La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 8 #4
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Sus palabras deberían haber tenido el mismo efecto que el hielo sobre las llamas, pero lo único que consiguen es avivar el fuego que se ha desatado bajo mi piel.

Verla esforzándose por respirar entre mis manos, con mi sangre esparcida a lo largo de la frágil columna de su garganta y admitiendo su obsesión conmigo, solo me provoca un calor abrasador que me recorre todo el cuerpo.

En los últimos meses no ha hecho más que irritarme y sacarme de quicio, rasgar los muros de mi autocontrol con unas garras que ni siquiera sabía que tenía. No quiero acercarme a ella más de lo estrictamente necesario.

Cada vez que la miro, veo mi primer y único error.

Sin embargo, en este instante, parece la amante predilecta de la parca. El mismísimo ángel de la muerte habría atravesado tierras y océanos enteros solo para poder tocarla así y bañar cada centímetro de su cuerpo con su sangre con la esperanza de lamerla después hasta no dejar ni rastro.

Una descarga eléctrica me atraviesa la espalda.

—No quiero que seas nada mío —repongo, deseando alejarme de ella de inmediato.

Necesito darme una ducha, frotarme la piel hasta quitarme la sensación de su tacto de encima. Ahora mismo.

Esta es la razón por la que me mantengo alejado de ella, por la que ignoro el ardor de sus ojos sobre mi piel y su presencia en cualquier habitación. Porque, durante una fracción de segundo, un mísero grano de arena en el reloj, me rendí ante ella.

Y, aunque fuera un novato por aquel entonces, no quiero volver a experimentar lo que sentí en ese momento. Permití que sobreviviera y la aparté del camino de mi padre en vez de cumplir la tarea que se me había encomendado.

No pienso dejar que vuelva a doblegarme de ese modo.

Le suelto la garganta para que pueda respirar hondo, sin ningún tipo de impedimento, e intento apartar la mirada de la huella carmesí que mi mano le ha dejado impresa en el cuello.

—Por desgracia, un trato es un trato —doy un paso atrás y se hace palpable que su cuerpo se debilita al no encontrarse bajo mi agarre—, así que no me queda más remedio que ser tu profesor.

Le dejaré claro en qué consiste esto y cuáles son los límites que necesito para evitar problemas.

—¿Cuándo empezamos? —susurra, como si quisiera decir algo más y se estuviera conteniendo por miedo a que me retracte de mis palabras.

—El jueves que viene.

—Pero…

—Pero ¿qué? Te estoy haciendo un favor, mascotita. No hagas que me arrepienta —le advierto, consciente del acuerdo que tiene con Silas ese día en concreto.

Se muerde el labio inferior. La parte más insolente de sí misma ansía enfrentarse a mí con tanta fuerza que amenaza con salir a la superficie. Casi me asombra que esté logrando contenerla.

—Muy bien. ¿Algo más, su alteza?

Introduce la mano en su bolso, saca lo que parece una chaqueta o un abrigo y procede a limpiarse con la manga el rastro de sangre que he dejado en su delicado cuello.

Me paso la lengua por el labio inferior al ver cómo se le quedan unas manchitas que no ha podido quitarse con la tela áspera de su chaqueta. No recuerdo haberle dado permiso para limpiarse.

Si quiere seguir adelante, tendrá que aprender como lo hice yo, con reglas.

—Pues sí.

Me miro la mano unos segundos y me llevo el pulgar a los labios para chuparlo. Su sabor ácido me estimula las papilas gustativas mientras lo envuelvo con la lengua antes de sacármelo de la boca.

Por el rabillo del ojo, noto cómo se le separan aún más los párpados y sigue cada uno de mis movimientos con la mirada a la vez que se desliza la lengua por el labio inferior.

—Habrá normas. Si incumples alguna, por insignificante que sea, nuestro acuerdo quedará anulado. ¿Entendido?

—¿Forman parte de la guía de Thatcher para ser un buen asesino? —murmura.

—Puede que ahora te parezca gracioso, pero te aseguro que no lo es. —Continúo apartándome de ella, interponiendo una distancia más que bienvenida entre ambos con cada paso que doy—. Te quiero en mi casa a las seis. No hace falta que te indique cómo llegar, ¿verdad?

Las mejillas se le encienden y cada rincón de su rostro parece teñirse de un rosa empolvado. Con la vista fija en el suelo, hace chocar los talones entre sí al mecerse hacia delante y hacia atrás.

—No, sé dónde está.

—Lo suponía —respondo, ajustándome los gemelos de la camisa—. No llegues tarde.

Me niego a admitirlo, pero creo que voy a disfrutar poniendo a Lyra Abbott en su sitio. Se acabaron esos bolsos caóticos que parecen albergar nidos de ratas cada vez que los abre para buscar un libro, y tampoco voy a tolerar que lleve los dedos manchados del barro donde se mete a cazar bichos.

Ella es quien ha acudido a mí en busca de consejo, así que eso es precisamente lo que le daré, tanto si le gusta como si no.

Agarro el pomo helado de la puerta, dispuesto a dejarla sola en el recibidor, pero, antes de que pueda pensármelo mejor, le dirijo unas últimas palabras.

—Ah, y Lyra.

Giro la cabeza hacia la derecha y echo un vistazo por encima del hombro a su figura inmóvil, que parece erguirse ante el sonido de mi voz, como si aguardara con nerviosismo alguna orden que acatar.

—¿Sí?

—Ni se te ocurra volver a limpiarte mi sangre sin permiso.