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El poder me fluye por las venas. El control y el deseo se arremolinan en mi interior y me producen el éxtasis más puro y natural que alguien pueda experimentar.
No existe ninguna sensación comparable a la de saber que su destino está en mis manos, que se encuentra a mi merced y que es patético y lamentable; inferior a mí en todos los aspectos.
Por más que lo intente, nunca logrará ser como yo.
—Mierda —responde entre dientes—. Por favor, no lo hagas. Tengo una hija.
El impulso amenaza con apoderarse de mí. La abrumadora sensación que me provoca mi entorno es tan intensa que ni siquiera me había dado cuenta de que le he hundido la hoja en la mejilla con la suficiente fuerza como para hacerle sangre.
—Jessica, ¿verdad? —repongo. Tomo una bocanada de aire y le retiro el cuchillo de la cara—. Hará los quince en diciembre.
Los ojos se le abren de par en par, resplandecientes por el miedo que lo consume y que a mí me inunda de calor. Quiero que muera asustado y temblando. Justo antes de dar su último aliento, sabrá cuál es el verdadero rostro de la muerte y a qué sabe el miedo en realidad.
—Ni se te ocurra tocarla —escupe, tratando de forcejear contra las ataduras que le cruzan el pecho.
No tiene ninguna posibilidad de soltarse. Aprendí a hacer nudos cuando era muy pequeño; fue una de las muchas cosas que mi padre me enseñó y que fui perfeccionando por mi cuenta. Además, el cóctel de sustancias que le he inyectado lo mantendrá parcialmente paralizado hasta que termine.
El hombre que me engendró era bueno en lo que hacía, pero yo soy aún mejor.
—Nunca lo haría. Los adolescentes, y los niños, en general, son más bien la presa de cierto grupo de cobardes. —Le dedico una sonrisa de condescendencia—. De gente como tú, ¿no, Walter?
Vuelvo a hacer girar la hoja entre mis dedos y centro toda mi atención en su mano. Le levanto el brazo, siento todo su peso, y examino cada línea y cicatriz mientras busco con los dedos enguantados el lugar perfecto para empezar.
—¿Qué? ¿Qué estás…?
—No me hagas perder el tiempo —le escupo con los dientes apretados a la vez que le doblo un dedo en un ángulo antinatural—. No soporto a los mentirosos, Walter. Yo que tú intentaría no empeorar la situación provocándome.
Ignoro sus gritos de dolor, le suelto el dedo regordete y procedo a colocarle el cuchillo sobre la punta del índice.
—¿Que de qué te conozco? —murmuro. Se me pone la piel de gallina conforme le atravieso las diferentes capas de piel con el filo y luego tiro hacia atrás despacio, asegurándome de que el corte sea preciso—.
Te conozco porque crees que eres como yo.
Dime, ¿quieres tanto a tu hija que por eso matas a otras chicas que se le parecen?
¿Es así como demuestras tu amor, Walter?
No estoy seguro de que me escuche por encima del sonido ensordecedor de los gritos que profiere a medida que el dolor se le extiende por todo el cuerpo.
Por desgracia para él, las manos están repletas de nervios, por lo que estará sintiendo cada centímetro de la hoja abriéndose paso a través de la carne.
La sangre brota de la herida como una fuente desbordada. Al derramarse sobre la mesa metálica, me dificulta la visión, pero noto cómo su piel cede ante el cuchillo. Mantengo la mano firme y no me tiembla ni una sola vez conforme le voy dejando los músculos y los huesos al descubierto.
Todos esos nervios sensibles, expuestos al aire frío de este sótano, deben de estar causándole un dolor inconmensurable. Desearía poder sentir lástima por él, pero no es así.
Sus exquisitos gritos de agonía me retumban en los oídos y hacen que me vibren los tímpanos. Es mejor que Bach; mejor que Mozart y Brahms. Este es mi estilo de música preferido.
—Sigue gritando —le digo, alzando la voz—. Solo yo puedo oírte, y lo único que estás consiguiendo es que quiera clavarte aún más la hoja.
Termino de desollarle el dedo índice y paso al siguiente, contemplando con admiración cómo sus ligamentos parecen ir a juego con los mosaicos del suelo. Las cuerdas tensas del tejido resistente y elástico resplandecen bajo la luz vibrante del techo.
Esto dista mucho de estudiar libros y diagramas. Nada se asemeja a observar la anatomía humana con tus propios ojos, percibir la sangre viscosa deslizándose por tus manos y el olor a hierro en el aire, sabiendo que tú eres el que inflige dolor y da muerte.
Me sumerjo en el proceso, en el deslumbrante derramamiento de sangre y en la matanza. Nací para esto: me dieron estos dedos ágiles y largos para torturar a los demás. Me criaron para matar.
Me quedo maravillado ante mi obra. Tiene la mano completamente desollada y en carne viva, con la piel colgando por encima y por debajo de la muñeca.
