8 #2
Esa es una de las principales razones por las que hemos venido juntos en vez de por separado, como de costumbre.
—¿Qué ha pasado?
Suelto un suspiro y entrelazo las manos detrás de la cabeza.
—Los juguetitos de Alistair y Rook han estado haciendo de detectives y, como ellas son las que mandan sobre sus partes bajas, nos toca escucharlas.
Si bien era capaz de tolerar la presencia de Rosemary, su gemela solo me provoca repulsión. No es más que una pelirroja mentirosa y astuta que se ha enganchado a Rook como una garrapata.
Dudo seriamente que pueda mirarla alguna vez a la cara sin que me den ganas de estrangularla. Estuve meses abriéndole la espalda a Rook por culpa de sus errores y, por mucho que él haya decidido perdonarla por amor, por mi parte no recibirá la misma indulgencia, ni ahora ni nunca.
—Thatcher, estoy harto de repetírtelo —dice Alistair. Tensa la mandíbula y aprieta los puños—. La próxima vez que insultes a Briar, te parto la boca sin previo aviso.
Mi opinión sobre Briar Lowell no ha cambiado desde que la conocí: es como una piedra en el zapato de la que no voy a poder deshacerme hasta que Alistair se haya cansado de jugar con ella. Aunque, al menos, respeto su forma de pensar y sus motivos para odiarme tanto.
Es una ladrona incapaz de mantener las manos quietas que no ha hecho más que ablandar a Alistair.
Una chica que, al igual que nosotros, tiene las garras afiladas y no teme sacarlas cada vez que me acerco a su querida Lyra, lo que me lleva a pensar que su amiga no le ha confesado cuál es su pasatiempo favorito.
Me pregunto si la percepción que Briar tiene sobre mí cambiaría si supiera que es la propia Lyra la que me busca a mí y la que acostumbra a meter esa nariz diminuta y respingona en mis asuntos.
¿Disminuiría su hostilidad hacia mí si supiera que salvé a Lyra del destino que mi padre le había reservado?
En mi inexperiencia, le mostré misericordia al perdonarle la vida, y, a cambio, me toca aguantar a una sombra con olor a cereza que me sigue a todas partes y a la impertinente de su mejor amiga.
—¿Qué han descubierto? ¿Están bien? —pregunta Silas, cruzándose de brazos.
—Nombres de más chicas desaparecidas. Han estado investigando todos los casos. Sage dice que hay al menos quince en nuestra zona y quieren hacer algo al respecto. Quieren ayudarlas —responde Rook, después de exponer lo que nos han contado.
—¿Y creéis que deberíamos mantenernos al margen?
—Yo creo que nos metimos en esto por Rosemary, no por chicas que no son nuestro problema —contesto con frialdad.
—Puede que ellas no sean nuestro problema, Thatcher, pero mi novia sí lo es —replica Rook, mirando a Silas—.
Y tengo el presentimiento de que van a hacer algo, las ayudemos o no, así que yo lo veo claro: descubrimos quién está al mando y destruimos la organización desde dentro, porque está claro que no podemos acudir a la puta poli.
—¿No escuchaste ni una palabra de lo que dijo el detective Breck cuando me estaba presionando el cañón de la pistola contra el cráneo?
—inquiero, inclinándome hacia delante—. Lo que descubrimos es solo la punta del iceberg.
No tenemos ni idea de quién está detrás ni de quiénes trabajan para ellos.
Basta un descuido para que acabes suplicando clemencia en la cárcel.
—No te tenía por la clase de hombre que se deja acobardar por los demás.
Me muerdo el interior de la mejilla e intento no imaginarme la cabeza de Rook estallando entre mis dedos.
—No pienso ir a la cárcel por personas que no me importan ni lo más mínimo.
¿Por qué voy a tener que pasar mi vida entre rejas por hacerme el héroe?
¿Acaso se te ha olvidado quién soy o quién eres tú?
—espeto entre dientes con el ceño fruncido—.
Lo que hicimos fue por Silas y por Rosemary, por nadie más.
Mi desaprobación le provoca una oleada de ira y noto cómo su impulsividad amenaza con salir a la superficie mientras lo reto con la mirada a intentar golpearme.
No suelo meterme en peleas porque no me gusta ensuciarme —y los trajes que me pongo son demasiado caros como para rasgármelos con un golpe tonto—, pero, ahora mismo, si se atreviera a ponerme una mano encima, me aseguraría de recordarle por qué debe medir sus palabras conmigo.
—Thatcher lleva razón, Rook. —Alistair lo agarra del hombro, dejando aflorar al hermano mayor que nunca tuvimos ni mostramos especial interés en tener—. Todo esto empezó por Silas y Rosie, así que depende de él.
Rook sigue desafiándome con la mirada durante unos segundos, el tiempo suficiente para que le dedique una sonrisita sarcástica y le guiñe un ojo, aunque al final opta por no estrellar los nudillos en mi rostro de porcelana y vuelve a centrarse en Silas.
No me entusiasma la idea de que desaparezcan chicas y las vendan como esclavas sexuales.
Me parece repugnante y, a decir verdad, de muy mal gusto, pero eso no significa que esté dispuesto a arriesgar nuestra libertad por ellas.
