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Mis pies resuenan sobre el puente de madera arqueado y me fijo en cómo el agua bajo él yace cubierta por una capa fina de niebla.
Justo cuando alcanzo la Cima y mi cuenta llega a dieciséis, siento su presencia.
Aun si entrara en una habitación completamente a oscuras y con los oídos tapados, sería capaz de reconocerlo entre una multitud.
La oscuridad que desprende se adhiere a mí igual que una segunda piel; extingue toda luz y me envuelve en una red de negrura, pero no me intimida. Es reconfortante, como una mortaja que me resguarda del frío glacial.
Los vellos de la nuca se me erizan y la piel de los brazos se me pone de gallina.
Vislumbro la parte superior de su cabello rubio ceniza por la entrada sur, a pocos pasos de mí.
Siento envidia de la soltura con la que corre y de la fluidez de sus movimientos, como si se deslizara por aguas mansas sin crear ni una sola ondulación.
El corazón me martillea las costillas, luchando por escapar e ir a su encuentro. «Anda, ¡hola! Ahí estás. Te he echado de menos. Amor mío, amor mío, amor mío», parece gritar con cada latido desbocado.
Y mi cerebro no tiene el valor de decirle que él jamás atenderá sus alaridos ni aceptará el amor que le ofrece con tanta generosidad. Su corazón nunca latirá por mí del modo que el mío late por él, porque se niega a reconocer que posea uno siquiera.
Pero eso no significa que vaya a darme por vencida. No cuando conozco la verdad y sé que, debajo de lo sombrío y lo macabro, hay un hombre capaz de mucho más de lo que él mismo se atreve a imaginar.
Se coloca delante del grupo con el que me he mezclado y así veo su espalda desnuda de forma directa. El pulso me retumba en el vientre mientras contemplo cómo se le contraen los músculos con cada pisada, resaltando las hendiduras y los ángulos como si estuvieran esculpidos en mármol.
La necesidad de tocarlo, de deslizar los dedos por los contornos de esos tendones definidos, es tan abrumadora que me tropiezo. No lo suficiente como para que alguien lo note, pero sí para recordarme que estoy en un lugar público.
Él es el que me impulsa a levantarme cada mañana.
Y es la razón por la que tardaba diez minutos de más en llegar al instituto, porque iba a propósito por el camino más largo solo para poder cruzarme con él.
Es la razón por la que me quedé bajo la lluvia helada y pillé un resfriado, solo porque quería seguirlo hasta su casa después de las clases.
Y también es la razón por la que, hace no tanto, casi me detienen tras haber entrado sin permiso en la propiedad de su familia y haber estado a punto de romperme el tobillo huyendo de uno de sus jardineros.
El hombre por el que haría absolutamente cualquier cosa. Mi más oscura obsesión, esa a la que el adicto de mi corazón se niega a renunciar.
Se suponía que esto no iba a alargarse tanto, pero así empiezan todos los malos hábitos, ¿no?
Con una idea inocente que se enquista y acaba convirtiéndose en una obsesión.
Ha sido culpa mía, por creer que mi corazón sería capaz de renunciar a él después de haberle permitido probar el sabor de su presencia.
Mientras todos continuamos ejercitándonos en silencio, aprovecho para admirar la perfección de sus movimientos, y también su constancia con la rutina.
El estricto horario al que se ciñe es el mismo día tras día, y en verano, cuando no tengo que preocuparme por los estudios ni las clases, yo también me ciño a él.
En teoría, es la persona más fácil de acechar del mundo: lleva siendo una criatura de costumbres desde que lo conozco. A pesar de que su rutina ha ido cambiando con el tiempo, sigue sin querer salirse de ella.
Por supuesto, también saco tiempo para otras actividades que me gustan. Voy a la biblioteca, me sumerjo en los libros, recolecto insectos nuevos, sigo con las reformas de mi cabaña y me pego maratones de mis series favoritas.
Soy una persona normal que hace cosas de lo más corrientes, lo cual creo que debería ser suficiente para contrarrestar esta peculiar obsesión que tengo, pero no. Al menos no a ojos de mis amigas ni de la sociedad.
Sé que está mal, que lo que hago es ilegal y se sale de la norma.
Soy consciente de que resulta bastante retorcido que mi concepto de amor se base en guardar en una caja dentro de mi armario los objetos que a él se le van olvidando por ahí.
Internet está lleno de teorías sobre por qué actúo así, pero el caso es que… me dan igual.
