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Una obsesión insana
Lyra
Todo el mundo sabe que las polillas se sienten atraídas por las llamas.
Ya provengan de las bombillas resplandecientes de un porche o de las farolas altas y amarillentas colocadas a lo largo de la carretera, cientos de criaturas aladas se reúnen alrededor de los suaves rayos que emergen en la oscuridad de la noche.
Los insectos nocturnos han acumulado todo un acervo en torno a su existencia.
Se guían por orientación transversal, manteniendo una fuente de luz constante en un punto fijo respecto a su cuerpo para saber por dónde avanzar.
Esa luz es, por lo general, el resplandor de la luna, que actúa como su estrella polar, su brújula.
Sin embargo, lo más inquietante es que las polillas se dejan hechizar por la luz y persiguen su fulgor hasta consumirse en él, como una versión más melancólica de Romeo y Julieta. La atracción que sienten hacia el corazón de las llamas resulta mortal, pero nadie habla de ello.
A las parejas las comparan constantemente con las polillas y las llamas, atraídas la una por la otra, como si fueran imanes. Apuesto a que si supieran el motivo real, el símil perdería todo su encanto, al menos para la gente normal.
Las criaturas que se dejan hechizar por las luces brillantes acaban siendo devoradas por depredadores o muriendo abrasadas.
No las mueve el amor ni ningún otro anhelo profundo: es la muerte lo que las cautiva.
La polilla es consciente de que morirá si se aproxima demasiado a ese resplandor, pero acude a él de todos modos.
Le es imposible resistirse, es una adicción.
Creo que eso lo hace todavía más romántico. Se arriesgan a morir solo por acercarse y disfrutar de la luz unos segundos, pese a que la muerte las aguarde a la vuelta de la esquina.
Aunque casi todo el mundo conoce ese rasgo de las polillas, lo que muchos no saben es que ciertas especies de lepidópteros son incapaces de resistirse a los dulces fermentados; son su mayor debilidad.
Cuando necesito recolectar ejemplares para algún proyecto, salgo con un tarro de plátanos mezclados con melaza y cerveza pasada.
Después vierto un poco sobre los troncos de varios árboles y me limito a esperar.
La cantidad de bellezas aladas que acuden a saborear la mezcla es impresionante.
Quizá por eso las polillas son mi insecto favorito y me gustan tanto. Tenemos dos cosas muy importantes en común: nuestra pasión por lo dulce y nuestra obsesión por aquello que podría matarnos. Compartimos un corazón propenso a las adicciones, así es como lo definía mi madre.
Cuando me gusta algo, me gusta con todo mi ser. El órgano que me late en el pecho se transforma en una criatura ávida de las cosas que le apasionan o necesita. No soy capaz de experimentar emociones de forma moderada como los demás.
Mi corazón es un ente poderoso, según me explicó mi madre una vez antes de ir a la cama. Alberga tanta fuerza y amor que podría hundir ciudades e imperios. No sabe hacer otra cosa que no sea entregarse por completo a todo aquello que me brinda alegría.
Terminó diciéndome que era algo peligroso vivir con ello, pero también una bendición que debía tratar con sumo cuidado, pues pocas personas sabrían qué hacer con un corazón como el mío.
Yo, por supuesto, no entendía por qué podía ser peligroso entregarse con tal intensidad, sobre todo cuando las cosas que me brindaban alegría eran, en esencia, los dulces, los cuentos de hadas y las tormentas.
¿Qué daño podrían causarme ese tipo de cosas?
Un par de caries y el pelo mojado a cambio de un poco de felicidad me parecía un precio razonable a pagar.
Ahora, a las cinco de la madrugada, no puedo evitar pensar en lo agotador que resulta tener un corazón como el mío.
Mis brazos somnolientos y mis ojos cansados no están por la labor de participar en lo que estamos a punto de hacer.
Incluso mi cerebro está luchando desesperado por controlar la correa que envuelve el caprichoso órgano que habita en mi pecho.
«Tres horas más de sueño, Lyra. Tres horitas y luego podremos levantarnos de la cama y comernos uno de esos gofres de cereza negra que tanto te gustan en la cafetería de Tilly», trata de negociar, convencerme de sustituir una adicción por otra, pero mi cerebro es un ingenuo y ya debería saber que ni siquiera mis costillas son una jaula lo suficientemente fuerte como para mantenerme alejada de lo único que anhelo con todo mi ser.
Estaría dispuesta a no volver a comer más cerezas a cambio de estar junto a él una hora entera. No necesitaría más cuentos de hadas antes de dormir si pudiera inhalar su aroma.
No hay nada que me guste más que él, no existe otra persona en el mundo que me provoque tal nivel de adicción. Ni siquiera una vida repleta de todas mis cosas favoritas sería capaz de igualar un solo instante a su lado.
