo a cada lado.
Siempre suele ser un grupo de chavales el que se arma de valor y se aventura a ir hasta el pie de la colina solo para contemplar la casa, como si ese gesto probara su valentía.
La finca, situada en lo alto de una loma, tiene una vista panorámica de Ponderosa Springs y de todos los que la habitan.
Según la leyenda, observa con un aire amenazante a los niños que se portan mal y, cuando descubre todas las travesuras que han hecho, los atrae hacia ella del mismo modo que las sirenas llaman a los marineros.
Les susurra una nana al oído hasta conducirlos a las verjas de la entrada y los invita a cruzarlas.
Sin embargo, una vez que entran, no vuelven a salir.
Cuando el padre de Thatcher fue condenado por los crímenes que había cometido, aquel mito no hizo más que cobrar fuerza. Desde entonces, no son solo los niños los que desaparecen tras adentrarse en la infame propiedad.
La música que llevo puesta suena por los altavoces a un volumen bajo mientras las verjas se abren con un chirrido para permitirme pasar.
Me siento como una mosca que se dirige volando hacia una telaraña por voluntad propia.
El camino de entrada es largo y está flanqueado por enebros de un verde profundo y arces frondosos cuyas copas brindan sombra a la carretera asfaltada.
No me hizo falta buscar mucho para dar con la historia y el plano de la finca de cincuenta y siete acres de la edad dorada a la que los Pierson llevan décadas llamando hogar. Me puse a investigarla poco después de que mi costumbre de acosarlo traspasara los límites del instituto.
He seguido a Thatcher a muchos sitios distintos, pero jamás he entrado en su casa, y no porque no lo haya intentado.
Sé por experiencia que es imposible poner un pie en la propiedad sin que salte alguna alarma o te vea alguno de los jardineros, así que lo que hace con su vida una vez que cruza la puerta y se refugia en la intimidad de su hogar ha sido siempre todo un misterio para mí.
A veces me asomaba brevemente a las ventanas de la planta baja y lo veía pasearse por la cocina o ir de una habitación a otra, sin poder oírlo. Su abuela, May, casi nunca estaba en el ala oeste de la casa, de modo que no llegué a verlo con ella.
Me lo imaginaba preparándose el desayuno con música clásica sonando por los altavoces y me preguntaba si se haría la cama él mismo; si blanquearía sus sábanas, en caso de que fueran blancas, claro, o si tendría el armario organizado por colores.
Me vuelve loca el hecho de pensar que todavía hay demasiadas cosas que desconozco acerca de este espécimen al que he estado siguiendo de cerca con tanta devoción.
Cuando me obsesiono con un nuevo tipo de insecto, necesito saberlo todo sobre él: cómo se mueve, cómo vive y cómo es por dentro.
Me gusta examinar al detalle cada uno de sus gestos y costumbres.
Los cristales a través de los que lo observaba se interponían entre nosotros como si nos encontráramos a dos mundos enteros de distancia, y lo peor era que, cuando se metía en el sótano, ni siquiera podía tratar de espiarlo, porque allí no hay ninguna clase de ventana.
Es el único lugar donde sé que se muestra tal y como es, sin reservas, y se permite bajar las defensas. Aún no he tenido la oportunidad de contemplarlo en su hábitat natural y hoy por fin podré hacerlo.
En cierto modo, me alivia saber que quizá aprenda de su mano cosas que nadie más podría enseñarme y que me ayudarán a liberarme de alguna forma de estas fantasías tan macabras que me consumen.
Pero también siento un cosquilleo de emoción. Debería centrarme en lo que voy a aprender y no dejarme llevar por la idea de estar dentro de su casa, donde su olor impregna el aire de manera perenne y sus movimientos no forman parte del papel que interpreta ante los demás.
Solos él y yo, sin escondites. Un hormigueo me recorre los dedos al pensar en invadir aquellos lugares que guarda para sí mismo.
Cuando los árboles se dispersan y el camino de entrada llega a su fin, me recibe un patio de adoquines decorado con arbustos de magnolias repletos de colores vivos.
La mansión de estilo château , construida en piedra caliza, siempre consigue robarme el aliento con su delicada arquitectura y sus arcos sostenidos sobre ménsulas y pilares decorativos.
Cada medallón y cornisa están esculpidos a mano, como si la casa estuviera hecha a medida para quienes la habitan.
Aparco mi coche anticuado, sintiéndome tremendamente inferior, frente a los Cadillac y al resto de lujos que me rodea.
Al comprobar el móvil, veo que he llegado con varios minutos de antelación, de modo que mis únicas opciones son quedarme dentro del coche o salir.
Teniendo en cuenta que soy una criatura bastante curiosa, me decanto por la segunda.