Llevo años protegiendo a estos tres sin que se den cuenta y no voy a permitir que todo se vuelva en mi contra ahora.
—Thatch. —Silas pronuncia mi nombre con firmeza y espera a que mis ojos se encuentren con los suyos antes de proseguir—. ¿Y si fuera Rosemary?
—¿Disculpa?
—Si Rosemary siguiera con vida y estuvieran a punto de venderla como esclava sexual, ¿lo harías? ¿Estarías dispuesto a arriesgarte si te dijera que quiero muertos a todos los que tuvieron algo que ver con la muerte de Rosie, sin excepción, incluso a los que están al mando de la Aureola?
El silencio corta el aire durante apenas un segundo.
—Sí —respondo entre dientes—. No estaría satisfecho con tu decisión, pero sí, lo haría.
Silas me conoce, por desgracia. Sabe cosas de mí que no le he contado ni quería que supiera. Es consciente de que mi lealtad hacia ellos es lo más importante para mí y que haría cualquier cosa que necesitaran en el momento en el que la necesitaran.
Ellos son mi única debilidad, y creo que una parte de mí los odia precisamente por eso.
Rook resopla y alza las manos al aire, dispuesto a discutir conmigo una vez más, pero el tono firme de Silas lo interrumpe.
—Bien, porque quiero sus cabezas en una pica. —Se queda mirándome un poco más antes de girarse hacia Alistair—. Ve con las chicas, averigua todo lo que sepan y no les quites el ojo de encima ni a Easton ni a Stephen Sinclair.
—¡Lo sabía, joder! —exclama Rook.
Los trabajadores que nos rodean lo observan con el ceño fruncido y le lanzan miradas de vergüenza ajena.
Yo les dirijo una sonrisa tranquilizadora a aquellos que todavía nos vigilan con recelo y les pongo mi mejor cara de político para tratar de transmitirles que no estamos haciendo ninguna barbaridad.
Cuando todos vuelven a sus tareas, levanto la mano y le doy un guantazo en la nuca a Rook.
—Por favor, Van Doren, no te cortes. Ponte a gritar a pleno pulmón que estamos planeando una masacre. Y, de paso, asegúrate de que les quede claro que eres imbécil.
Se frota la zona donde ha recibido el golpe y me dirige una peineta.
—Lo sabía —repite en un tono de voz mucho más bajo.
—¿Por qué? —inquiere Alistair.
—Antes de que pasara lo de Frank, estábamos revisando las finanzas de Stephen. Tiene un montón de pasta.
—¿Y eso te alarma? ¿Debería estar en la lista de posibles cabecillas yo también? —pregunto, orgulloso de mi riqueza.
—Tiene más pasta de la que le correspondería como decano, aunque sea en una institución tan prestigiosa como Hollow Heights. Además, se abrió varias cuentas en el extranjero que no pude rastrear, ni siquiera usando mi software —interviene Silas.
—¿Le hackeaste la cuenta del banco? —pregunta Alistair, alzando las comisuras de los labios.
—Y su historial de búsquedas, el móvil, los correos electrónicos… Ah, y sus cámaras de seguridad.
Por un segundo, parece estar a punto de sustituir su habitual ceño fruncido por una ligera sonrisa.
A Silas se le dan bien muchas cosas, y aun así no hay quien lo iguale en la informática ni a la hora de manipular un arma. Pese a tratarse de dos aficiones diametralmente opuestas, las domina con tanta naturalidad que parecen ser una sola.
—Si conseguís convencer a mis padres de que os dejen entrar en mi habitación, todavía tengo a Easton pinchado en uno de mis monitores.
Este —señala a Rook con la cabeza— sabe cómo manejarlos.
No digo que tenga algo que ver en todo esto, pero es mejor que nada.
Debería serviros como punto de partida y… ¿Lyra?
¿Lyra? ¿Lyra Abbott?
La situación me resulta de lo más divertida.
Qué osadía por parte de mi sombra presentarse aquí tras su saltito mortal desde el acantilado. Sabía que vendría a buscarme tarde o temprano para hablar de nuestro trato, ese al que ha conseguido que accediera con sus artimañas.
La chica que ha logrado burlar a la muerte no una, sino dos veces.
No me esperaba que me siguiera hasta aquí mientras estoy con los chicos.
¿Tan entregada está a la causa? O, lo que es aún peor, ¿tan obsesionada está conmigo?
Por primera vez en la vida, una pregunta relacionada con Lyra logra abrirse paso en mi mente: ¿cuánto habrá visto a lo largo de todos los años que lleva espiándome?
Me giro en la silla y, cuando miro hacia la puerta, me encuentro a Lyra empapada por la lluvia, con un paraguas roto y unos mocasines de suela gruesa.
Lleva un jersey marrón de cuello alto, que se ciñe a las curvas de su cintura, metido por debajo de una falda de pana.
Es la primera vez desde aquel baile de Halloween del año pasado que la veo con un atuendo que le resalta la figura en vez de ocultarla.
La diversión se desvanece y da lugar a una irritación tan intensa que noto cómo me arde la piel.