Así que sí, este corazón voluble y obsesivo me obliga a levantarme antes del alba, pero todo merece la pena por verlo, por sentir su energía, por estar cerca de él.
Salto a la pata coja por la carretera desierta mientras trato de calzarme bien el zapato, agradecida de que no haya ningún coche circulando que pueda presenciar mi maravillosa torpeza a medida que retomo el trote.
Me he detenido solo un segundo para recuperar el aliento y examinar el estado de mi talón derecho.
Todo el mundo habla maravillas de ese increíble subidón que te da al correr, pero nadie dice nada de las puñeteras ampollas que te salen. Tras ponerme otra tirita en la herida de la parte trasera del pie y ajustarme el zapato, me pongo en marcha de nuevo.
Este verano he empezado a salir a correr por las mañanas. Nunca me ha gustado; siempre se me ha dado fatal. De hecho, cuando nos obligaban a correr en Educación Física, fingía estar mala o falsificaba una nota en la que mi familia de acogida informaba al instituto de que padecía asma.
Dicen que la única forma de mejorar en algo es practicándolo repetidas veces, así que, aunque odio esta sensación, eso es lo que estoy intentando.
Después de lo que ocurrió en primavera, me cansé de ir por ahí sin aire, quedarme atrás y tener que esconderme por débil.
No me había visto en la necesidad de correr de posibles depredadores hasta hace poco, y estos últimos meses he ejercitado músculos cuya existencia ignoraba por completo solo para sobrevivir.
También he descubierto que, aunque me duele salir de la cama todas las mañanas y los pulmones siempre me acaban ardiendo, el ruido de mis pisotones contra el suelo me ayuda a silenciar el flujo constante de pensamientos que me inunda y a calmar mi mente inquieta, que no conoce la rendición.
Ojalá pudiera decir que esas razones inofensivas y sensatas fueron las que me impulsaron a hacer ejercicio y que necesitaba despejarme o estar en mejor forma para huir de quienes quisieran hacerme daño; pero, por desgracia, estaría mintiendo.
Al echarle un vistazo al reloj que me compré específicamente para esto, me percato de que he llegado unos minutos antes de lo previsto, algo inaudito en mí.
La pantalla táctil de mi muñeca también me indica que ya casi he completado los cuatro kilómetros que añadí a mi recorrido matutino para aparcar a una distancia segura y evitar que alguien reconociera mi coche.
Me desvío por un lateral de la carretera para evitar la entrada, que a veces está bastante concurrida, esquivando algunos árboles y deslizándome entre arbustos podados con esmero, antes de emerger junto al camino que serpentea por el arboreto del parque de Ponderosa Springs.
Los jardines botánicos se encuentran en pleno florecimiento y bañan de color los bordes de los estanques artificiales, dispuestos de manera estratégica alrededor del sendero circular de tres kilómetros y medio.
Durante las mañanas de verano, el espacio se llena de residentes y visitantes, por lo que hay gente corriendo o caminando rápido mientras charlan y niños asomados al agua intentando observar la fauna.
Puedo oír el croar de las ranas y el dulce canto de los gorriones atravesando la niebla húmeda. Existen sitios peores en los que estar, a pesar de que aquí me paso todo el rato moviendo los brazos hasta que me tiemblan como si fuesen de gelatina.
Me adentro con calma en el sendero pavimentado y me mezclo con los madrugadores que ya están allí y que, por suerte, no se han percatado de que acabo de salir de entre los árboles, aunque tampoco es que me resulte raro. Creo que me sorprendería más que alguien me hubiera visto que lo contrario.
Le echo un último vistazo al reloj y cuento hacia atrás desde sesenta en mi cabeza. La emoción me vibra en el estómago con tal intensidad que temo que se me empiece a notar por fuera. Al bajarme un poco más el gorro de lana, la tela se estira para mantenerme todo el pelo recogido dentro.
Vestirse con ropa de correr discreta es fácil, pero esconder la mata de rizos que me adorna la cabeza es harina de otro costal. Tengo que pasar desapercibida, mimetizarme con el entorno; algo que, a estas alturas, ya casi me sale de forma natural.
He perfeccionado tanto el arte de esconderme que es imposible que alguien me vea. Soy como un fantasma que merodea entre espacios, cruzando de una habitación a otra sin que nadie dirija apenas una mirada en su dirección.
Aunque eso está a punto de cambiar, pienso asegurarme de ello.
Lo de hoy no formaba parte del plan, pero no he podido resistirme.
Por mucho que acepte mis condiciones, seguiré sintiendo el deseo de observarlo cuando crea que está solo; seguiré queriendo ser la mirona que se oculta en los márgenes de su vida.
Esta noche lo cambiará todo entre nosotros, puedo sentirlo. Aun así, por ahora, no soy más que su fantasma y él, el chico al que me encanta atormentar.