Mis aparatosas botas de lluvia amarillas chapotean al aterrizar sobre un charco. La calidez de la lluvia me acaricia el rostro al instante y levanto la vista hacia las nubes grisáceas, densas y amenazantes.
En vez de adentrarme en la enorme y majestuosa casa, me doy una vuelta por el lateral y trato de contar todas las ventanas que hay conforme avanzo. Llego a la número treinta y uno cuando por fin alcanzo el jardín trasero.
Nunca había podido detenerme a contemplar este lugar por miedo a que me pillaran husmeando, pero, ahora que me han invitado, siento que puedo admirarlo en su totalidad como es debido.
No hay piscina ni pistas de tenis ni nada que delate un lujo excesivo, solo flores.
El jardín verde y frondoso parece extenderse ante mí, como si no tuviera fin, y da la impresión de estar cubierto por completo de rosas.
Pétalos rojos, rosados, amarillos y blancos salpican todo el terreno hasta donde comienzan los árboles.
En el centro se alzan unas columnas firmes coronadas por un enrejado. Unas rosas trepadoras serpentean alrededor de los pilares y ascienden hasta formar un lecho sobre la estructura de la celosía.
Unas enredaderas envuelven con delicadeza unos arcos altos y blancos. Hay estatuas de mármol vestidas nada más que con pétalos entre hileras de arbustos rebosantes de flores coloridas. Cerca del fondo descansa una fuente, también adornada con rosas.
La fragancia que desprenden es tan intensa que me aturde los sentidos y no consigo decidir dónde posar los ojos primero.
Mi cuerpo avanza con decisión por el espacio. Me muevo con calma, observando cómo las enredaderas y las rosas trepadoras se aferran a los laterales de la casa. Al pasar bajo las columnas, pienso en cuántos años habrán dedicado a perfeccionar todo esto.
Alargo la mano y sujeto un pétalo entre el pulgar y el índice para frotar su textura sedosa. La lluvia ha parado y llevo el cárdigan empapado, pero no me importa. Rozo una espina con la yema de los dedos, como si la retara a atravesarme la piel.
—No vas a encontrar a Thatcher por aquí. —Una voz elegante y suave como la miel hace que me gire—. Siempre rehúye de esta parte de la casa.
Una mujer mayor, con un sombrero blanco de ala ancha y guantes de jardinería, me examina mientras acomoda las flores en su cesta. Al contemplarla, me planteo por un segundo si no será cierto el rumor que asegura que los Pierson son criaturas inmortales como los vampiros.
—Estaba… Eh… Sus flores son preciosas —tartamudeo, señalando las rosas a mi espalda—. Perdón, me llamo Lyra. Soy…
Me detengo en seco. ¿Qué soy exactamente para Thatcher? ¿Una alumna? Desde luego, no es que seamos muy amigos.
—¿Una amiga suya? —inquiere, alzando una ceja oscura con una expresión cargada de complicidad que hace que me pregunte cuánto sabe de mí en realidad.
—Sí, algo así —murmuro. Me humedezco el labio inferior, que parece haberse secado de pronto—. Siento molestarla. Si no le importa indicarme dónde…
—Tonterías. —Agita la mano y, con ese simple giro de muñeca, logra que me calle—. Hace años que ninguna mujer entra en esta casa por voluntad propia. Estoy harta de tanta testosterona.
No intento luchar contra los escalofríos que me recorren la piel ni contra el peso de lo que implican sus palabras. Las mujeres no entran en esta casa porque conocen la historia y el destino al que otras fueron condenadas hace años.
—¿Es usted la madre de Thatcher?
Una risa cálida y juvenil le brota del pecho. A lo lejos, una bandada de cuervos grazna al sobrevolar el cielo grisáceo, pero ella sigue riéndose con alegría.
—No, querida, soy su abuela. No sé si estás intentando ganarte mi favor o son los nervios, aunque te acepto el cumplido.
Lo cierto es que aparenta menos edad de la que tiene. El hecho de que no luzca ni una sola arruga en el rostro y lleve el pelo recogido en un moño bajo contribuye a darle un aspecto mucho más joven. Supongo que los Pierson envejecen con la misma elegancia con la que hacen la mayoría de las cosas.
Al percatarme de que estaba al tanto de mi visita de hoy, su calidez logra que me relaje un poco y noto cómo la tensión que se me había acumulado en los hombros empieza a disiparse.
—Tiene una casa preciosa —digo de manera distraída, volviendo a pasar el dedo por las rosas—. ¿Ha vivido aquí toda la vida?
Se quita el sombrero con un movimiento elegante, lo deja en la cesta que le cuelga del brazo, y luego se deshace de los guantes despacio. El brillo del sol, oculto tras las nubes, se refleja sobre los diamantes del voluminoso anillo que porta en el dedo mientras se masajea las manos con delicadeza.