6 #2
A esa voz, la de Rook, le sigue una risa malvada que hace que se me encoja el estómago.
Dirijo la vista hacia la cuerda, cuyas hebras de color marrón claro se han vuelto casi negras bajo el calor de la llama. Quedan solo unos segundos para que se debilite lo suficiente y se quiebre, pero el tiempo corre en nuestra contra.
—¿De qué coño sirve que nos deis ventaja si nos habéis puesto trampas de antemano? —grita Sage en su dirección, con los ojos ardiendo de rabia.
—No dijimos que fuéramos a jugar limpio —responde él, emergiendo de entre los árboles y caminando hacia nosotras.
No creo que sepan siquiera lo que significa jugar limpio. Lo único que les importa es ganar, cueste lo que cueste.
El fuerte crujido de la cuerda resuena en el aire y Briar cae sin gracia al suelo con un golpe seco. Presa del pánico, intenta quitarse el nudo de los tobillos mientras Sage la ayuda.
Pero Rook sigue avanzando e invade nuestro espacio, dispuesto a ponerle fin al juego. Si ganan ellos, Sage y Briar acabarán nadando desnudas y yo me enfrentaré al abrazo gélido de la muerte.
No puede atraparnos a las tres. Tengo ante mí la oportunidad perfecta para echar a correr y dejarlas atrás, aunque algo en mi interior me lo impide. Aun cuando lo que arriesgan ellas es insignificante en comparación con lo que me juego yo, no soy capaz de abandonarlas.
Me he pasado toda la vida escondiéndome o huyendo de lo que me asustaba. Siempre he procurado fundirme con el entorno para evitar confrontaciones o miradas. Me convertí en un fantasma para sobrevivir, me volví débil, y ya no quiero seguir siendo así.
No quiero ser la clase de persona que huye de sus amigas y las deja solas ante el peligro. Quiero ser la amiga que no teme defenderlas, de modo que eso es lo que pienso hacer.
Me alejo trotando a toda prisa y recorro el suelo con la mirada hasta dar con un buen trozo de madera seca y carcomida que parece ser una rama larga, justo lo que necesito para lo que tengo en mente.
Rook se acerca a las chicas y da la impresión de estar lo bastante absorto en ellas como para que yo pueda aproximarme por un lateral. Me aferro a la rama, sintiendo cómo me sudan las manos y la madera se me clava en las palmas.
Los brazos se me mueven solos. Se impulsan hacia delante como si blandiera un bate de béisbol y le estrellan la rama en la espalda a Rook con un fuerte chasquido. La madera quebradiza se rompe al entrar en contacto con su piel, aunque consigue tirarlo al suelo y arrancarle un gemido de dolor.
—¡Corred! —grito, consciente de que el golpe ha sido suficiente para aturdirlo, pero no para dejarlo fuera de combate.
Briar y Sage se levantan a trompicones y salen pitando en direcciones opuestas mientras yo echo a correr por el bosque y dejo a Rook farfullando en el suelo. Lo último que alcanzo a oír es una risa oscura.
No tengo ningún plan ni estoy segura de a dónde me dirijo. Lo único que sé es que es imperativo que ponga la mayor distancia posible entre Thatcher y yo.
El problema es que desconozco por completo su paradero —y, con mi suerte, es probable que esté corriendo directa hacia él—, lo cual es raro en mí, porque siempre sé dónde se encuentra.
Soy como una sombra que se le adhiere a la punta del zapato, el fantasma que habita en su pasillo. Dondequiera que vaya, lo sigo.
Se levanta, sale a correr, se ducha y se prepara el desayuno: fruta y yogur los jueves, y claras de huevo y tostadas el resto de la semana. Como su abuela, May, va al mercado los miércoles, creo que, en el fondo, se siente mal si no se come la fruta fresca que le compra. O quizá le guste sin más.
Me sé su horario de clases, gracias a una administrativa despistada de la secretaría de Hollow Heights.
Hay muy pocos sitios donde no logre localizarlo, como, por ejemplo, durante los breves intervalos de tiempo en los que desaparece una vez cada seis meses.
En ocasiones, un día entero; en otras, solo unas horas.
Podría seguirle el rastro a su Lamborghini personalizado allá donde fuera, pero esos viajes esporádicos me parecen tan íntimos que hasta a mí me da cosa invadir su privacidad en esos momentos. Que yo sepa, ni siquiera sus amigos tienen constancia de ellos.
Puede que una parte de mí sepa a dónde se dirige y con qué propósito, aunque no quiera interferir en sus planes. O puede que simplemente no esté lista para verlo hacer lo que mejor se le da: infligirles daño a los demás.
—Mi querido fantasma. —La voz de Thatcher se abre paso entre la niebla—. ¿Has acabado ya de huir de mí?
No me da miedo que me atrapen Rook Van Doren o Alistair Caldwell.
Su reputación es terrorífica y tendría sentido que temiera por mi vida —al fin y al cabo, no son personas con las que una desee cruzarse—, pero no son ellos los que me hielan la sangre ni los que provocan que se me detenga el corazón. No me asustan, no como él.
