La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 8 #3
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No es por la ropa ni los zapatos embarrados, no: es por la sonrisa amplia, cegadora e impoluta que le dirige a Silas. Le ocupa todo el rostro y parece sumirla por completo en un estado de euforia. Irradia una luz que se cuela entre el dosel de pinos y penetra en el suelo del bosque.

Sin embargo, desaparece en cuanto nos ve; en cuanto me ve a mí.

Las comisuras de la boca se le curvan hacia abajo, ocultan sus dientes blancos, y puedo percibir en mi propio cuerpo cómo el sol se repliega en su pecho hasta privarme de su luz y de su calor. Es algo que logra alterarme de un modo que me resulta inexplicable.

Me apoyo los puños en el regazo y los aprieto hasta clavarme las uñas en la palma.

—Ay, mierda —murmura, cruzando sus ojos con los míos durante un segundo antes de mirar de nuevo a Silas—. Perdón, me voy. No sabía que iban a estar aquí. Nos vemos la semana que viene.

«¿La semana que viene?».

Los nudillos se me vuelven blancos de la fuerza que estoy haciendo y una punzada de dolor me atraviesa el cuerpo.

Silas niega con la cabeza.

—No me había dado cuenta de que ya estábamos a jueves. Quédate. No estarán por aquí mucho más tiempo, así que podremos jugar luego.

Mi autocontrol es una fortaleza de hierro que he ido forjando y consolidando a lo largo de los años, pero, en este instante, al contemplarla a ella, me parece más bien un hilo raído e insignificante.

Las palabras que escapan de mi boca me resultan ajenas.

—¿Jugar? —pregunto como si estuviera escupiendo un trozo de uña mordida—. ¿A qué, exactamente?

Lyra introduce una mano temblorosa en su enorme bandolera, saca una caja y la extiende a modo de tregua, como si su contenido pudiera apaciguar de algún modo la sensación abrasadora que se ha apoderado de mi pecho.

—Al ajedrez —responde Silas—. Ya que se empeña en venir todas las semanas, he estado enseñándole a jugar.

«¿Todas las semanas? ¿Enseñándole a jugar?».

Noto cómo algo líquido me cubre la palma y se me desliza por la mano al hundirme aún más las uñas en la carne. No me hace falta bajar la mirada para saber que es mi propia sangre.

—Lyra —digo entre dientes—, ¿podemos hablar un momento?

No espero a que acepte mi invitación. El chirrido de mi silla al arrastrarla por el suelo se traga cualquier respuesta que fuera a darme, si es que pensaba darme alguna.

Me acerco a ella conforme abre la boca para decir algo, pero niego de manera casi imperceptible a modo de advertencia. Si oigo una palabra más sobre las visitas que le hace a Silas, traspasaré un límite cuya existencia desconocía hasta que apareció ella.

Abro la puerta que da al recibidor, la sujeto y me doy la vuelta. La miro con expectación y ella, observándome, se queda inmóvil como si tuviera los zapatos pegados al suelo. Si no implicara contacto físico, la levantaría yo mismo y me la echaría al hombro, pero no quiero tocarla.

—Scarlett —pronuncio con voz rasposa, en un tono bajo para que solo ella pueda oírme.

Ese nombre la impulsa a moverse por fin.

Su figura menuda pasa junto a mí arrastrando los pies por el suelo y su aroma, mezclado con algo extrañamente familiar, me inunda las fosas nasales.

Una vez que entra en el recibidor y la puerta se cierra a mi espalda, me meto los pulgares en los bolsillos para obligarme a mantener las manos quietas.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Abre la boca, sorprendida ante mi pregunta, pero puedo leer la respuesta en sus ojos.

—Más te vale tener una excusa más convincente que la del ajedrez, mascotita.

Frunce el ceño, como si no entendiera por qué la he apartado del grupo y viviera en la más feliz de las ignorancias, ajena a lo que ha hecho, a lo que ha despertado en mí.

—Entonces, Thatcher, ¿qué quieres que te diga? Porque esa es la razón por la que estoy aquí. No te estaba… —se abraza el cuerpo a modo de defensa y baja la voz— siguiendo, si es eso lo que crees. Ni siquiera sabía que ibas a estar aquí.

Me paso la lengua por los dientes delanteros, sacudiendo la cabeza en un gesto de comprensión fingida.

—Así que has venido hasta aquí solo por Silas, ¿no?

Asiente con rapidez antes de que haya terminado de formularle la pregunta.

—Sí, jugamos al ajedrez los jueves. Esa es la única razón, te lo juro.

Bajo la mirada hacia mi mano y, al abrirla, veo la sangre que me mancha la piel y los cortes abiertos donde me he hundido las uñas.

—Y estás dejando que te enseñe, ¿eh? —pregunto, sintiendo cómo se me contrae la mandíbula mientras froto entre sí el índice y el pulgar ensangrentados—. ¿También estás aprendiendo cosas de Rook y Alistair?

Cometo un error al levantar la vista hacia ella, porque me percato de que ha fijado los ojos en mi mano, atraída por el color cereza que me impregna la palma, y parece incapaz de quitármelos de encima, como si ansiara tocarme.

O darse un festín con mi sangre.

—Te he hecho una pregunta —mascullo—. ¿Los observas a escondidas? ¿Los sigues a todas partes como una niña que solo piensa en chicos?

—¿Qu-qué? —tartamudea.

Niega con la cabeza y hace que todos esos rizos húmedos que tiene por el pelo reboten con el movimiento.

Me avergüenza lo sencillo que me resulta extender la mano, agarrarla del cuello y atraerla hacia mí para impedirle huir. Así, acurrucada contra mi pecho, solo puede inhalar mi aroma. Mi presencia es la única que importa.

Le hundo el pulgar en un lateral del cuello y siento cómo le late el pulso bajo mi agarre. El líquido resbaladizo de mi palma le cubre la piel pálida, como si tiñera con trazos de sangre un manto de nieve. La boca se me hace agua al verla lucir mi sangre como un collar de rubíes.

—¿Los vigilas? —le pregunto de nuevo.

Los suspiros que se le escapan me rozan la cara a medida que bajo el mentón y la obligo a alzar el cuello para que me mire a los ojos mientras sigo sujetándola.

—No, Thatcher —responde con la voz entrecortada, incapaz de exhalar a su antojo por la presión de mis dedos—. Solo te vigilo a ti. Soy tu fantasma, el de nadie más.