5
En algún lugar del bosque
Lyra
Un rayo quiebra la oscuridad del cielo y baña con su resplandor lila nuestras manos extendidas, donde reposa un pacto en la yema de nuestros dedos. El viento aúlla entre ambos, enredándome los rizos en la cara, y el olor a agua salada me llena las fosas nasales.
—Espero que te merezca la pena arriesgar la vida por este trato, mascota.
Me suelta la mano justo cuando el rugido de un trueno retumba más allá de las nubes. Ese estruendo sella nuestro acuerdo y condena mi destino. Ya no hay vuelta atrás.
Thatcher se mete las manos en los bolsillos antes de alejarse de mí y dirigirse hacia nuestro grupo de amigos, que nos espera un poco más abajo en la playa. Yo me detengo un instante para asimilar lo que acabo de hacer.
No tengo ninguna posibilidad de vencerle.
He estado a punto de escupir los pulmones con la caminata de kilómetro y medio que hay entre los árboles hasta llegar a Black Sands Cove.
Está claro que no voy a poder huir de él lo bastante rápido en el pillapilla.
Además, la niebla que se extiende por el bosque a mi espalda va a reducir la visibilidad durante el juego, por lo que estaré cegata y corriendo a duras penas mientras trato de salir con vida de aquí, literalmente.
Respiro hondo y avanzo por la playa, embarrada por la lluvia y la marea alta. En realidad, no me queda otra opción: convivir con impulsos homicidas que no sé cómo controlar es peor que la muerte. Esta es mi única oportunidad de tener una vida normal.
Tengo que ganar. Necesito que me instruya, que me enseñe cómo es capaz de soportar lo que su padre hizo de él, porque mi cordura pende de un hilo cada vez más fino.
Hace tres meses, cuando maté a aquel detective en la casa de Sage para salvarle la vida a Thatcher, desperté algo que llevaba demasiado tiempo dormido en mi interior.
Me he pasado años viviendo con esta enfermedad carcomiéndome el alma.
Al mirarme en el espejo, la veía acurrucada en un rincón oscuro, mostrándome las garras de vez en cuando.
Pero ahora está despierta, siseando, con un apetito que no sé cómo saciar.
Me gustó matar a aquel hombre, sentir la calidez de su sangre recorriéndome el brazo en oleadas carmesí, presenciar cómo se retorcía y se atragantaba en el suelo justo antes de exhalar su último aliento.
No debería sentirme así, lo sé. Es inmoral e inaceptable, aunque no puedo evitarlo. Si pudiera extirparme ese ser monstruoso, lo haría, pero no sé cómo, y tampoco sé cómo vivir con ello.
Thatcher Alexander Pierson es mi única esperanza de salvación y mi condena.
Entre nosotros nunca ha habido un punto medio, siempre hemos sido blanco y negro. Como el yin y el yang, la luz y la oscuridad. En reposo o en movimiento, entre líneas difusas y caricias sangrientas.
Somos dos espíritus de origen maldito, creados a partir de la misma semilla perversa, condenados a no juntarse y, aun así, me es imposible apartarme de él. Acecharlo entre las sombras ya no me basta para contener lo que habita en mi interior.
Necesito que me vea.
—Si eres el único que lleva reloj, ¿cómo cojones te las has apañado para ser también el único de nosotros que ha llegado tarde, Thatch?
La voz explosiva de Rook Van Doren casi me hace sonreír. Si las circunstancias no fueran tan graves, incluso me habría reído.
—Prefería dármelas de misterioso —replica con calma—. Además, no soy el único que no ha llegado a la hora acordada.
Rook se limita a sonreír y se acerca a su amigo.
—Yo también te he echado de menos, capullo.
Thatcher resopla con desdén y deja que Rook le dé un apretón en el hombro a modo de saludo.
Es lo más parecido a un abrazo que podrán obtener de Thatch, y lo saben.
Alistair aprovecha ese momento para reunirse con ellos mientras yo me aproximo un poco más al grupo y atisbo a las dos personas que más me importan en el mundo.
—¿Esto cuenta como reunión de las Lobas Solitarias? —Las saludo con una sonrisa de oreja a oreja.
Sage y Briar se abalanzan sobre mí a la vez para envolverme en un abrazo muy necesario. Las tres hemos pasado por algo imposible de describir y seguimos teniendo que lidiar con los recuerdos que nos atormentan, además de un trauma devastador que permanecerá grabado para siempre en nuestras almas.
Nos hemos enfrentado a los problemas y huido de ellos de la mano; hemos escapado de un destino mortal y encarado juntas el mal que se esconde en Ponderosa Springs.
Todo lo que hemos compartido contribuyó a forjar un vínculo inquebrantable entre nosotras; uno similar al tungsteno, capaz de resistir el desgaste del tiempo y cualquier cambio durante toda una vida.
Nuestra Sociedad de las Lobas Solitarias está vagamente inspirada en El club de los poetas muertos , un libro que mi madre me leyó más veces de las que puedo recordar y una película que me sé de memoria.
