4 #2
El rubor se apodera de su rostro redondo, igual que cuando le revelé que conocía su secreto y que sabía que le gustaba observarme.
Creí que se debía a nuestra historia; que, de algún modo, estaba esperando a salvarme igual que yo la había salvado a ella cuando era débil y joven y aún no comprendía mis habilidades.
Pero ha logrado sorprenderme.
—¿Has considerado al menos lo que te pedí?
—No —respondo de manera tajante, sin dar lugar a más preguntas, pese a que soy consciente de que es mentira.
En realidad, he pensado en ello más de lo que me gustaría y más de lo que debería, y no precisamente porque sea algo sobre lo que me guste reflexionar, sino porque no consigo sacármelo de la cabeza. No ha parado de rondarme como una mosca cojonera.
Sus ojos color jade centellean de ira y, en vez de dejarla salir, la reprime. Seguro que lleva toda la vida conteniendo ese lado salvaje y agresivo por miedo a lo que pudiese ocurrir si diera rienda suelta a las partes más oscuras de su ser.
Aunque la verdad es que ni es mi problema ni me importa.
—No voy a contárselo a nadie, si es eso lo que te preocupa —insiste ella, tratando de colocarse los mechones detrás de la oreja, pero los rizos indómitos no tardan en volver a cubrirle el lado de la cara—.
Si me enseñas, te prometo que no abriré la boca.
Se me da bien guardar secretos y pasar inadvertida.
—La única razón por la que no he reparado en tu presencia es porque preferí no hacerlo, no porque seas buena espiándome. —La barbilla le tiembla ante mi tono, lo que me empuja a seguir y aviva mis ganas de abrirla en canal—. Para mí, no existes ni has existido nunca.
A pesar de saber con certeza que mis palabras le han sentado como un jarro de agua fría, no se rinde, lo cual me impresiona y me irrita al mismo tiempo.
—Aprendo rápido. No necesitaría nada más que un par de clases y algunos consejos. Es lo único que pido. Es que… —se retuerce las manos— necesito ayuda para lidiar con… esto.
Me río con desprecio.
—¿Un par de clases? ¿De verdad crees que con eso basta para ser como yo? Tardé años en perfeccionar mi técnica. Años que no pienso desperdiciar en alguien que no es capaz ni de aceptar lo que lleva dentro. Ni siquiera te atreves a decirlo en voz alta, ¿a que no?
Alza la cabeza y se encuentra con mi mirada cortante. Sus enormes ojos rebosan una variedad de emociones que, por suerte, jamás he tenido que experimentar.
¿Cuántas veces habrá contemplado su reflejo y se habrá estremecido al reconocer lo que su piel esconde ante el resto? ¿Cuántas veces habrá tratado de convencerse de que la noche en la que asesinaron a su madre no brotó algo malvado en su interior?
—¿Qué esperas que admita? —contesta—. Dime qué tengo que decir para que me enseñes y lo haré, Thatcher.
Algo hierve dentro de mí. Algo tóxico e impuro; caliente, pegajoso y sucio. Algo que no debería estar en mi organismo. Me recorre las venas como un fuego blanco solo de verla suplicándome, inclinándose ante mí.
Una ira que nunca había sentido me quema la sangre.
«No, no, no. Tú eres el que manda aquí. No puede influirte de esta manera. La gente no provoca ningún efecto en ti, Thatcher Pierson».
Doy un paso atrás para alejarme de ella, y luego otro, hasta que ya no percibo su aroma a cerezas. Echo un vistazo al reloj y la miro con hastío.
—No pienso enseñarte cómo ser una asesina porque no eres capaz de asumir que ya lo eres. Torpe, inexperta e impulsiva, pero lo eres. Y, ahora sí, doy por terminada esta conversación. —Me giro—. Para siempre.
Ya puedo continuar con mi vida tal y como era antes, ignorarla por completo y borrar hasta su existencia de mi mente. Ella puede continuar con sus jueguecitos si quiere; yo me niego a seguir regalándole la atención que tanto busca.
—¡Me lo debes! Tu padre es la razón por la que… —me grita, más alto que nunca—, por la que estoy hecha un lío y podrida por dentro. Me debes al menos este favor, Thatcher. Por favor, enséñame a vivir con esto.
Los principios que rigen mi vida son simples: respetar mi rutina, mantener el control, matar. Eso es todo, no existe nada más. Con esas tres palabras, sin embargo, ha logrado resquebrajar uno de ellos.
¿Que se lo debo?
El control se me escapa de las manos bajo el peso de tal afirmación.
—¿Que te lo debo? —le digo con una calma inusitada.
Me vuelvo de nuevo hacia ella y avanzo entre la maleza hasta invadir su espacio personal, de modo que el olor a cerezas me invade una vez más.
Me he acercado tan rápido que se tambalea al dar un paso hacia atrás y tengo que agarrarla del brazo. Enrosco mis pálidos dedos alrededor de su bíceps blando y débil, y, cuando se los hundo un poco, se le escapa un gemido breve e incoherente.
Podría hacerle lo que quisiera ahora mismo y ella no opondría resistencia alguna.
Tocar a la gente de esta forma me revuelve el estómago, pero tocarla a ella hace que quiera arrancarme la piel a tiras y meterla en la lavadora. Entrecierro los ojos y le lanzo una mirada tan cargada de odio que veo cómo su cuerpo se aleja de mí.