Ellos solo juegan por alardear. En su mente, esta no es más que una noche de diversión entre amigos, una forma de celebrar todas las dificultades a las que nos hemos enfrentado y nuestro reencuentro.
Sin embargo, yo no estoy jugando por diversión.
No he hecho un trato con el diablo ni con el vengativo: he apostado mi vida con la muerte, el psicópata, el Hollow Boy que incomoda a todo el mundo.
El que consigue que los demás enderecen la espalda al verlo aparecer.
El que hace que quieras esconderte debajo de la cama, pero que, aun así, logra que no te atrevas a apartar la vista de él.
El corazón me retumba en el pecho cuando aminoro la marcha. Solo necesito un segundo para recuperar el aliento y orientarme. A pesar de que hemos dejado atrás la playa y nos hemos adentrado en el bosque, todavía puedo oír el romper de las olas.
Me apoyo las manos en las rodillas y tomo una bocanada de aire tras otra hasta que la cabeza me da vueltas. Al escuchar el crujido de los árboles movidos por el viento, me sobresalto y alzo la vista a toda prisa para escudriñar el entorno, pero el pánico me impide concentrarme.
Aunque estoy poniendo todo mi empeño en mantenerme alerta, parece que mis instintos de supervivencia no se encuentran por la labor de colaborar.
Cada rama que cruje y cada criatura que se mueve más allá de la niebla hace que mi miedo se intensifique.
Me es imposible reprimir un grito ahogado cuando el graznido de un cuervo retumba en mitad de la noche.
El bosque se pliega a favor de Thatcher como un títere a su merced. Las sombras danzan, la tierra húmeda da la impresión de querer engullirme y la lluvia me golpea con fuerza mientras corro. Me aturde, me confunde; teje una trampa de la que no puedo escapar.
Al darme la vuelta para mirar a mi espalda, el cuerpo se me hiela por el miedo. La niebla parece moverse a su alrededor, separándose de su figura para no tocarlo, y él camina entre los árboles con calma, sin preocuparle que pueda seguir huyendo.
Avanza sin prisa hacia mí, con pasos calculados.
En un ataque de pánico, decido girarme y salir pitando a tal velocidad que la boca me sabe a sangre, el sudor me cae por la espalda y me choco con cada rama caída que se interpone en mi camino.
Ha conseguido sumergirme en mi propio purgatorio sin levantar ni un solo dedo.
Tras tropezarme con otra rama, me veo forzada a detenerme. Estoy sin aliento, de cara a él y agotada de tanto correr.
Cuando dirige la vista hacia mí, esos ojos glaciales me provocan un hormigueo en lo más profundo del estómago. Cada vez que me mira, me siento como si me atravesara la piel con dos puñales de hielo, aunque es un dolor del que no puedo ni quiero escapar.
No ocurre a menudo, pero en las raras ocasiones en las que Thatcher me presta atención, siento que es la única persona en el mundo que logra verme de verdad. Sus ojos me insuflan vida, me despojan de mi condición de fantasma y me devuelven al mundo de los vivos.
No quiero huir de esa sensación, quiero lanzarme de cabeza hacia ella y, en esta ocasión, no puedo. Debo resistirme.
Cuando percibo sus anchos hombros con mayor claridad, me doy cuenta de que la máscara que llevaba ha desaparecido y la luz de la luna le resalta los ángulos afilados del rostro. Un escalofrío me recorre el cuerpo al ser consciente de su cercanía.
—Te dejé escapar una vez, Scarlett. —Su voz firme atraviesa el ruido de la lluvia—. Pero esta vez vas a sangrar para mí.
«Sangrar para mí».
Una imagen atroz y espantosa me cruza la mente: yo tendida en su cama mientras él desliza la punta de su cuchillo predilecto sobre mi piel pálida y deja un rastro de sangre a su paso. Me quedaría inmóvil, al igual que una virgen ofreciéndose como sacrificio.
¿Cómo le digo que sangraría para él en este preciso instante si me lo pidiera, que no tendría ni que matarme para conseguirlo?
Un relámpago rasga el cielo mientras una oleada de calor me inunda por dentro y despierta en mí un anhelo tan intenso y voraz que me roba el aliento.
Nunca he experimentado atracción sexual ni deseo por nadie más, porque este tipo de sed solo puede saciarla él. Nunca he dejado que nadie me toque, porque la única persona a la que deseo ni siquiera puede considerarse una persona.
Todos los pueblos tienen su propia historia de miedo. Una casa encantada que devora almas, un fantasma vengativo al acecho de nuevas presas. Ponderosa Springs cuenta con un montón de ellas, aunque ninguna resulta tan aterradora como él.
Es un monstruo. La oscuridad que eclipsa la luna. Una maldita pesadilla.
Y es mío.
—Enséñame y sangraré para ti —digo, retrocediendo para alejarme de su imponente figura, sin prestarle atención al camino que se encuentra a mi espalda.