La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 4
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Un trato con la muerte

Thatcher

«Regla número doce de la guía de Henry para ser un buen asesino: Nunca llegues tarde». Un segundo de retraso significa estar veinte minutos más cerca de que te atrapen.

He modificado todas sus reglas para ajustarlas a mis necesidades, las he mejorado.

Por lo general, se supone que los padres establecen unas normas básicas de convivencia que sus hijos deben seguir: ordenar la habitación, lavar los platos para que tu madre no tenga que hacerlo por ti, usar siempre condón…

Sin embargo, las únicas instrucciones que mi padre me dio de pequeño fueron para enseñarme a acabar con la vida de alguien de manera eficiente.

Se aseguró de que cada regla se me quedara grabada a fuego, como si pudiera olvidar cómo se despedaza a alguien.

Las memoricé todas, sin importar cuántas fueran ni lo absurdas que me parecieran.

Y ahora ya no tiene nada que enseñarme, de modo que me corresponde a mí pulirlas. Por ejemplo: «Regla número doce de la guía de Thatcher para ser un buen asesino: Nunca llegues tarde, a no ser que sea para hacerte de rogar».

No puedo cambiar el desafortunado hecho de que mi padre haya sido la raíz de todos mis retorcidos deseos. Una parte de mí siempre le pertenecerá; al fin y al cabo, fue el autor de la semilla malvada que contaminó cualquier bondad que mi madre hubiera podido transmitirme en el vientre.

Y, en vez de tratar de purgar esa oscuridad, se encargó de cultivarla como si fuera una más de sus preciadas rosas. Alimentó mi curiosidad por el cuerpo humano, me hizo ver la inmoralidad que mancillaba mi alma y sacó de mi vida a toda persona que intentara establecer contacto conmigo.

Quería que estuviese aislado, solo, débil; que fuese como un trozo de arcilla intacto para que él pudiera moldearme a su antojo. Se esforzó en que fuera el único al que pudiese recurrir. No podía necesitar a nadie más que no fuera él.

Por eso, cuando conocí a los chicos, mantuve nuestra cercanía en secreto ante mi padre. De hecho, no permití que fueran a casa de mis abuelos hasta que lo arrestaron.

Tal vez por eso mi lealtad hacia ellos es tan profunda e importante para mí. Los he estado protegiendo de un monstruo sin preocuparme por las consecuencias porque sabía, incluso entonces, que eran como yo.

Bueno, más o menos, porque no hay nadie igual que yo.

Pero todos tienen esa semilla de corrupción en su interior, una oscuridad que no pueden controlar, y a mí me enseñaron de niño a dominar la mía. Me necesitan para mostrarles cómo reprimir esa hambre vil que los consume hasta que sea seguro liberarla.

El caos que habita en cada uno de nosotros no tiene por qué ser temerario. Puedo enseñarles a contenerlo y a convivir con él sin que los devore por completo.

Sigo la valla metálica que rodea la linde del bosque.

El olor a sal me arde en los ojos y ya noto cómo la arena se me pega en el pelo.

Cuando localizo en la verja una rendija que sé que ha sido obra de Rook, porque es el único que siempre se ha negado a aprender a controlarse, la abro un poco más y cruzo al otro lado, con cuidado de no engancharme la camiseta.

Para impedir que la gente se cuele cuando está cerrada, la entrada a Black Sands Cove está protegida por una cerca ridícula que nunca nos ha supuesto ningún impedimento a la hora de pasar, aunque hacía tiempo que no pisaba la playa.

Estoy acostumbrado a observar este lugar desde la Cima, no a hacer cosas de turistas como tomar el sol o jugar en el agua, pero llevaba mucho sin verlos y habría sido de mala educación no venir.

Privar a alguien de mi presencia debería ser delito.

La hierba, que me llega hasta las rodillas, dará paso a la arena de un momento a otro, y una brisa cálida me recorre los brazos expuestos. Al mirar hacia abajo, me percato de que tengo la piel de gallina y los vellos rubios erizados. Soy capaz de vislumbrarlos incluso en la oscuridad de la noche.

Me detengo en seco al oír el sutil sonido de unas pisadas cerca de mí. Por un segundo, pienso que se trata del grupo que va delante, pero enseguida comprendo que no es así. Porque los pasos, rápidos y nerviosos, provienen de atrás.

Sé lo que se siente al estar siendo acechado: la piel me pica y me dan ganas de ducharme. Soy plenamente consciente de que es ella y, cada vez que me observa, lo único que me apetece es frotarme el cuerpo hasta dejar de notar sus ojos sobre mí.

Su mirada me contamina. Me hace sentir igual de impuro por fuera que por dentro, y no es algo que me agrade, la verdad.

Es un acto cruel por mi parte permitir que siga alimentando esta obsesión enfermiza que tiene conmigo. Han pasado unos diez u once años desde que se convirtió en mi sombra y comenzó a seguirme en la oscuridad, convencida de que es tan invisible para el resto que ignoro su presencia.

Lo reconozco: hubo un par de veces que tardé en darme cuenta de que estaba ahí.

Y ella lo sabía, porque, por muy rara que sea, no es tonta.

