La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 6
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Callejón sin salida

Lyra

La lluvia cae con una furia implacable. Las gotas de agua me impactan en la piel como balas conforme avanzamos hacia la linde del bosque.

Rook se sube la capucha de la sudadera y se sumerge en la oscuridad. Nos echa un vistazo por encima del hombro y revela la máscara de rayas negras y rojas que le cubre el rostro. Al percatarse de que estoy observándolo, me saluda con la mano, moviendo los dedos de forma juguetona.

—No tendría que habérsela comprado —murmura Sage, sacudiendo la cabeza—. Estábamos en una tienda de antigüedades de Hollywood y no parecía tan terrorífica a la luz del día.

—La próxima vez abstente de regalarles cualquier cosa que se parezca a una máscara. Creo que entre todos ya tienen suficientes —añade Briar, y yo asiento, de acuerdo con ella.

Da igual que sea solo un juego. Los Hollow Boys no desaprovechan nunca la oportunidad de sembrar el pánico. No importa quiénes seamos para ellos: una parte de su ser siempre anhelará el poder que les otorga el miedo que infunden a los demás, incluso a aquellos a quienes quieren.

Cuando llegamos al límite del bosque, trago saliva con fuerza y trato de mantener la sonrisa mientras mis amigos se ríen y hacen bromas. Para ellos, esto es como adentrarse en una casa encantada en la que los actores no pueden tocarte y todo forma parte de un divertido juego.

Un susto de nada para que se te acelere el corazón. Una reunión de amigos. Una forma de olvidarnos por un instante de lo que Ponderosa Springs nos depara este año, de honrar a uno de nosotros, el único que falta esta noche, y a la chica cuya muerte nos unió a todos.

Me gustaría poder disfrutar de este momento con las personas que se han vuelto indispensables en mi vida y que me hacen sentir humana en lugar de un simple fantasma, pero no puedo parar de pensar en que quizá esta sea la última vez que los vea.

¿Estoy preparada para encarar a la muerte? En el pasado lo hice y logré salir ilesa. ¿Estoy lista para pasar por ello de nuevo, para mirar a la muerte a los ojos y aceptar el destino que eludí de niña?

—Átate los zapatos.

La brisa fría de su voz me roza la oreja y, al bajar la vista, compruebo que, en efecto, tengo los cordones desatados.

—Me sorprende que me estés ayudando. Si me tropezara, tendrías ventaja, ¿no?

Miro hacia atrás por encima del hombro y veo a Thatcher caminando hasta colocarse a mi lado e igualar mi ritmo. Me devuelve la mirada con una sonrisa torcida y la máscara apoyada sobre la cabeza.

El viento sopla con tal intensidad que casi me hace perder el equilibrio.

—No quiero ganar solo porque seas torpe. —Alza la mano y procede a deslizarse la máscara con lentitud sobre el rostro. Luego ladea ligeramente la cabeza—. Buena suerte, mascota. Yo que tú empezaría a rezarle al dios en el que creas para que no te atrape.

De las cuencas negras de su máscara blanca y rígida se derrama sangre falsa. La expresión vacía que se dibuja en ella le oculta por completo las facciones.

No me da tiempo a responder. Antes de que pueda darme cuenta, avanza con paso acechante y se reúne con los otros dos chicos, que van por delante. Me agacho y me ato los cordones de tal manera que podrían cortarme la circulación, pero espero que aguanten así durante todo el juego.

—Cinco minutos —ordena Alistair, volviéndose hacia nosotras con los brazos cruzados—. Esa es la ventaja que os ofrecemos.

—No es tiempo suficiente —protesta Sage, frunciendo el ceño—. Deberíais darnos por lo menos diez, tío.

Alistair entrecierra los ojos y fulmina a mi amiga con una mirada que me pone los pelos de punta.

Aun así, ella no cede y mantiene la cabeza alta y los hombros rectos en actitud desafiante.

Es la única forma de ganarse su respeto: tener el carácter necesario para plantarle cara y no dejarse acobardar.

—Cuatro minutos y treinta y cuatro segundos —gruñe él en respuesta. Si no fuera por la máscara de calavera que le cubre la mitad inferior de la cara, estoy segura de que vería una sonrisita—. Tic, tac. Estás perdiendo el tiempo, tía.

Por un instante, el mundo se congela. Incluso la lluvia parece detenerse para que todos intercambiemos una mirada, como si un acuerdo silencioso se desplazase entre nosotros con el viento.

Deslizo la vista hacia Thatcher, el más alto del grupo de chicos que tengo enfrente.

Siento sus ojos fijos en mí, a pesar de que no puedo distinguirlos bajo la máscara.

Soy su presa, el trozo de carne que cuelga de una garra, mientras que él es el animal hambriento y enjaulado que espera a ser alimentado.

El alma se me cae a los pies y, cuando siento la lluvia golpeándome la piel una vez más, empiezo a correr.

O gano o muero, no hay más opciones. Porque, si me atrapa, estaré indefensa ante su ira. Ni siquiera el mismísimo Dios podría salvarme de Thatcher Pierson.

No tardo mucho en sentir ardor en el pecho y presión en los oídos.

Aunque he estado saliendo a correr todos los días, sigo sin ser capaz de controlar la respiración como es debido.

