La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 3 #3
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Huele a limpio y, al mismo tiempo, a un toque más intenso que encaja a la perfección con él.

El estómago se me retuerce y un latido sordo se me asienta entre los muslos al imaginármelo poniéndose esta camiseta por la mañana.

Seguro que ha rebuscado con cuidado entre los cientos de modelos similares que guarda en su cajón hasta elegirla.

Y, como acostumbra a ducharse después de correr, el olor de su piel tras levantarse de la cama se ha quedado adherido a la tela.

Me aferro a ella con ambas manos y hundo los dedos en su suavidad mientras pienso en la firmeza de su cuerpo bajo el tejido de la camiseta.

Por la noche, cuando estoy acurrucada en mi cama y sola, suelo hacer esto con el par de jerséis que he tomado prestados del armario de su habitación de la residencia sin que él lo sepa.

El hecho de encontrarme al aire libre, donde cualquiera podría verme, debería apagar mi deseo, pero solo contribuye a avivarlo aún más. Lo único en lo que puedo pensar es en la posibilidad de que él descubra que estoy aquí.

¿No se ha percatado de cómo la prenda se deslizaba de la cinturilla de los pantalones?

Ni siquiera se ha girado para echar un vistazo; ha continuado avanzando sin detenerse.

¿Acaso era consciente de que yo estaba ahí y la ha dejado caer a propósito?

¿Se trata de algún tipo de regalo? ¿Sabe lo que hago con su ropa en las sombras de mi habitación?

Bajo la camiseta, arrastrándomela por el rostro, y me atrapo el labio inferior en el proceso. Rozo la tela con la lengua y la muerdo con delicadeza. Sigo tirando de ella hacia abajo y la presiono con fuerza contra la garganta y el pecho.

Sé que el tacto de Thatcher sería feroz y consistente justo donde debe y que me clavaría los dedos en la piel hasta hacerme sangre. Dios, lo que daría por sentir su cuerpo esbelto y firme contra el mío, dominándome mientras la lujuria más pura se le refleja en esos ojos azules como el hielo.

Me siento como un animal al frotarme su ropa con desesperación para marcar mi cuerpo con su olor, a la espera de que se me quede impregnado en la piel.

Deslizo la mano derecha bajo la parte delantera de mis pantalones cortos elásticos mientras que, con la otra, me vuelvo a pegar la tela contra el rostro para inhalar su aroma.

Al rozar la zona más íntima de mi cuerpo con la yema de los dedos y percatarme de lo empapada que estoy, se me escapa un jadeo.

El escalofrío que me recorre el estómago hace que se me ponga la piel de gallina. Tengo todo el cuerpo en tensión, ansioso por entregarse a su fantasía predilecta. El deseo es una emoción que rara vez experimento y, cuando lo hago, siempre se debe a él.

Lo deseo, a él por completo, incluso con esas partes de sí mismo que ahuyentan a los demás.

Quiero liberar a los monstruos que alberga en su interior para que se entrelacen con los míos.

Quiero sentir su cuerpo y que sean sus dedos los que me froten el clítoris con ferocidad hasta conducirme al orgasmo.

Solo de pensar en las cosas que permitiría que me hiciera y en la forma en que dejaría que me tocara se me tensa aún más el nudo que noto en el estómago. La excitación me nubla los sentidos al imaginármelo arrodillado ante mí mientras me hunde la punta de un cuchillo en el interior del muslo.

—Thatcher. —Pronuncio su nombre como si fuera una plegaria, fantaseando con el roce de su hoja en mi piel.

Sé que la única razón por la que toca a los demás es para cortarles la carne; los cuchillos son una extensión de sus manos, y yo dejaría que me cortara y me abriera con gusto. No me importaría en absoluto desangrarme por él.

Casi puedo sentir la sangre resbalándome por la pierna y la calidez de su boca acogiendo hasta la última gota carmesí que brota de mi herida. Lo veo lamiendo y limpiando la incisión con la lengua mientras clava sus ojos fríos en los míos.

El orgasmo se apodera de cada fibra de mi ser, me inunda sin previo aviso y me deja una última imagen grabada en la mente: la de Thatcher alzando la vista hacia mí con una sonrisa teñida de rojo por mi sangre a la vez que me agarra los muslos temblorosos.

El placer se me extiende por el cuerpo, me sacude entera y me alivia las extremidades resentidas tras el deporte.

Muerdo la tela de la camiseta y percibo el sabor especiado de su colonia en la lengua. Me arde la parte trasera de los muslos al inclinarme hacia mi mano en busca de más presión, más velocidad, más de él, más de todo.

Respiro de manera entrecortada por la boca y, cuando abro los ojos de golpe, la visión ha desaparecido. La adrenalina provocada por el clímax comienza a disiparse, como un globo desinflándose lentamente.

Todo se desvanece. Las imágenes y la sensación que estaba persiguiendo desaparecen y me abrazo de nuevo a la soledad. Vuelvo a ser la chica que deambula de una habitación a otra sin que nadie repare en ella, un fantasma.

El fantasma que atormenta a la única persona que llegó a verla de verdad e hizo que se sintiera menos sola; la única por la que habría arrebatado una vida.