La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 9
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Los lugares olvidados

Lyra

Las bibliotecas se caracterizan por el silencio que reina en ellas.

Lo único que debería oírse son los bolígrafos al garabatear sobre el papel intacto, el murmullo de las páginas gastadas al deslizarse entre los dedos, el chirrido esporádico de alguna silla al arrastrarse por el suelo o el susurro de voces al hablar.

Sin embargo, en la biblioteca Caldwell, siempre reina el caos durante el semestre de otoño.

Los estudiantes vuelven de las vacaciones presumiendo de sus viajes a las Maldivas y a España, se reúnen en grupos numerosos y se apiñan alrededor de las largas mesas rectangulares de caoba mientras se ríen a carcajadas sin cortarse un pelo.

El diseño interior del edificio es impresionante, con su arquitectura de estilo gótico, sus altos arcos, el techo abovedado y las increíbles vidrieras que recorren las paredes. Es una pena que nunca haya sido capaz de estudiar en este sitio durante el curso académico.

En mi primer semestre, me era imposible intentar hacer cualquier cosa aquí que no fuera escuchar conversaciones ajenas.

El ruido constante me zumbaba en los oídos y me impedía concentrarme, pero había tantos estudiantes que los bibliotecarios no lograron imponer silencio, así que el cotilleo se ha adueñado del espacio y lo ha convertido en una especie de sala de estar para aquellos que quieren fingir que están estudiando cuando, en realidad, no hacen más que darle a la lengua sin parar.

Aun así, no perdí la esperanza y me bastaron unas pocas incursiones secretas para dar con el escondite perfecto. Si hay algo que se me da bien en esta vida es descubrir esos lugares que los demás pasan por alto.

Recojo los libros que necesito para la clase de Genética y genómica, junto con algunos más para la asignatura optativa de Ecología en la que he decidido matricularme. Cuando llegó el momento de escoger una especialización, no dudé ni un segundo en decantarme por la biología organísmica y evolutiva.

Estudiar Entomología en Hollow Heights no es la opción más solicitada, pero es la que yo he elegido y estoy satisfecha con ella, a pesar de no tener ni idea de lo que quiero hacer después.

He barajado la posibilidad de dedicarme a la etología para poder observar a los insectos en su hábitat natural con fines científicos, aunque el futuro se me antoja siempre tan incierto que hacer planes a tan largo plazo me parece una pérdida de tiempo.

Me deslizo entre las mesas repletas de estudiantes sin que nadie repare en mi presencia, como si no fuera nada más que otra alma en pena morando entre las estanterías.

Subo a la segunda planta y me inclino sobre la barandilla, que me llega por la cintura, para echarle un vistazo a toda la gente que se encuentra abajo.

Observar a los demás es mi especialidad. A veces, cuando estoy aburrida, miro a quienes me rodean y tejo historias sobre sus vidas en mi mente, pese a que, en realidad, ya lo sé casi todo sobre ellos.

Yasmine Poverly, por ejemplo: hija no de uno, sino de dos magnates del arte y conocida por tener, según se dice, unos trazos parecidos a los de Picasso. Está sentada sospechosamente cerca de Jason Ellis, el chico con el que su mejor amiga, Felicity, lleva saliendo casi toda una vida.

Puede ser que, después de tantos años juntos, se hayan hecho buenos amigos sin más, pero es mucho más divertido imaginarse algo más escandaloso.

¿Y si Yasmine y Jason estuvieran liados y no pudieran confesárselo a nadie porque Jason depende de la recomendación del padre de Felicity para entrar en la Johns Hopkins?

O, peor aún, ¿y si llevan un tiempo planeando cargarse a Felicity porque, en realidad, se comporta como una auténtica zorra con los dos?

¿No es mucho más interesante verlos así que detenerse a conocerlos de verdad?

Me doy la vuelta y camino junto a las imponentes estanterías compuestas por filas interminables de libros de consulta, algunos con más años que yo. El olor a cuero viejo y papel mustio se intensifica a medida que avanzo hacia el fondo de la biblioteca.

Unas secciones más adelante hay una bibliotecaria colocando libros, y parece ser la misma de la última vez que estuve aquí. Supongo que su tarea consiste en asegurarse de que los estudiantes no se bajen los pantalones para echar uno rapidito en los rincones más oscuros del edificio.

Me deslizo con habilidad junto a una estantería, cojo unos cuantos libros de manera selectiva y los dejo caer al suelo con un estruendoso golpe seco. El ruido enmascara mis pasos mientras me coloco entre dos estanterías y me sirvo de la penumbra para ocultarme.

Ser invisible tiene muchas ventajas, y esta es una de mis favoritas.

La mujer pasa junto a mí suspirando y se dispone a recoger los libros del suelo. Aprovechando que está de espaldas a mí, me adentro más en la sección y avanzo fila tras fila hasta llegar a mi destino.

