8
Una partida de ajedrez
Thatcher
No hay nada que me guste más que el olor a lejía y antiséptico. Me hace salivar porque me recuerda a una de las partes que más me satisfacen de mi rutina: limpiar.
Mi padre detestaba limpiar los desastres que él mismo provocaba, así que, para enseñarme otra de sus reglas y, de paso, ahorrarse la tarea, era yo el que se encargaba de la limpieza. Para cuando me dejaba entrar en el cobertizo donde retenía a sus víctimas, ya había terminado con ellas.
Sus cadáveres colgaban de cadenas enormes que se encontraban enrolladas en las vigas del techo y que chocaban entre sí con el vaivén de su peso muerto. Tenían repartidos por toda la piel cortes profundos de los que aún brotaba sangre.
No recuerdo haberme sorprendido ni asustado al verlos.
Si llegué a sentir alguna emoción en esos momentos, la he borrado de mi mente.
No obstante, sí me acuerdo de cada cubo de sangre aguada que tiré por el desagüe, del chapoteo que emitía la fregona al arrastrar el denso líquido rojo por el suelo, de cada gota de lejía y de cada par de guantes que usé.
Me acuerdo de lo que se esperaba de mí, pero de nada más.
Lo único que de verdad me llamaba la atención era lo diferentes que parecían los cuerpos que escogía de una vez a otra.
Nunca había dos mujeres iguales. Castañas, rubias, pelirrojas, morenas, altas, bajas.
Aunque no compartían rasgos físicos, sí tenían algo en común: de todas brotaba el mismo líquido carmesí que goteaba sobre el suelo en hilos espesos y que impregnaba el aire con ese inconfundible olor a óxido.
Me dejaba allí dentro durante horas mientras él trasladaba los cuerpos al invernadero para prepararlos y poder deshacerse de ellos, algo que no llegué a presenciar con mis propios ojos hasta la tierna edad de siete años.
Tuvo el detalle de ahorrarme la parte del desmembramiento durante todo un año tras iniciarme en el negocio familiar.
La primera vez que me ocupé de limpiar su desastre, el olor de todos los productos químicos al mezclarse hizo que me mareara.
Probablemente fuese por la fragancia tan intensa que despedían o por el hecho de que me pasaba horas enteras en aquella habitación, y es que no podía irme sin asegurarme de haber borrado hasta la última huella que pudiera usarse como evidencia.
Aun así, con el tiempo, aprendí a apreciarlo.
Claro que no disfrutaba de que me despertase siempre a las tres y cuarto de la madrugada; tampoco el oír su voz cansada y áspera al ordenarme que me vistiera para llevarme a mi trabajito nocturno, por el cual cobraba una miseria.
Lo que terminó gustándome de aquella situación fue el olor.
Mi padre solía decirme que la lejía no era suficiente; que, aunque eliminaba el ADN, no hacía desaparecer los restos de sangre bajo un análisis forense. Por ello, tenía que fregar con lejía y luego con sosa cáustica antes de pasar una vaporeta por toda la habitación de acero inoxidable.
Ahora que soy adulto y sigo mi propio método para eliminar pruebas, he descubierto que disfruto del silencio y la paz que me invaden cuando limpio.
Después de semanas de cacería y de horas torturando a mis víctimas, borrar cualquier rastro de su paso por mi habitación me provoca una descarga de poder que me corre por las venas y me inunda todo el cuerpo.
Es un desenlace sublime para una ejecución impecable.
—Odio el olor a hospital —murmura Rook a mi lado mientras se remueve en la silla metálica en la que está sentado, incapaz de permanecer quieto más de dos segundos seguidos.
Resoplo ante la ironía que solo yo percibo.
—Y yo odio el olor a gasolina.
Se vuelve hacia mí con los ojos abiertos casi de par en par y una ceja alzada.
—Eso es blasfemia, tío.
—No sabía que fueras religioso —murmuro, echándole un vistazo al reloj por pura inercia—. ¿Has visto a Dios entre las piernas de Sage o qué?
Los ojos le arden con deseo al escuchar su nombre y tengo que contenerme para no vomitar.
Sonríe con malicia y chasquea la lengua.
—¿Quieres que entremos en detalles?
Le lanzo una mirada inexpresiva que deja claro que no me impresiona su vida sexual.
—La verdad es que no —respondo antes de apartar la vista de él, sin ningún interés en seguir hablando del tema.
Nunca he entendido la pasión carnal que acompaña a la atracción ni las razones que llevarían a alguien a buscar placer en brazos ajenos. Nunca he conocido a nadie cuyo cuerpo despierte en mí el mismo anhelo que la sangre.
El sonido de unos pies arrastrándose me saca de mis pensamientos y dirijo la mirada hacia el motivo de nuestro viaje. Ver la cara de Silas casi hace que soportar la música metalera de Alistair haya merecido la pena.
Parece tener el cuerpo más voluminoso; al menos rellena la camiseta gris de manga larga que lleva puesta como si dedicara todo su tiempo libre al gimnasio. Su piel cálida ha recuperado el color.
Antes de que lo ingresaran, tenía las cuencas de los ojos hundidas por todo el peso que había perdido, pero la persona que tengo delante da la impresión de ser casi humana.
