La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 5 #2
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—Te estoy escuchando hablar de mí, cielo. Que no se te olvide hablarles del piercing que te has hecho en San Diego —grita Rook, con alegría y un toque de deseo en la voz.

Sage entrecierra los ojos y le hace una peineta con el dedo antes de dirigirse de nuevo a nosotras.

—Olvidadlo. Me retracto de todo lo que acabo de decir.

Nos reímos y seguimos charlando, hasta que Thatcher eleva la voz lo suficiente para que lo escuchemos, como si reclamara nuestra atención.

—¿Por qué estáis los dos tan pesados? Ya os he dicho que estaba ocupado. Además, no he sido el único que ha llegado tarde. ¿Por qué no le preguntáis a vuestra querida reina de los bichos qué la ha retrasado a ella?

Al girar la cabeza en mi dirección, deslizan la mirada hacia mí.

Puedo leer la intriga que se les refleja en el rostro. La curiosidad es un atributo que tenemos en común. Todos parecen decir: «¿Dónde te habías metido?».

Hago un gesto torpe con la mano para restarle importancia, incómoda con el hecho de sentir tantos ojos puestos sobre mí.

—Perdón, estaba terminando un proyecto.

—¿Con Conner Godfrey? —inquiere Alistair con una ceja alzada, retándome a mentirle.

Cada vez que me mira, me siento como si fuese una alumna de instituto a la que acaban de pedirle que acuda al despacho del director.

—Es solo un amigo, un profesor —respondo, lanzando una mirada cautelosa a todos los ojos que me escrutan—. Me ha estado ayudando este verano a aumentar mi colección y a identificar especies.

—Sí, y cuando no está contigo, se dedica a ayudar a Stephen Sinclair a secuestrar y traficar con chicas.

Rook tensa la mandíbula y observo cómo Sage se acerca, entrelaza su brazo con el suyo y se pega a él.

—Todavía no lo sabemos, Van Doren.

—Por favor, ¿quién va a ser si no? Le falta llevar un letrero que diga: «Me van las movidas raras e ilegales». Ningún miembro de esa puta familia es de fiar. Seguro que están todos metidos en el ajo.

Alistair pone los ojos en blanco, aunque no se muestra en desacuerdo.

—Tampoco podemos aparecer sin previo aviso haciendo ese tipo de preguntas. Aunque ahora mismo no estemos en el punto de mira de la poli, no somos intocables, y meternos con la familia Sinclair sería pedir a gritos que nos arresten.

—No seremos intocables, pero sí los reyes del sudapollismo —repone Rook con una sonrisa radiante.

—Esa palabra ni siquiera existe —escupe Thatcher en un tono irritado.

—No le quita verdad a lo que he dicho —le responde con un encogimiento de hombros, impasible ante la actitud de su amigo.

—No he visto nada sospechoso en su comportamiento.

Ha sido… eh, bastante majo conmigo, agradable.

—Me aclaro la garganta—. Si estuviera involucrado, ¿no creéis que ya me habría secuestrado?

Quiero decir, soy el objetivo perfecto. No tengo familia que me busque y tampoco es que goce de gran popularidad.

La gente ni siquiera se daría cuenta de que he desaparecido.

La cruda realidad de esa afirmación debería molestarme, porque nadie se preocuparía si faltara a clase. Para este pueblo y para quienes viven en él, no soy más que un fantasma. Nadie me echaría en falta.

Sin embargo, es un hecho que asumí mucho antes de enterarme de la existencia de la Aureola, una red de trata de personas ubicada justo en el corazón de Ponderosa Springs.

La misma organización con la que el padre de Sage llegó a negociar y que le arrebató la vida a su hija, la hermana gemela de mi amiga.

Algo que ninguno de nosotros esperaba descubrir cuando empezó todo esto.

—Lyra… —comienza a decir Briar, pero Thatcher la interrumpe.

—Exacto. Nadie se percataría de que has desaparecido.

Thatcher clava la vista en mí y observo cómo el azul intenso de sus ojos centellea con acritud. Dioses, destila tanta frialdad que me siento como si fuera a hundirme en las aguas de Alaska ante el más mínimo paso en falso.