—No te debo una puta mierda, Scarlett —replico entre dientes, casi escupiéndole las palabras en la cara—.
Si tanto te apetece aprender a matar a la gente, ve a hacerle una visita al centro penitenciario de Rimond.
Él es quien te lo debe, no yo. No eres mi problema.
—Separo las últimas sílabas y le aprieto aún más el brazo con cada pausa, hasta tal punto que puedo notar su húmero bajo mis dedos—.
Ahora sal de mi vista antes de que te parta el cuello.
Al oír el grito ahogado que emite, imagino que debo estar haciéndole daño, que teme por su vida o que está desesperada por huir de mí, pero no intenta zafarse de mi agarre. Permanece completamente inmóvil, imperturbable; sin un ápice de miedo hacia mí.
—Tú… —Le tiembla el labio inferior—. Tú no dices tacos, nunca.
Aprieto los dientes con tal fuerza que, si acabo rompiéndome uno por culpa de Lyra Abbott, voy a cabrearme de verdad. ¿Eso es lo único con lo que se ha quedado? ¿En serio? ¿Qué le pasa a…?
La espalda se me endereza de golpe.
Yo no suelto palabrotas, no es típico de mí. No pierdo los nervios ni exploto de ese modo. Soy una persona calculadora que siempre mantiene el control.
He diseccionado cuerpos humanos y he escuchado a hombres suplicando por su vida. No será ella la razón por la que comience a perder el control. Me niego a permitírselo.
Le retiro la mano de golpe; le he dejado marcas rojas ahí donde he puesto los dedos encima. Me apresuro a limpiarme en la camisa, como si así pudiera desprenderme de la sensación de haberla tocado.
Quiero apartarme de ella.
Quiero que se vaya lejos, muy lejos de mí.
Quiero…
Me giro sin mediar más palabra, decidido a poner la mayor distancia posible entre nosotros. Solo necesito unos segundos para recuperar el control y que todo vuelva a su cauce.
Nunca debería haberme hablado. Nunca debería haber ido a buscarla.
Respiro hondo, me ajusto la correa del reloj y me sacudo el polvo imaginario que me ensucia la camisa negra. El simple hecho de participar en una actividad que no me permite llevar traje me parece una auténtica tragedia.
Conforme avanzo, distingo la parte trasera del pelo oscuro de Alistair a escasos metros de distancia, una distracción que agradezco.
—¿Y si gano al pillapilla esta noche? —dice a toda prisa corriendo tras de mí, y el sonido de sus pasos me retumba en los oídos—. Si gano esta noche, tendrás que enseñarme a matar, a vivir con lo que hizo tu padre.
Por el amor de…
Un momento.
—¿Y qué obtengo yo si no lo consigues? —pregunto, aminorando el paso hasta detenerme, sin apartar la vista del grupo que nos espera más adelante.
Ella se detiene a mi espalda con la respiración entrecortada.
—¿Qué?
Los labios se me curvan en una sonrisa felina mientras me giro despacio.
—La cuestión más importante es qué obtengo yo si pierdes.
Me mira con el ceño fruncido y las cejas temblorosas.
—Ah, creía que era evidente. No volveré a pedírtelo y te dejaré en paz. Pararé de… —Se interrumpe—. Te dejaré en paz.
Alzo una ceja, chasqueo la lengua y una risa perversa me sacude el pecho.
—Piensas continuar siguiéndome a todos lados como si fueras mi mascotita, ¿verdad?
Si se empeña en hacerme notar su presencia, entonces tendré que ocuparme de este asunto como debería haberlo hecho desde el principio.
El viento le pega el pelo a la cara mientras las oscuras olas rompen contra la orilla. Da la impresión de que las aguas negras van a engullirla entera si me descuido.
—No soy ninguna mascota —murmura sin mucha convicción—. Es que me resultas fascinante, nada más.
No se lo cree ni ella. Casi puedo saborear la mentira en sus labios.
—Bienvenida al club. Todo el mundo me encuentra fascinante.
Hunde los hombros y veo cómo se dispone a replicar, pero decido tener un poco de compasión con ella y aceptar su juego.
—No quiero que me dejes en paz, Lyra Abbott.
Lo digo en un tono suave, como el que uso cuando quiero manipular a mi antojo a aquellos que se creen superiores a mí por ostentar alguna clase de poder. Algún día, seré un político extraordinario.
Estoy repleto de motivaciones corruptas y he aprendido a camuflarme con maestría. Puedo imitar prácticamente cualquier emoción. Tendré al Congreso comiendo de mi mano más pronto que tarde.
Me convertiré en el hombre que mi padre nunca logró ser.
—¿Y qué quieres?
La esperanza le ilumina la mirada y el brillo de la luna se le refleja justo en los iris.
Un cosquilleo de emoción me atraviesa el estómago al ser consciente de que voy a arrebatarles todo atisbo de luz a esos preciosos ojos color jade.
Haré trizas todas y cada una de las fantasías perversas que se ha construido a mi alrededor y acabaré con esa manía de seguirme allá donde vaya.
Porque, por muy intensa que sea la obsesión que tiene conmigo, mi sed de sangre lo es aún más.
—Te quiero muerta.