Excepto por la mirada, que sigue igual de vacía. Sus ojos me recuerdan a un cementerio desierto, decadente y lleno de almas en duelo.
Cuando toma asiento frente a nosotros, me permito disfrutar durante un segundo del silencio que trae consigo.
No es de los incómodos, al contrario: resulta bastante agradable, algo propio de Silas.
Echo de menos la calma que aporta al grupo cada vez que discuto con alguno de los chicos y Rook saca a relucir su lado más molesto.
—Tienes un aspecto sorprendentemente bueno —comento con franqueza.
Rook gira la cabeza en mi dirección con tal brusquedad que casi se le despega del cuello.
—¿Qué? —Alzo las manos a modo de defensa y me recuesto en la silla para apoyar una pierna sobre la rodilla de la otra—. Solo digo la verdad.
—¿No puedes dejar de ser un puto gilipollas veinte segunditos de nada?
—Me siento bien —responde Silas con una ligereza sorprendente en la voz.
Desde luego, está mucho mejor que cuando vine a visitarlo hace tres semanas.
—Entonces, ¿te siguen tratando bien por aquí? ¿No ha habido ningún problema? —inquiere Rook, moviendo la rodilla con tal ímpetu por debajo de la mesa que temo que acabe volcándola.
—Estoy bien. La nueva medicación me da un poco de náuseas por la mañana, pero, por lo demás, estoy bien —contesta Silas, mirándolo sin apartar los ojos por si acaso no le basta con sus palabras—, tal y como te he dicho las últimas diez veces que me lo has preguntado.
Esa respuesta le arranca una carcajada a Alistair, que no ha abierto la boca desde que hemos entrado.
—Me alegro de verte, tío —dice con una sonrisa tensa.
Me quedo sentado en silencio mientras ellos se ponen al día, limitándome a permanecer a su lado y a observar cómo bromean sobre cosas triviales. Silas, como yo, habla poco y muestra aún menos de lo que siente, igual que cuando íbamos todos al acantilado por las tardes.
Si me concentrase lo suficiente, podría hasta convencerme de que toda esta tragedia que ha destrozado nuestro mundo nunca ha sucedido y de que volvemos a estar en el último año de instituto.
Por desgracia, la vida no funciona así: siempre se las ingenia para recordarte que está plagada de miseria y horror.
—¿Habéis cambiado las flores? —pregunta Silas.
Se quita el gorro y deja al descubierto su corte rapado y ligeramente más denso por arriba.
Rook asiente, pero yo opto por darle una respuesta más elaborada.
—Esta vez le he puesto violetas y tulipanes. Si yo fuera ella, ya me habría cansado de las peonías.
Me sacudo un poco de polvo del traje antes de dirigirle la mirada de nuevo.
—¿Las has estado cambiando?
—Sí —digo con naturalidad—. Fue lo único que nos pediste que hiciéramos mientras estuvieras fuera, y estos dos se encontraban en dos estados distintos del país, así que no me quedó más remedio que asumir la primera línea de defensa contra los trabajadores perezosos del cementerio.
Me observa durante un segundo, y luego otro, con esos ojos que perciben mucho más de lo que quiero y de lo que permito que el resto vea.
—Gracias. Seguro que a Rosemary le habrían encantado los tulipanes y las violetas.
Rosemary Donahue.
Su muerte fue la que provocó que desatáramos nuestra venganza sobre Ponderosa Springs. El pueblo llevaba mereciéndose que sembráramos el pánico desde que nos desterraron a las sombras y, cuando asesinaron a Rose, nos quedamos sin ningún motivo para refrenar el caos que guardábamos dentro.
No creo que exista alguien que sea inocente por completo o que no merezca la muerte. Todos tienen secretos oscuros enterrados en el jardín o mentiras despiadadas escondidas en el suelo del armario.
Pero si había una persona pura y honesta en este diabólico mundo era Rosemary. Era amable, elegante y risueña. Recuerdo la primera vez que oí su risa: un chiste de Rook hizo que le brotara una carcajada desde lo más profundo de su ser. Ni siquiera parecía un sonido que proviniera de sus labios.
Estaba en sus ojos y en la forma en la que le centelleaban.
Las arrugas de las comisuras hacían que el cuerpo entero le vibrara de alegría.
Su voz estuvo a punto de sobrecogerme, porque nunca había visto a nadie rebosando tanta emoción.
Era una felicidad pura que la sociedad no había logrado corromper.
Cuando murió, el silencio nos azotó con un frío despiadado y el mundo se convirtió en un lugar un poco más gris sin su risa.
No me gusta la gente, pero si estuviera capacitado para ello, me habría gustado Rosemary.
Cuando entró en nuestro círculo, no nos juzgó ni por un instante.
El hecho de que nos hubieran condenado en público y se nos considerara unos monstruos no afectó a su forma de cuidar de Silas.
Se negó a permitir que el pueblo y su arrogante familia influyeran en su lealtad hacia nosotros.
Y no hay nada que admire más en una persona que la lealtad.
—Ahora que la mencionas —Alistair se aclara la garganta—, tenemos que hablar de una cosa.