—Pero tus amigas, que se están acostando con un Caldwell y un Van Doren, se darían cuenta, lo cual te convierte en el peor objetivo posible.

A quienquiera que se encuentre al mando de la Aureola no le conviene tener a los hijos de las familias fundadoras como enemigos.

Eso ya lo hemos dejado bien claro, ¿o no?

—Que Conner…

—Deja de decir su nombre —me corta Thatcher, con sus dientes blancos reluciendo bajo la luz de la luna, sin permitirme acabar la frase—. No es nuestro aliado ni es amigo tuyo. Que no se te olvide de qué parte estás, Lyra.

Un silencio denso y pesado se instala entre todos nosotros y me roba el aire. Sé que tiene razón: ser amable con Conner Godfrey es igual que serlo con Stephen Sinclair, el decano de Hollow Heights. Ambos son amigos.

Por más que quiera creer que no está metido en esos asuntos, si algo he aprendido es que, en esta parte de Oregón, no se puede confiar en nadie. Todo el mundo guarda algún secreto oscuro bajo llave.

—Solo intentamos asegurarnos de que estés a salvo. Después de lo que les pasó a Rosemary y a todas esas chicas desaparecidas, tenemos que cuidarnos las unas a las otras —interviene Briar con ternura.

Extiende el brazo para agarrarme de la muñeca y me atrae hacia ella, lejos de la mirada dura y fría de Thatcher. Siempre actúa como un escudo entre ambos, sin darse cuenta de que no quiero que me proteja de él, porque soy yo la que lo busca.

Antes le he mentido al decir que no les ocultaba nada a mis amigas, porque les he escondido mi obsesión por él, a ellas y a todos. Thatcher es mi mayor secreto.

Mi primer día de sexto fue casi al final del año escolar, de modo que pasé enseguida a secundaria. Me acababan de trasladar a un hogar de acogida en Ponderosa Springs tras haber pasado dos años fuera, y aún no me había olvidado de él.

Su rostro se me aparecía en sueños cada noche. Lo veía como el chico que me había salvado la vida. Creía que Thatcher era impresionante bajo la oscuridad de la noche, pero nada podía haberme preparado para contemplarlo a plena luz del día en el aparcamiento del instituto.

Mi plan era acercarme lo suficiente con la esperanza de que se dirigiera a mí; sin embargo, fiel a su palabra y ante sus ojos, no era más que un fantasma, uno que él había creado, y nunca me veía.

Pese a que deambulaba por las mismas aulas y por el mismo comedor, no me prestaba ni un ápice de atención.

Y entonces algo cambió. Me convertí en un fantasma para todos, nadie parecía percatarse de mi presencia, y únicamente me sentía comprendida y aceptada de verdad cuando me encontraba a su alrededor.

No había otra persona en el mundo que conociera mi historia, quién era yo y los horrores que había presenciado.

Aunque no se diera cuenta de que yo estaba allí, me reconfortaba seguirlo y saber que no estaba sola, que había alguien más que vivía con un monstruo en su interior.

Con el tiempo, dejó de importarme si llamaba su atención o no, porque estar cerca de él, observarlo, era lo primordial.

Incluso las cosas más mundanas que hacía me resultaban fascinantes.

Le acechaba en el instituto, pero luego me fui atreviendo más y comencé a vigilarlo también fuera para ver si era distinto cuando estaba solo, lejos de la gente. Acabé conociendo a los chicos a través de él, porque la mayor parte de su tiempo libre lo pasaba con al menos uno de ellos al lado.

Iba al Cementerio y me quedaba entre la multitud, mirándolo mientras apoyaba a sus amigos en cualquiera que fuese el deporte sangriento en el que participaran aquella noche. Lo veía reunirse con ellos en el acantilado, a las afueras del pueblo y, con el tiempo, también en su casa.

No me parecía suficiente. Daba igual desde dónde lo espiara o lo apartado que estuviera el sitio, nunca me sentía lo bastante saciada de él. Hasta hubo un momento en el que intenté parar, pero me di cuenta de que el daño ya estaba hecho. Mi corazón se negaba a dejarlo marchar.