7
Perdido en el frío para siempre
Thatcher
—Tío, no me jodas…
El viento me azota con fuerza en la cara al bajar la ventanilla. Ignorando las protestas de Rook, saco la mano con el paquete de cigarrillos como si se tratase de un rehén, dispuesto a arrojarlo al asfalto.
Alistair desliza el brazo por el reposacabezas y me lo enrosca alrededor del cuello. Clavo la vista en el espejo retrovisor de mi coche, entrecerrando los ojos ante su mirada depredadora.
—Si quieres llegar a Portland con esa cara bonita intacta, te sugiero que pienses muy bien lo que estás a punto de hacer —me amenaza.
Los labios se me curvan en una sonrisa y, cuando lo noto tensar el músculo contra mi cuello, como una boa preparándose para engullir a su presa, piso el acelerador a fondo.
Hay cosas que nunca cambian: le sigue fascinando tanto como siempre la idea de controlar hasta el más mínimo aliento que exhalan los demás.
Y luego soy yo el obseso del control.
—Oh, Ali —digo, haciendo un puchero—. ¿Crees que tengo una cara bonita?
El rostro se le contrae en un gesto desafiante mientras agito el paquete de esa cosa cancerígena al otro lado de la ventanilla.
—Pobrecito. ¿Necesitas reafirmación, Thatch? ¿Quieres que te dé un besito para que se te pase?
Arqueo una ceja y un breve recuerdo centellea ante mis ojos azules. A juzgar por la forma en la que se le dilatan las pupilas, sabe exactamente en qué estoy pensando sin que tenga que pronunciar una sola palabra.
Por un instante, permito que el recuerdo se abra paso y veo a un Alistair de quince años destrozado que, tras una pelea con su padre, se emborrachó hasta el punto de echarse a llorar, por primera y única vez, en el suelo de mi habitación.
No tolero la debilidad ni en mí ni en quienes me rodean.
No sé cómo actuar cuando alguien está tan bebido que se despoja de todas sus defensas.
En ese momento, dejó al descubierto su vulnerabilidad y me confesó una verdad devastadora: que prefería morir antes que existir solo para ser el repuesto de su hermano mayor.
Me cabreé con él por permitir que su familia lo apaleara de esa forma. Nosotros no nos quebramos; por más que el resto del mundo lo intente, no cedemos ante sus desprecios.
Aquel beso que deposité en sus labios manchados de lágrimas estaba impregnado de una rabia que hacía tiempo que no sentía.
Quería vertérsela por la garganta como plata fundida hasta sellar cada grieta que su familia le había abierto en el alma.
Quería que respondiera con acritud, no con tristeza o debilidad.
Y el niño que llevaba dentro, ese que se refugiaba en un rincón olvidado de su mente y que, al igual que yo, jamás había recibido ni la menor muestra de afecto, devoró toda la rabia que le ofrecí, me la arrancó de los labios con ansia, como si fuera oxígeno, y la almacenó en algún lugar de su cuerpo.
Los corazones malnutridos tienden a darse festines con cualquier cosa que se asemeje al amor, aun si se trata del primer beso, frío e inexperto, de un chico que no sabe nada sobre el cariño ni la bondad. Así pues, se alimentó de aquel gesto sin importarle nada más.
—Aunque me encantaría besarte solo para fastidiar a tu juguetito, me temo que esta vez voy a pasar.
Dicho eso, suelto el paquete a rebosar de nicotina y lo veo danzar con el viento mientras murmuro una breve plegaria para que acabe aplastado contra el asfalto.
—Ya conoces las normas: nada de fumar en mi coche.
—¡Qué coño haces, tío! —grita Rook.
—Capullo de mierda.
Me limito a poner los ojos en blanco mientras Alistair se recuesta contra el asiento trasero con los brazos cruzados como un niño mimado. Ya me lo agradecerán cuando no tengan que depender de una máquina para respirar.
—Nos faltan veinte minutos para llegar al psiquiátrico. Por desgracia para mí, podréis sobrevivir hasta entonces.
Piso un poco más el acelerador y observo el velocímetro, consciente de que, cuanto más rápido vaya, menos tiempo tendré que aguantar sus quejas.
—Cuidado, Thatcher, no sé si este coche cumple con todas las normativas en Estados Unidos. Sería una pena que echaras a perder ese impecable historial de conducción que tienes —dice Rook en un tono mordaz desde el asiento del copiloto.
Deslizo los dedos por el volante antes de bajar la mano para subir de marcha.
El Aston Martin Victor es mi favorito dentro de mi modesta colección.
Fue uno de los últimos regalos de mi abuelo, que se las ingeniaba para saber exactamente qué regalarme.
Por muy atroces que fuesen mis deseos, él siempre me concedía lo que necesitaba.
Para cuando arrestaron a mi padre y lo metieron entre rejas, yo ya estaba tan aislado del resto del mundo que rara vez socializaba. Los profesores se quejaban de que molestaba a los demás niños y los padres abrazaban con un poco más de fuerza a sus hijos cada vez que me encontraba cerca.
La noticia de lo que mi padre había hecho y de lo que era se propagó como un incendio implacable por todo el pueblo y arrasó con cualquier otro cotilleo durante los cinco años siguientes. Lo único de lo que todo el mundo quería hablar era de Henry Pierson, el Carnicero de Ponderosa Springs.
