La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 9 #2
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Tal vez sea porque sé lo que se siente cuando los demás te consideran inquietante. Y quizá también porque espero que algún día lleguen a apreciar mi belleza en vez de verme como la chica rara y espeluznante a la que le gusta rodearse de bichos.

De pronto, me vibra el móvil en el bolsillo. Lo saco y veo un mensaje de Sage avisándome de que Briar y ella están de camino. Le envío una respuesta breve para que sepa que lo he leído antes de volver a guardarme el teléfono en el bolsillo trasero y colocar mis libros sobre el escritorio.

Si el fantasma de Tabitha ronda la torre, nunca se ha acercado a molestarme. Quizá sea porque sabe que está en buena compañía conmigo; al fin y al cabo, aunque esté viva, yo también soy un fantasma, una persona que valora los lugares macabros por su verdadera esencia.

Hay algo extrañamente magnético en los espacios deshabitados. Los cementerios, el mausoleo abandonado detrás del distrito Rothchild y esta torre polvorienta; todos albergan diferentes historias de miedo e infunden temores sin sentido, pero, en el fondo, sirven a un mismo propósito.

Son un hogar para los que han sido relegados, aquellos cuya existencia se ha diluido en la memoria colectiva y solo persisten para asustar a los demás. Todos ellos me transmiten más una sensación de familiaridad que de tristeza o dolor, porque yo también fui desterrada al olvido.

El susurro de una tela llega a mis oídos y, cuando giro la cabeza para ver de dónde proviene, me percato de que una de las sábanas blancas que antes cubría un mueble ahora se encuentra en el suelo.

Frunzo el ceño. Mi parte racional intenta convencerme de que solo ha sido obra del viento, pero entonces un fuerte gemido retumba a través del suelo, acompañado por la vibración de unos pasos contundentes que se aproximan desde algún lugar cercano.

Una oleada de miedo me revuelve el estómago mientras mi subconsciente me dice que se trata de algo más allá de la antigüedad del edificio y las potentes ráfagas de viento que soplan en el exterior.

Echo un vistazo alrededor para asegurarme de que sigo estando sola en la torre. Al comprobar que está vacía, me repito lo que todo el mundo suele pensar en estas situaciones.

«La mente te está jugando una mala pasada, Lyra. Te estás dejando llevar por las historias que cuentan por ahí. Esto te pasa por ver tantas pelis de miedo antes de irte a la cama».

Otro gemido retumba en el aire, esta vez parece estar mucho más cerca. Examino la puerta de metal cerrada frente a mí, aguardando hasta que el sonido se repite. Son unos pies que avanzan con calma por los antiguos escalones.

Cada paso provoca que el material viejo emita un quejido, cuyo eco se propaga por toda la torre. En las películas siempre queda claro que es mejor no acercarse a ningún ruido raro, pero la curiosidad humana es un impulso difícil de refrenar.

Me dirijo hacia la amenazante puerta de metal, con pernos a modo de decoración en los bordes y con manchas de óxido que, por el tiempo, salpican su color oscuro. No es precisamente la clase de puerta que te invita a indagar en lo que se oculta al otro lado.

Me inclino hacia delante y apoyo las palmas sobre el acero helado. Está tan frío que casi se me escapa un siseo de sorpresa. Su tacto me quema la piel, aunque no me aparto, sino que me acerco aún más a ella.

El silencio que se instala en la estancia es tan denso que resulta casi ensordecedor. Puedo oír el aliento que se me escapa de los labios y sentir el pulso de cada uno de mis latidos. Apoyo la oreja contra la puerta, esperando percibir los pasos, pero no oigo nada.

Un estruendo a mi espalda me impulsa a apartarme a tal velocidad que las piernas no me responden a tiempo y, cuando noto cómo empiezo a desplomarme hacia atrás, me apresuro a colocar las manos debajo de mí para amortiguar la caída.

Al estrellarme de culo contra el suelo, suelto un alarido.

Una punzada de dolor se apodera de mis nalgas mientras giro la cabeza para averiguar de dónde provenía el estrépito.

Una ráfaga de viento ha arrancado otra de las tablas que tapiaban las ventanas y ha arrojado la madera al suelo con un golpe seco.

El viento aúlla y se cuela por las rendijas, silbando dentro de un espacio que, hasta este momento, siempre me había parecido encantador.

Una sensación ardiente me recorre el cuerpo y me miro las palmas.

Me han salvado de romperme el coxis, tal y como pensaba, pero, a cambio, me he ganado unos cortes feos y dentados que me surcan la carne.

Me muerdo el interior de la mejilla al observar las capas de piel desgarradas. El daño no es tan grave como para requerir atención médica, aunque, desde luego, sí que voy a necesitar un montón de Neosporin y varias vendas.

—Se acabaron las pelis de miedo después de la mediano…

Me detengo en seco al oír el chirrido agudo y escalofriante de una puerta abriéndose.

La oscuridad y los entes desconocidos que puedan esconderse en esta nunca me han asustado.