Sabe cuándo soy consciente de su proximidad, de esos ojos enormes clavados en mí.

Cada vez que voy andando hacia mi coche, estoy sentado en clase o incluso comiendo, ella me está vigilando a escondidas, curioseando a mi alrededor, admirando.

Aun así, jamás se lo he hecho saber. Nunca le he dicho que no es, ni por asomo, tan sigilosa como cree. No, al menos, hasta hace poco.

Una vez le ordené que se convirtiera en un fantasma, que desapareciera. No quería verla ni sentirla, ni siquiera oír su respiración. No necesitaba ningún recordatorio de mi único fracaso en la vida, la única persona a la que no he podido matar.

La pieza de música incompleta que lleva su nombre se encuentra en mis archivos. La carpeta que le corresponde está llena de hojas en blanco, pero, cuanto más crecemos y más se entromete en mi vida, más cerca estoy de poner fin a aquello que empecé hace tantas noches.

—No sé si cada vez se te da peor esto o si siempre has sido así de descuidada y me das tan igual que hasta ahora lo había pasado por alto.

Sus pasos tambalean, como si se hubieran tropezado con el eco de mi voz. El efecto que provoco en mi querido fantasma consigue arrancarme una sonrisa de satisfacción.

—Yo…

Cualquier palabra que fuera a pronunciar se desvanece con el viento.

—¿Tú qué?

Al darme la vuelta, la veo a unos metros por delante de mí, con el rostro cubierto por unos cuantos mechones que el aire se ha encargado de revolverle aún más. Está de pie, en silencio, mordiéndose el interior de la mejilla como si allí se escondiera la respuesta a mi pregunta.

Los pantalones de cuadros azules oscuros y verdes combinados con el top negro de cuello halter que lleva me provocan escalofríos. No tengo problema con el negro y el azul marino, pero que como mínimo los conjunte bien, por el amor de Dios.

Todo en ella me resulta incomprensible. Bueno, salvo una cosa, lo único que tenemos en común: mi padre. Al margen de nuestras infancias entrelazadas en una red de sangre, no la comprendo en absoluto.

Hay ecuaciones irresolubles en el campo de la física que me parecen más lógicas que ella y ese estilo de vestir otoñal que insiste en llevar, por no hablar de la manía extraña que tiene de matar el tiempo cazando bichos.

Hay gente que se considera un enigma y no le llegaría ni a la suela de los zapatos a Lyra Abbott.

O a Scarlett, la chica que fue antes de conocer a mi padre. Lyra es lo que quedó después de que él redujera su vida a pedazos.

—¿Tan nerviosa te pongo que no eres capaz ni de articular palabra?

Ladeo la cabeza. Me había olido que se mostraría así de tímida conmigo y que no me dirigiría nada más que un par de frases en voz baja.

—Quizá si no disfrutaras tanto oyéndote hablar a ti mismo y me dieras un segundo, podría responderte de manera adecuada.

No me pasa desapercibido el tono cortante de su voz. Por un instante, capto un destello de la chica audaz e intrépida que le rebanó el pescuezo a un hombre en mis narices. Porque sí: Lyra mató a alguien por mí, para salvarme.

Pero creo que fue tan solo una tapadera, una excusa de las grandes. Estoy seguro de que llevaba tiempo aguardando un momento como aquel, una oportunidad para liberar a la criatura que habita en su alma, al monstruo que mi padre engendró.

Lyra ansiaba matar con todas sus fuerzas. Yo simplemente estaba en el lugar perfecto y le di un motivo para hacerlo.

—Ah, ahí está —digo con un murmullo de aprobación y una sonrisa en los labios—. La chica que tanto te gusta esconder de los demás. Sabía que no me la había imaginado.

Traga saliva con dificultad y noto cómo se le contrae la garganta.

—No tengo nada que esconderles a mis amigas.

Me meto las manos en los bolsillos y acorto la distancia que nos separa mientras el viento arrastra su olor a cerezas hasta mí. Es tan denso, empalagoso y desconcertante que me produce náuseas.

—Ah, ¿no? Entonces, ¿les has contado a Briar y a Sage lo que me pediste, lo que me suplicaste que hiciera? —susurro, inclinando la cabeza hacia su rostro.

Unos ojos enormes de un verde puro se alzan para mirarme.

Son demasiado grandes para su rostro, y tan absorbentes que apenas me doy cuenta de cómo se desvían hacia mis labios.

La mandíbula se me tensa y el estómago se me encoge.

Si intentara besarme ahora mismo, le destrozaría los labios hasta hacerla sangrar.

—No te lo supliqué —musita—. Fuiste tú el que vino a buscarme al mausoleo, Thatcher, no al revés.

—No tergiverses las cosas, Lyra. Fui a buscarte para dar nuestra deuda por saldada.

Yo te salvé una vez y tú me has devuelto el favor.

Quería poner fin a esa manía que tienes de seguirme a todas partes —protesto con desdén, molesto por la falta de respeto con la que ha pronunciado mi nombre—.

No habría hablado contigo si hubiera sabido que te me ibas a insinuar de esta forma.