Tal vez, cuando mi abuelo me sorprendió en el jardín arrancándoles las extremidades a los insectos, comprendió lo que tenía que hacer.
Renegar de mí solo habría empeorado las cosas, de modo que aceptó el monstruo en el que mi padre me había convertido.
Incluso desde la tumba, ha seguido allanándome el camino para continuar con mi pasatiempo favorito.
Nunca he llegado a enterarme de los pormenores.
Era tan reservado como yo, pero ahora, cada seis meses, aparecen en el buzón varios expedientes con nombres distintos, todos de hombres sospechosos de alguna clase de asesinato.
El regalo perfecto para un chico que trata de luchar contra sus impulsos homicidas.
A los diecisiete años, cuando empuñé una hoja y acabé con mi primera vida, dejé de ser el discípulo de mi padre y me transformé en algo mucho más aterrador: una pesadilla que superaba con creces cualquier atrocidad que Henry Pierson hubiera sido capaz de imaginar.
—Primero tendrían que pillarme —respondo con una sonrisita.
Aprieto el agarre sobre el volante y adelanto a dos coches que circulan a paso de tortuga, moviéndome con soltura entre los carriles de la autopista para eludir el tráfico.
Conducir me resulta agradable, pero, cuanto más nos acercamos al psiquiátrico, más asfixiante se vuelve el aire dentro del coche.
La tensión aumenta al recordar la razón por la que tenemos que hacer este viaje cada semana.
Rook no tarda en inquietarse y juguetear con su Zippo.
Lo hace girar una y otra vez entre los nudillos de la mano izquierda mientras contrae la derecha de manera sutil en el lateral del asiento.
El chasquido metálico del mechero al abrirse y cerrarse sin cesar inunda el espacio y me agota la paciencia.
—Si no quieres hacerles compañía a tus queridos cigarrillos, te sugiero que pares —escupo, girándome un segundo para mirarlo—. Suelta lo que tengas que decir y deja de removerte.
Me dedica una mirada fulminante y llena de rabia. Sé que no va toda dirigida hacia mí; parte de esa hostilidad la reserva para sí. Cada vez que venimos de visita, su subconsciente trata de convencerlo de que lo que le ocurrió a Silas fue culpa suya, lo cual me parece una soberana estupidez.
Silas Hawthorne es el único responsable de sus actos. Por muy tercas y silenciosas que nos resulten las decisiones que toma, son enteramente obra suya. Rook es consciente de ello y, pese a todo, sigue sin ser capaz de aceptar que no haya tenido nada que ver en esta situación.
La culpa lo carcome por dentro, y ni siquiera el cariño de Sage Donahue basta para contenerla. Pasarán años antes de que pueda mirarse al espejo y creerse de verdad lo que todos hemos tratado de explicarle.
—¿Creéis que está bien allí?
La pregunta se queda suspendida en el aire, aguardando a que alguno de nosotros se atreva a responderla, pero no creo que sea Alistair el que se anime a romper el silencio, porque ambos conocemos la verdad.
—No —contesto yo, negándome a mentirle—. Creo que se siente como un animal rabioso y enjaulado al que están enseñándole a hacer la croqueta y a sentarse cuando se lo ordenan.
Las entrañas me arden y una oleada de furia se apodera de cada fibra de mi ser.
Detesto la idea de que uno de los nuestros se encuentre atrapado en una especie de celda.
Puede que mi corazón no sienta ningún tipo de afecto por los tres hombres a los que he invitado a formar parte de mi vida, pero mi lealtad hacia nuestro vínculo es más poderosa que cualquier sentimiento.
—No…
—Él sabe lo que necesita —interrumpo lo que fuera a decir Alistair y lo fulmino con la mirada a través del espejo retrovisor—. Aunque a ninguno nos agrade esta situación, nadie conoce la mente de Silas mejor que él mismo.
Le echo un vistazo a Rook y me percato de que el temblor que le sacudía la mano derecha ha cedido lo suficiente como para estar seguro de que no va a intentar volar el coche por los aires con él dentro.
Sé perfectamente lo que ansía: castigo y dolor.
Busca un modo de liberarse de la culpa que le corre por las venas, solo por un instante.
Sin embargo, es consciente de que no voy a acceder a hacerle daño por ese motivo y de que, además, Sage estallaría si lo viese recurrir a la violencia para lidiar con la pérdida de Silas.
Antes solía proporcionarle el dolor que necesitaba para seguir adelante cada vez que me lo pedía, pero ya no pienso seguir haciéndolo, y menos por esto.
—Sí —susurra, mirando por la ventana—. Tienes razón.
Un manto de silencio envuelve el interior del coche conforme nos aproximamos a nuestro destino. Una vez que entramos en el aparcamiento del edificio de cristal de varias plantas, permanecemos sentados dentro unos segundos más de los necesarios.
—Cuando Silas esté listo —empieza a decir Alistair, inclinándose hacia delante. Apoya una mano sobre el hombro de Rook—, arrancaremos de cuajo las putas puertas de este sitio para sacarlo. Puedes reducirlo todo a cenizas si quieres, me da igual. Cuando le hagamos falta, aquí estaremos.
No lo expreso en voz alta, pero una emoción centellea en lo más profundo de mi retorcido ser y logra revolverme las tripas al darme cuenta de que, en efecto, siempre podrá contar con nosotros.