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—Pero no importa lo que se rumoree por ahí, ¿no? Porque sabes que no es cierto. El Alistair que la gente cree conocer no es al que tú quieres —prosigo, y miro a Sage—, ni el Rook al que tú ves. Para Ponderosa Springs, no son más que los villanos de la historia, aunque vosotras sabéis que no es así.
Los Hollow Boys son los hijos de las familias fundadoras, condenados por el mismísimo pueblo que sus antepasados erigieron, antihéroes que rehúsan redimirse porque su propia corrupción les resulta reconfortante.
—Thatcher es la bestia que temes que se esconda bajo tu cama, la criatura malvada que acecha en tu armario esperando a que te duermas. Es la muerte personificada y el cuento de terror que a todo el mundo le gusta escuchar, pero nunca ha sido, ni por un instante, el monstruo de mi historia.
No, él es el chico que me salvó una vez. Un mísero detalle que mis amigas desconocen y que podría cambiar la forma en la que lo ven. Aun así, no puedo contárselo: él no querría que lo hiciera.
Lo que sucedió aquella noche es un secreto que ambos guardamos.
—Lo siento —dice Briar, extendiendo la mano para entrelazar nuestros meñiques con fuerza—. Estoy de los putos nervios con todo esto. No puedo evitar preocuparme todo el rato, por los chicos y por vosotras. Haz como si no hubiera dicho nada, ¿vale?
—Sabes que te lo agradezco. Yo haría lo mismo por ti si creyese que lo necesitas, pero te prometo que estoy bien. —Las tres intercambiamos una mirada en son de paz, lo que significa que lo dejarán estar hasta que él haga algo que no les guste—. Y ahora dime, ¿qué hay en la carpeta?
—Alistair me ha dicho que van a vigilar a Easton y a Stephen, aunque tengo otro caso que creo que podríamos investigar.
Briar me coloca la carpeta en las manos y le echo un vistazo a las hojas, pasando de una a otra con el pulgar.
Sage se estremece al oír el nombre de Easton Sinclair, y no la culpo. El tío es un asqueroso, y una parte de mí espera que esté metido en el ajo para que reciba de una vez su merecido.
—Coraline Whittaker —dice Sage mientras ojeo las fotos y los artículos sobre su desaparición—. Eso es todo lo que he podido averiguar, pero, incluso con lo poco que tenemos, su caso es distinto al de las demás.
Conozco a Coraline. Bueno, más bien, he oído hablar de ella.
—La mayoría de las chicas secuestradas eran de West Trinity Falls y provenían de familias desestructuradas o de casas de acogida.
Por eso se las considera fugitivas —murmuro, completando la información de Sage—.
Coraline era rica, popular y vivía con sus padres.
¿Por qué iban a arriesgarse a secuestrar a una chica a la que la gente echaría en falta?
En el instituto de Ponderosa Springs, cada grupo tenía su propia jerarquía. No había un único grupo que fuese popular: todo el mundo era demasiado rico como para no gozar de cierta fama. La pandilla de Coraline, por llamarla de alguna forma, eran las góticas.
Estaba compuesta por frikis del arte, prodigios de la música y poetas. Eran chicas creativas que expresaban su rebeldía delineándose los ojos y vistiendo de negro, de modo que, aunque era conocida dentro de sus amigas y había gente que la apreciaba, seguía siendo un tanto solitaria.
—Eso fue lo que pensé yo, así que indagué un poco más y encontré esto.
Sage se mete la mano en el bolsillo trasero y saca un papel doblado.
—No me jodas —susurro tras desplegarlo y ver que se trata de una fotografía.
Está algo granulada, pero puedo distinguir con claridad todos los rostros.
Frank Donahue, el padre de Sage, aparece sonriendo, sentado junto a Greg West, Stephen Sinclair, James Whittaker y, por último, Conner Godfrey, todos en el salón de la finca de los Sinclair, alzando las copas en un brindis.
En la foto aparentan tener tan solo unos años más que nosotras, pero dan la impresión de ser buenos amigos o, al menos, de compartir algo que los une.
—Eso fue lo mismo que dije yo. Qué casualidad que dos de ellos hayan muerto por su vinculación con la Aureola, ¿no? Nada nos asegura que no estén todos involucrados —responde Briar—. Creo que deberíamos investigarlo.
Los engranajes de mi mente comienzan a girar a toda velocidad y, de repente, me doy cuenta del papel que esperan que desempeñe.
—Greg y Frank están muertos y los chicos van a ocuparse de Stephen, así que solo nos quedan James y Conner.
—¿No sería maravilloso que contáramos con alguien que ya se hubiera relacionado con alguno de ellos? —canturrea Sage, mirándome con una sonrisa de complicidad.
—O, mejor aún, alguien que fuera amiga de alguno de ellos —añade Briar, con un brillo de malicia en los ojos.
Vuelvo a mirar la foto y me centro en el hombre que se encuentra a la derecha del todo. Unas gafas negras y cuadradas enmarcan su atractivo rostro. No me gustaría que estuviera implicado en todo esto; no porque sienta algo por él, sino porque parece una persona de buen corazón.
Es amable conmigo. Podría decirse que es casi como un amigo.
Sin embargo, vivir aquí me ha enseñado que no puedes concederle a nadie el beneficio de la duda. En Ponderosa Springs, todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario, no al revés, lo que implica que tendré que vigilar a Conner.
—Mantén a tus amigos cerca… —murmuro, deslizando el pulgar por la foto.
—Y a tus enemigos bajo tierra.