No me importan las consecuencias ni lo que piense la gente que no es capaz de comprender lo que él significa para mí, lo que somos el uno para el otro.
No me hace falta que nadie juzgue mi moral solo porque al mundo le parezca que lo que hago es preocupante o denota una posesividad enfermiza por mi parte.
Toda la vida me han tratado como si fuera un bicho raro por no encajar en los estándares que le corresponden a una mujer en Ponderosa Springs, así que, ya que iban a definirme como a la rarita del pueblo de todos modos, más me valía aceptarlo.
Lo que siento por Thatcher Alexander Pierson no tiene nada de malo. Es algo tan bonito, único y fuerte que la gente normal y corriente jamás sabría apreciarlo. La emoción que despierta en mí es el único sentimiento auténtico que me queda.
La noche en la que su padre, Henry, invadió mi casa y corrompió todo lo bueno que había en mí, mi mundo se hizo pedazos. Aquel hombre se encargó de desgarrar hasta el último ápice de bondad de mi alma con cada puñalada que le asestaba a mi madre.
Henry Pierson me dio tanto mi peor pesadilla como el regalo más dulce. Despertó en mí el impulso de matar y una profunda admiración por su hijo.
De pronto, me da un calambre en los muslos y recuerdo que aún me quedan otros cuatro kilómetros de vuelta al coche una vez que acabe, pero ignoro el dolor con alegría y mantengo la vista fija al frente.
Todo transcurre como de costumbre: él corre de espaldas a mí, ajeno a mi existencia, mientras yo observo cada centímetro de su piel cincelada. Y entonces ocurre algo inédito hasta este momento y el corazón me da un vuelco.
Llevaba la camiseta negra —que imagino que había pensado ponerse después de correr— enrollada y metida con esmero en la parte trasera de sus pantalones cortos, como siempre, pero, al girar una curva del sendero, se le ha escapado de la cinturilla y ha ido flotando en el aire, como las hojas que se desprenden de los árboles en otoño, hasta aterrizar sobre el suelo.
Echo un vistazo rápido a los demás, preguntándome si alguien más lo ha visto, y, cuando me aseguro de que los corredores que tengo cerca no se han dado cuenta de nada, tomo una decisión, sin pararme apenas a pensar en ello.
Dejo que el grupo me adelante y reduzco la velocidad para acercarme caminando al sitio donde yace la prenda olvidada. La figura de Thatcher va alejándose cada vez más y lanzo una mirada apresurada alrededor antes de agacharme sobre una rodilla.
A ojos de los transeúntes, solo estoy atándome los cordones. Nadie puede ver cómo recojo la tela del suelo con dedos ágiles ni cómo me vibran las palmas de las manos al sentir el suave roce de la tela.
Con los pies doloridos, me dirijo a toda prisa hacia una zona cubierta de árboles a la derecha del sendero. Es lo bastante privada como para que nadie me vea, a menos que me busque expresamente, y si Thatcher vuelve a por su camiseta extraviada, no podrá dar conmigo.
Las ramas crujen bajo mis pasos y el sudor me resbala por la parte baja de la espalda a medida que voy adentrándome en el bosque, hasta que por fin llego a un lugar que me parece estar lo bastante apartado y a salvo de miradas curiosas.
Apoyo la espalda contra el tronco de un árbol cercano.
La corteza se me clava en la piel y una oleada de alivio me recorre las plantas de los pies.
El temblor que se ha apoderado de mis rodillas me recuerda que, de todos modos, necesitaba tomarme un descanso.
El denso follaje que tengo delante me protege de la vista de cualquiera que camine por el parque.
Me paso unos cuantos minutos tratando de recobrar el aliento mientras deslizo los dedos por la tela de la camiseta para calmarme. Ni siquiera me doy cuenta de en qué momento he cerrado los ojos ni cuándo he empezado a acercarme la prenda a la nariz.
El aroma de su colonia se arremolina a mi alrededor en cuanto me presiono la camiseta negra de algodón contra el rostro y el olor que impregna el tejido me inunda las fosas nasales.
Acqua di Giò Absolu, de Giorgio Armani.
Lleva usando esa colonia desde los dieciséis, y su fragancia se quedó grabada en mi memoria la primera vez que la olí.
Las notas de salida tienen una parte cítrica, como el aroma de la ropa recién secada y con un toque de limón, pero también se pueden percibir unas notas amaderadas, provenientes de alguna clase de especia terrosa que me recuerda al bosque después de la lluvia.