6 #3
—¿Ya estás negociando? Todavía no te he pillado —replica en un tono burlón y perverso—, pero por mí no te cortes. Adelante, arrodíllate y suplícame por tu vida.
—Si lo hago, ¿accederás a lo que te pedí? ¿Me enseñarás a vivir con el deseo de matar y cómo hacerlo?
Lo único que necesito es que me diga que sí, que me muestre cómo sobrevivir a esto.
—No —contesta, y el sonido de su risa provoca que tiemble la tierra bajo mis pies mientras se mete las manos en los bolsillos—, aunque me encantaría ver esos ojos tuyos implorándome clemencia desde el suelo antes de acabar con tu vida.
El filo de una hoja de acero centellea en la oscuridad. Thatcher sostiene con firmeza el mango en su mano robusta. El viento amenaza con hacerme perder el equilibrio a medida que los árboles se dispersan y van dando paso a un claro.
—¿Tanto me odias que prefieres matarme antes que ayudarme?
La pregunta surge de una profunda sensación de inseguridad que aflora cuando estoy cerca de él.
—No te odio, mascotita. —El frío que desprende su voz me atraviesa de la cabeza a los pies—. Para eso tendría que sentir algo por ti.
La decepción me cala hasta los huesos. Sus palabras no me sorprenden, siempre lo he sabido, pero no puedo evitar que me duelan.
Aunque nunca he visto a Thatcher con una mujer, sé que no soy su tipo. ¿Por qué iba a interesarse por la chica que se revuelca en el barro y colecciona bichos? Tiene dónde escoger, y yo no estoy entre sus opciones.
—No…
El sonido de las olas impactando contra las rocas me arrebata lo que fuera a decir y me hace echar un rápido vistazo hacia atrás.
De pronto, entiendo por qué Thatcher no tiene ninguna prisa por alcanzarme.
En mi desesperación por huir de él, he acabado en el borde de uno de los muchos acantilados que se alzan sobre Black Sands Cove.
Con cada paso que doy para alejarme, me aproximo cada vez más al filo del precipicio escarpado. Puedo ver las aguas oscuras reclamándome.
—Estás en un callejón sin salida.
Aparto la mirada de golpe de las profundidades que me aguardan abajo y vuelvo a clavar los ojos en Thatcher, que parece un gato a punto de cazar un ratón. Es consciente de que ha ganado. Lo sabe desde el mismo instante en el que comenzó este juego.
—¿Qué tal si lo dejamos? —propongo.
Me estoy quedando sin tiempo y sin espacio. Es inminente que me caiga al vacío, lo noto en cada fibra de mi cuerpo.
—No tienes dónde esconderte, mascota.
Chasquea la lengua, sin borrar de sus labios esa sonrisa felina y depredadora que lo caracteriza. Se saca el móvil del bolsillo y lo balancea ante mí para mostrarme que aún dispongo de dos minutos.
Casi lo consigo. Casi gano. Solo un par de míseros minutos más.
El talón del zapato izquierdo se me resbala un poco y me giro para mirar hacia abajo.
He alcanzado el límite: si continúo retrocediendo, me precipitaré hacia un abismo sin fin.
El viento me revuelve el pelo en la cara y provoca que los mechones húmedos se me metan en la boca mientras el corazón se me dispara.
Me tiene atrapada en su telaraña venenosa. No hay escapatoria, a menos que me entregue al vacío.
Cuando miro de nuevo a Thatcher, se encuentra tan solo a unos pasos de mí, rebosante de confianza y listo para reclamar su recompensa.
Arrastro ambos pies hasta el borde del acantilado, consciente de que es probable que no sobreviva, pero es eso o dejar que me gane. Si existe aunque sea una mínima posibilidad de sobrevivir y salir victoriosa, pienso arriesgarme.
—Thatcher…
Pronuncio su nombre en un susurro que es arrastrado por el viento mientras la lluvia sigue empapándome la ropa.
—¿Unas últimas palabras, mi querido fantasma?
Me muerdo el interior de la mejilla, tratando de sofocar el miedo que amenaza con apoderarse de mí cada vez que pienso en la vasta extensión de agua que me aguarda abajo. Resulta casi poético que las dos veces que me he enfrentado a la muerte haya sido mirando a los ojos a Thatcher.
Una extraña calma me inunda al saber que la persona a la que me he dedicado a observar gran parte de mi vida estará aquí para presenciar mis últimos momentos.
Extiendo los brazos, siento cómo el viento y la lluvia me empujan hacia el agua, y asiento con la cabeza. A juzgar por la expresión de alarma con la que me mira, sé que está atando los cabos que se le han escapado.
—Antes de que me enseñes a controlar mis instintos, hay algo que debes saber —digo, esbozando una sonrisa.
Estoy a punto de morir, pero no me importa.
—Lyra, ni se te ocurra.
Demasiado tarde.
—No subestimes a una chica capaz de hacer cualquier cosa por lo que quiere.
Me inclino hacia atrás y siento cómo el estómago se me revuelve conforme desciendo directamente hacia las olas que rompen abajo. Pese a tener los ojos empañados, logro distinguir la figura de Thatcher contemplándome desde arriba, al borde del acantilado.
El rugido del viento me retumba en los oídos. La caída parece mucho más larga de lo que esperaba, pero entonces el impacto del agua contra mi espalda me libera de toda agonía.
He ganado.