Me río por lo bajo al pensar en lo mucho que me recuerda al plátano que he pelado esta mañana para desayunar.
Nunca deja de asombrarme el aspecto del cuerpo humano en su estado natural.
—Eh, ni se te ocurra —digo, dándole una bofetada para espabilarlo mientras lo veo luchar por mantener los ojos abiertos—.
Te quiero despierto. Háblame, antes te he hecho una pregunta: ¿matas a chicas por el amor que sientes por tu hija o es porque en el fondo eres un puto degenerado y te pone tu propia sangre?
Las lágrimas se le escapan por las comisuras de los ojos y el cuerpo le tiembla sin control. No le queda rastro de color en la piel y sé que es porque está entrando en estado de shock . Ha perdido tanta sangre que le está pasando factura.
Aun así, debería resistir hasta que llegue al hombro antes de desangrarse del todo. Quizá, con suerte, siga consciente cuando empiece con la otra mano.
—Lo… —Un sollozo le quiebra la voz—. Lo siento. No pude evitarlo. No soy capaz de controlarlo. Lo siento.
Odio esta parte, pasa todas y cada una de las veces.
Se disculpan por sus acciones, ponen excusas: «Estoy enfermo», «Necesito ayuda», «No puedo controlarlo».
Todos mueren tratando de redimirse de sus crímenes, con la esperanza de que algún dios los perdone en sus últimos minutos para no pasar la eternidad en cualquiera que sea el infierno que creen que los aguarda.
Es patético.
—Me das asco —repongo distraído, hundiéndole el filo un poco más de la cuenta en el antebrazo.
Enseguida cambio el cuchillo por otro más grueso, uno de esos a los que los cazadores llaman gancho de tripa: un tipo especial de hoja cuyo lomo cuenta con un semicírculo afilado.
Sujeto con él un trozo de piel expuesta, me deslizo bajo la última capa, justo por encima del músculo, y voy separando la carne del hueso.
La ira me nubla la vista.
—Más te vale sentirlo —escupo entre dientes—. No por lo que has hecho, sino por considerarte un buen asesino. No lo eres, Walter, ni por asomo. Se te da de pena. Solo eres un cobarde con traumas maternos.
Aunque mis palabras se vuelven cada vez más feroces, no me tiembla el pulso ni por un instante. Podría trocearlo como él hizo con todas aquellas chicas, pero eso no tendría ningún mérito ni tampoco me supondría esfuerzo alguno.
Se necesitan años de disciplina y práctica para mantener la calma y resistirse a las ansias de sangre que te incitan a acabar con una vida. Eso sí que es maestría.
Aprendí a dominar el arte de matar siendo apenas un crío. ¿Cómo no iba a hacerlo? Cuando tu padre es un asesino en serie empeñado en que su nombre no caiga en el olvido, acabas siguiendo su ejemplo.
Si te cría un monstruo, te conviertes en un monstruo.
Mi padre mataba porque estaba furioso con las mujeres, no tenía autocontrol. En cambio, yo mato a otros asesinos. No porque me crea moralmente superior ni sienta la necesidad de salvar a la gente o hacer del mundo un lugar mejor.
No, no soy ningún justiciero en contra de aquellos con moralidad dudosa. Mato a otros asesinos en serie porque me encanta estar un paso por delante de todos ellos, sin excepción, y demostrarles, una y otra vez, que soy el mejor; que nadie mata como yo.
Mi padre aún busca apropiarse de mi legado y de lo que ha despertado en mí, porque eso es lo que hace Henry Pierson: adueñarse de los demás.
Ahora que está entre rejas, yo soy la última esperanza que le queda de mantener viva su fama, y no pienso permitir que alguien que no está a mi altura se adueñe de nada mío. Nunca más.
—Pero esta noche, Walter —murmuro, observando cómo se desangra; no le queda mucho más tiempo entre los vivos—, vas a tener el privilegio de que te mate un asesino de verdad, el mejor que existe, y eso debería brindarte cierto consuelo.
Asciendo hasta la parte superior del brazo, le dejo el hombro al descubierto, cuando percibo el ruido que emiten sus pulmones. Me detengo en seco y lo miro a los ojos mientras me inclino sobre él para asegurarme de que mi cara sea lo último que vea antes de marcharse de este mundo.
La muerte lo alcanza, igual que una noche fría y fulminante. La vida se le escapa de los ojos delante de mí, como si la luz interna que los hacía resplandecer se hubiera fundido.
Y, así, mi cuenta asciende de seis a siete víctimas.
La euforia me fluye por las venas y un concierto de emociones me envuelve por completo. De las tonterías pueriles de mi padre he logrado forjar una técnica impecable: me he convertido en un director de orquesta del miedo, un maestro del dolor. Compongo la melodía de la muerte.
A diferencia de lo que la gente cree, la sombra que me cobijó de niño no fue la que guio mis pasos. Porque yo nunca quise parecerme a mi padre, siempre quise ser mejor que él.
Y lo soy.