Jamás he tenido miedo de los ruidos que resuenan en mitad de la noche ni de los armarios entreabiertos, porque ya vi de frente a mi peor pesadilla y logré sobrevivir a ella.

Fui testigo de la crueldad humana en su máximo esplendor, del verdadero rostro del mal, y salí de allí con vida.

Cada vez que me miro al espejo, es la negrura que aterroriza a todos la que me devuelve la mirada.

No tengo nada que temer cuando yo misma soy aquello que debería infundirme tanto miedo.

Por fuera, parezco la misma niña que una vez fui, pero, por dentro, me he convertido en un abismo de sombra y muerte.

Así que no me sorprendo a mí misma cuando me vuelvo otra vez hacia la puerta, sin preocuparme demasiado por lo que pueda estar aguardándome al otro lado.

Mi imaginación conjura a todos los villanos y monstruos de las películas de miedo que he visto, mentalizándose para hacer frente a cualquier demonio o asesino que aparezca.

La puerta se ha abierto un poco, lo suficiente para percatarme de que no está cerrada del todo, aunque no hay nada al otro lado que intente atravesarla.

Me quedo sentada, observándola un minuto de más, esperando pacientemente el sobresalto inevitable que parece avecinarse, y, al ver que no ocurre nada, dejo escapar un suspiro de alivio.

¿De verdad el viento ha tenido la fuerza necesaria para empujar la puerta y abrirla? Y, si así fuera, ¿cómo ha podido hacerlo sin una llave? Yo misma tiré y tiré de ese pomo la primera vez que subí aquí y no conseguí que cediera. No hay forma de abrirla sin forzar la cerradura.

Tampoco dedico mucho tiempo a pensar en los mecanismos que han llevado a la puerta a entreabrirse y verter su oscuridad en la habitación. Me pongo de pie y me sacudo el polvo del pantalón con el dorso de las manos, procurando no frotarme las heridas abiertas contra la tela vaquera.

Por un instante, solo se oye el viento, pero entonces empieza a sonar un tintineo metálico tras la puerta. Esa melodía argéntea me eriza el vello de los brazos y me hace arquear las cejas. Se filtra por la rendija, flotando y entrelazándose con el silbido del viento.

La música que componen juntos me transporta a la noche en la que bailé con Thatcher, en la celebración de Halloween del primer semestre del curso pasado.

El vals en el que nos embarcamos fue algo tenso, pero no se trataba nada más que de una distracción para que Alistair y Briar pudieran escabullirse sin que nadie se diera cuenta, según me dijo él cuando sonó la última nota.

No obstante, aunque apenas nos dirigimos la palabra, me pasé meses soñando con esa noche y con la sensación de su tacto al sostenerme mientras me hacía girar sobre el suelo encerado.

La melodía caprichosa y punteada que inunda el espacio logra justo lo contrario de lo que quizá pretendía, porque no me asusta en absoluto.

Me intriga lo que sea que esté al otro lado de la puerta interpretando una canción que me recuerda tanto a cómo me sentí en los brazos de Thatcher; o, más bien, a cómo me sentí al bailar un vals con la propia muerte y salir ilesa.

Cuando tiro de la puerta para abrirla un poco más, noto cómo se resiste, pero sigo tirando de ella con fuerza hasta que se abre lo bastante como para asomarme al interior.

Una única vela descansa sobre el primer peldaño, que es de piedra, tal y como me había imaginado, igual que los muros que rodean la escalera.

La llama de la vela titila, iluminando tan solo un círculo diminuto a su alrededor, de modo que apenas alcanzo a ver el segundo escalón. Todo lo que se encuentra más abajo da la impresión de sumergirse en un vacío que devora cualquier atisbo de luz, como si estuviera hecho de obsidiana.

Junto a la palmatoria dorada, que ahora está cubierta de cera blanca, reposa la fuente de la melodía: una caja de música cuadrada.

Me agacho para cogerla justo cuando la canción termina de sonar.

La base de madera oscura está decorada con delicados remolinos blancos que recorren toda la superficie, y cada trazo parece pintado a mano.

Deslizo los dedos por la parte superior, donde se alza una jaula de plata pequeña cuyas brillantes barras encierran un ejemplar artificial de esfinge de la calavera.

Es la especie de polilla más conocida en la cultura popular, por El silencio de los corderos y el distintivo patrón con forma de cráneo que le adorna el tórax.

Giro la palanca de la parte trasera y, una vez que la he tensado lo suficiente, la suelto. Observo cómo la polilla se pone a dar vueltas dentro de la jaula, cómo forma un círculo perfecto, y me quedo fascinada por su belleza.

Se agradece el regalo. No sé si será de Tabitha Flëur, que ronda la torre y ha empezado a disfrutar de mi compañía, o de algún ser más terrenal. Lo cierto es que no me importa.

—Gracias —susurro a la nada, contemplando la escalera sin luz mientras contengo el aliento.