Y esto tampoco se parece en nada a mi rutina apacible de las mañanas, en la que me paso el tiempo admirando los músculos de la espalda de Thatcher.

No hay pájaros cantando ni un sol reconfortante que calme mis extremidades doloridas.

Supongo que es más fácil correr cuando tu vida depende de ello.

Los imponentes árboles parecen retorcerse en mi dirección, como si quisieran engullirme con sus ramas y troncos empapados.

Inhalo con dificultad una bocanada de aire húmedo que me sacude los pulmones.

Puedo oír a Sage y a Briar cerca de mí, respirando de forma entrecortada mientras tratamos de alejarnos lo máximo posible de quienes pretenden darnos caza.

La niebla se cierne densa sobre nosotras y, cuanto más nos adentramos en el bosque, más confuso se vuelve todo alrededor.

Huelo la lluvia en el aire conforme muevo los brazos para impulsarme hacia delante.

Una rama, o tal vez un arbusto, me rasga los pantalones y me araña la piel.

Un siseo de dolor se me escapa de los labios, pero no me molesto en revisar la herida. Ya me encargaré de ella más tarde.

El tiempo ha dejado de existir. Lo más probable es que solo hayan pasado unos minutos, aunque, a juzgar por lo resentidas que me noto las piernas, parece mucho más.

Debemos mantenernos fuera de su alcance durante media hora. Todos nos hemos puesto una alarma en el móvil que nos avisará cuando se termine el juego. Los ganadores podrán quedarse con la ropa puesta, pero los perdedores deberán zambullirse desnudos en las aguas del Pacífico.

Avanzamos serpenteando entre los troncos, dispersando el manto de niebla con nuestros cuerpos y corriendo sin un destino en mente. Intento percibir sus pasos, pero lo único que oigo son mis latidos desbocados y mi respiración agitada.

Están acechándonos entre las sombras, esperando el momento de actuar. Callados y en calma, como las aguas mansas.

—¿Deberíamos…?

Un grito desconsolado interrumpe a Sage.

Es un alarido de sorpresa y terror que reverbera entre las ramas y que me provoca un nudo de pánico en el estómago.

—Briar —susurro con voz temblorosa.

Giro de golpe hacia la derecha y el pelo me azota la cara por la fuerza del movimiento. Mi amiga está colgando bocabajo, con la melena rubia ceniza balanceándose en la oscuridad.

Una cuerda le rodea los tobillos, manteniéndola suspendida de una rama robusta que se alza sobre nosotras. No parece estar herida, solo asustada, pero creo que tanto Sage como yo nos hemos quedado conmocionadas.

¿Una trampa de lazo?

La sensación se desvanece rápidamente cuando Briar vuelve a gritar, lo que nos obliga a Sage y a mí a ponernos en alerta máxima.

—Te quiero —murmura Sage. Se arrodilla frente a Briar y le tapa la boca con la mano—, pero cállate de una puta vez, que no te pasa nada. Vamos a bajarte de ahí y crucemos los dedos para que no te hayan oído.

Comienzo a deshacerle el nudo con las manos temblorosas. La cuerda gruesa me raspa los dedos y me maldigo por no haber traído un cuchillo.

Deberíamos haber venido más preparadas. Por lo visto, ellos lo tenían todo pensado. No creía que fuesen a llegar tan lejos; se ve que he sido una ingenua al pensar que se apiadarían de nosotras.

—El nudo está demasiado apretado. ¿Tenéis algo afilado? —les pregunto a ambas.

Con cada segundo que permanecemos quietas, vamos perdiendo la ventaja que les sacábamos.

—Mierda, no. No tengo mi bolso ni… —Sage maldice mientras yo sigo tirando de la cuerda, buscando con desesperación algún borde suelto o cualquier otra forma de liberarla—. ¡Espera, espera!

Miro hacia abajo y observo cómo se mete la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros. Acto seguido, extiende la palma y el objeto metálico que sostiene en ella capta el brillo de la luz de la luna. No me había alegrado tanto de ver un Zippo en la vida.

—Dios bendiga la puñetera costumbre de fumar de tu novio —murmuro mientras se lo quito de las manos y ella alza a Briar de los hombros para evitar que la sangre se le suba a la cabeza.

Giro la rueda una vez y luego otra, pero el mechero no se enciende. El viento aúlla, arrastrando consigo el sonido de una risa frenética, y el pánico me cala los huesos.

Nos están alcanzando.

—Ladronzuela, puedo oír tu respiración incluso desde aquí —grita Alistair en la oscuridad de la noche.

Parece encontrarse lejos y cerca al mismo tiempo. Su voz retumba entre los árboles, de modo que es imposible saber con certeza dónde está.

«Joder, joder, joder».

Las manos me empiezan a temblar al intentarlo de nuevo. Esta vez, la chispa prende y contemplo la llama danzando en la penumbra. Acerco el fuego a la cuerda y echo un vistazo alrededor para comprobar si están lo bastante cerca como para vernos.

Pero se han convertido en sombras, y la noche se funde con la espesura del bosque. Para cualquier otra persona, esa negrura absoluta sería una desventaja; ellos, en cambio, prosperan en ella, como si ese hubiera sido siempre su hogar.

—Vaya, qué tenemos por aquí.