Una escalera de caracol hecha de hierro forjado se alza entre dos estanterías de caoba que no contienen gran cosa: son solo archivos antiguos sobre la fundación de Ponderosa Springs y documentos históricos acerca de la renombrada Universidad de Hollow Heights.

No obstante, el hecho de que hayan decidido reforzar la vigilancia en esta zona no se debe a los libros en sí, sino a lo que se oculta en lo alto de la escalera.

Una barandilla en espiral asciende hasta desembocar en una zona de la biblioteca Caldwell a la que nadie tiene permitido entrar.

Es uno de los dos puntos de acceso a la torre tapiada que lleva fuera de servicio desde hace tiempo.

Una vez leí que la utilizaban los estudiantes de astronomía y astrofísica y que, en cada una de las cuatro columnatas arqueadas, había telescopios caros con los que la gente podía contemplar las estrellas desde el edificio más alto del campus.

La mayoría de las historias de fantasmas que circulan por estos pasillos no son nada más que eso: cuentos que se han inventado para alimentar el trasfondo de oscuridad que envuelve este sitio y asustar a los estudiantes nuevos o poner nerviosos a los habitantes de la zona.

Pero la torre no es una historia más ni una leyenda urbana, es real.

Salto la cadena y el cartel que reza « prohibido el paso» y me aventuro por el estrecho tramo de escalera. Subo los peldaños de dos en dos, girando una y otra vez hasta llegar arriba.

Al oír el taconeo de unos zapatos, me apresuro a empujar el contrachapado que cubre la entrada ovalada que hay en el techo y lanzo mi mochila a la planta superior justo antes de impulsarme hacia arriba.

Una vez que estoy dentro, vuelvo a colocar la madera sobre el agujero del suelo, lo cual me oculta por completo de quienquiera que se encuentre abajo. Contengo la respiración durante un instante mientras compruebo que nadie me haya visto trepar hasta aquí y luego dejo escapar el aire en un suspiro.

Cuando me pongo de pie y me sacudo el polvo de la ropa, siento una ráfaga de viento que se cuela a través de las cuatro ventanas tapiadas. El espacio, amplio y solitario, está repleto de telarañas y cajas con libros demasiado deteriorados como para venderlos o consultarlos.

En una esquina, apartado, descansa un escritorio pequeño que limpié para poder estudiar cada vez que subiera aquí.

A su derecha hay una puerta alta cuyo interior nunca he llegado a ver, aunque, según los planos del edificio, tras ella se esconde una escalera que rodea la fachada de la torre en espiral y desciende hasta la entrada de la biblioteca, pero siempre está cerrada con llave y no me he atrevido a forzar el cerrojo.

Me acerco al lateral donde falta una tabla en una de las ventanas y me asomo al exterior. Desde este ángulo se puede ver todo el campus e incluso el océano que se extiende más allá del acantilado, junto al distrito Kennedy.

Cada vez que me quedo aquí de pie, contemplando el campus, pienso en lo que debió de sentir Tabitha Flëur la noche en la que se lanzó al vacío; o en la que la empujaron, dependiendo de la versión que uno escoja creer.

En el invierno de 1979, Tabitha, una alumna brillante de segundo curso que estaba especializándose en ética, se precipitó desde la torre Caldwell de manera abrupta y se abrió el cráneo contra el sendero de abajo.

La violencia del impacto fue tal que el servicio de mantenimiento tuvo que cambiar todo el bloque de adoquines porque se habían agrietado, y algunos incluso dicen que el golpe resonó por todo el campus.

Hay quien asegura que fue la presión a la que sus padres la tenían sometida lo que la impulsó a quitarse la vida. Si fue así, supongo que debió de sentirse liberada al plantarse bajo el arco abierto y observar el suelo, anhelando escapar de unas expectativas imposibles.

Sin embargo, la versión más aceptada, y la que yo creo que sucedió, es que la empujaron. Nunca pudieron averiguar quién fue, aunque muchos apuntaron a su mejor amiga, la cual, tras su muerte, qué casualidad, pasó a convertirse en la alumna con el mejor expediente académico de su curso.

Denise Bohart sigue viviendo en Ponderosa Springs, está casada con el exnovio de Tabitha y pasa sus días como ama de casa jubilada. La gente se pone a cuchichear cuando la ve por la calle, pero ella jamás se ha pronunciado sobre lo ocurrido.

Los estudiantes llevan años afirmando que oyen pasos aquí arriba cuando se encuentran en la planta de abajo o que ven un espíritu flotando entre las estanterías.

Cada libro que se cae, cada objeto que aparece en un sitio distinto al que le corresponde y cada ruido en mitad de la noche se le atribuye al fantasma de la torre Caldwell, a la señorita Tabitha Flëur.

Sé que este lugar está repleto de traiciones y que la energía que desprende Hollow Heights resulta inquietante, pero, aun así, no puedo evitar apreciar la belleza que lo envuelve.

La arquitectura gótica, las gárgolas de piedra, las fuentes de mármol y los espacios abiertos hacen que el campus en su conjunto sea impresionante.