Aunque nunca he sido poeta ni escritora, anhelaba tener un grupo íntimo de amigas con quienes compartir pasiones, sueños y secretos que el resto del mundo desconociera.
En definitiva, chicas con las que pudiera ser yo misma sin miedo a hacer el ridículo y a las que acabase llevando en el corazón durante muchos años.
Cuando conocí a Briar y a Sage, lo encontré.
Ellas también habían experimentado las adversidades de la vida y no cumplían con los estándares de la sociedad.
Eran como aquellas personas que deambulan por los márgenes, abandonadas y solas, sin un sitio al que llamar hogar ni una familia a la que pertenecer, y buscaban ser aceptadas por los demás con desesperación.
No importó que fuéramos diametralmente opuestas, tanto en carácter como en apariencia, pese a que, de no haberse dado ciertas circunstancias, tal vez jamás nos habríamos dirigido la palabra.
Si Briar Lowell no hubiera accedido a venir a Hollow Heights, no me habría cruzado en su camino. Podría haber pedido un cambio de compañera al ver los bichos muertos colgados en vitrinas en la pared o el desorden de mi lado de la habitación, pero no lo hizo.
Vio algo en mí, al igual que yo vi algo en ella.
Reconocí a la persona que siempre había aspirado a ser: inteligente, tenaz y resiliente.
No había permitido que su educación corrompiera la bondad que llevaba dentro.
Se había servido de las habilidades que le enseñaron de niña para abrirse camino en la vida, y no hay nadie a quien admire más por ello.
Por otro lado, sé con certeza que nunca habría puesto un pie en la casa de Sage Donahue en el instituto. La reina de las máscaras, una chica forjada en fuego y acero por los abusos que había sufrido.
Era la animadora cruel, con una elegancia y belleza despampanantes, aunque ahora soy consciente de que tan solo se trataba de uno de los muchos papeles que tuvo que interpretar para proteger a la chica que hoy conozco: una persona atenta, apasionada y que defiende a muerte a aquellos a quienes quiere.
Es mucho más de lo que otros dicen sobre ella y de lo que su padre la obligó a ser. Sage es increíble.
—Podrías haberte venido con nosotros —me murmura Briar contra el hombro—. Te dije que vinieras. Mi madre se puso triste de narices por no haber podido conocerte.
—Alistair y tú necesitabais estar a solas, no quería entrometerme.
Inhalo sus aromas, con los que tanto he llegado a familiarizarme, y, si no fuera por el miedo a lo que está por venir, siento que podría ponerme a llorar de felicidad.
—¡Le habría dado igual! —Se aparta y clava los ojos en los míos—.
Aunque no te lo diga, le caes bien. Ya no te dedica esa mirada de «odio a todo el mundo», y eso es un logro.
Mucho más de lo que ha conseguido esta —añade, dándole un empujoncito a Sage con la cadera mientras esboza una ligera sonrisa.
La aludida deja escapar un gemido a modo de queja y se echa el pelo rubio fresa por encima del hombro.
—No se le va a olvidar en la vida. ¡Fuiste tú quien insistió en ir allí aquella noche!
—Se le pasará. Es que es un cascarrabias. No lleva bien que le hagan daño a su cariñito y esas cosas.
Mi broma les saca una carcajada a ambas.
Reencontrarme con ellas y ponernos al día es lo que hace que la espera valga la pena.
Las dos me ofrecieron que las acompañara en sus respectivas vacaciones, pero me negué.
No porque no quisiera ir, sino porque sabía que necesitaban tiempo para asimilar esta nueva vida, las consecuencias a las que habremos de enfrentarnos y el futuro que nos aguarda.
Todos lo necesitábamos.
—¿Qué tal la costa? ¿Te has cansado ya de Rook? —le pregunta Briar a Sage, que sonríe y aparta la vista de nosotras.
Sigo su mirada y descubro que está observando al moreno que se encuentra a pocos metros y que tiene los brazos apoyados con despreocupación sobre los hombros de sus dos amigos. Thatcher y Alistair dan la impresión de preferir la muerte antes que el contacto humano, aunque le permiten quedarse así.
Una amplia sonrisa le ilumina el rostro mientras se ríe de algo, lo que provoca que ambos chicos a su lado le correspondan el gesto o bien sacudan la cabeza.
Puede que no entienda los mecanismos internos de su grupo, pero Rook es la chispa que impide que decaiga el ánimo, el que utiliza las bromas para aliviar el dolor e ilumina toda una habitación con su risa.
Es el faro de los chicos, y también el de Sage, porque la ha sacado de la oscuridad en la que se encontraba sumida.
Por eso, el amor con el que lo mira me produce una punzada de anhelo en el pecho.
Amar y ser amado; de manera vehemente, apasionada, con toda el alma. Eso es lo único que quiere en realidad todo el mundo.
Bueno, o casi todo el mundo.
Desvío los ojos hacia Thatcher solo un segundo y vuelvo a centrarme en mis amigas.
—No creo que sea posible cansarse de él. Puede que a veces me den ganas de matarlo, pero no estoy cansada de él.