La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 2 #2
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Los murmullos penosos y desconcertados de Walter se funden con las últimas notas de la canción. Un escalofrío me recorre la columna vertebral y, de pronto, me entra un hambre feroz. El aire se aquieta y la habitación se sumerge en un silencio absoluto.

La criatura pútrida que habita en mi interior emerge de su cueva mostrando los dientes, preparada para darse un festín con el cuerpo que le he procurado. Cuando interrumpo el paseo de mis dedos sobre las teclas y el piano enmudece, doy por concluido el espectáculo.

Ya no tengo que aparentar nada. Por fin estoy en paz conmigo mismo y con lo que soy. Nunca me oculto, ni siquiera en público, pero es aquí abajo, en esta guarida siniestra que he construido, donde hallo la verdadera paz.

Impulsado por el hambre, me levanto de la banqueta, inclino la cabeza a izquierda y derecha y oigo un crujido satisfactorio. A continuación, acerco los dedos lentamente al puño de mi camisa de botones Tom Ford.

—Walter, creo que tu muerte será mi mejor obra hasta la fecha —musito mientras me remango con parsimonia y dejo al descubierto las venas violáceas que me trepan por los antebrazos.

Las drogas que le he inyectado en el cuello han perdido el suficiente efecto como para permitirle mantener los ojos abiertos y en alerta, aunque todavía no ha recuperado la movilidad de las extremidades.

Los tacones de mis zapatos de cuero italiano resuenan sobre los azulejos rojos del suelo, que forman un mosaico de acabados brillantes y mate.

—¿Q-qué…? —balbucea, intentando que le respondan las cuerdas vocales—. ¿Qu-quién…?

—Ojalá se os ocurrieran preguntas más originales cuando recobráis la conciencia.

—Pongo los ojos en blanco y rodeo la camilla de metal, que refleja la brillante luz de la lámpara del techo—.

¿Por qué todos sentís la necesidad de formular las mismas preguntas?

¿De verdad os tranquilizaría saber quién soy o qué estáis haciendo aquí?

Chasqueo la lengua y sacudo la cabeza mientras él sigue temblando y desmoronándose bajo las ataduras. Todas mis víctimas son iguales: personas débiles que piensan que saldrán de mi sótano con vida.

—¿Qué tal si te cuento otra cosa? —Cojo con cuidado la bandeja metálica en la que tengo todos mis juguetes favoritos colocados—. No me importa quién seas ni a qué te dediques, ibas a acabar aquí tarde o temprano, a mi merced. ¿Te brinda algo de consuelo saberlo?

Rozo con las yemas de los dedos las hojas que he seleccionado para esta noche. Cualquier cazador bien adiestrado y hábil sabría apreciar mi colección. Los cuchillos de acero al carbono son una delicia para quien busque despellejar un ciervo u otra criatura cazada por deporte.

Un hormigueo me recorre el estómago. Si fuera capaz de sentir emociones, supongo que esto sería lo más parecido a la alegría. Tampoco tendría forma de saberlo con certeza: crecer siendo la personificación de una historia de fantasmas implica llevar una existencia solitaria.

Nací con la muerte pegada a mí como mi propia sombra.

La muerte —o una maldad pura, cuando menos— infestó el vientre de mi madre la noche en la que fui concebido. Algo perverso y monstruoso me dio forma y me vertió en las venas los instintos de un superdepredador y un apetito voraz por la sangre.

Nací siendo un psicópata, la muerte encarnada en un ser humano. El hombre del saco que se esconde bajo la cama, el que te hace echar el pestillo por las noches y aferrarte con fuerza a tus hijos.

No me importa lo que digan los psicólogos o los investigadores criminales al respecto.

Todos los artículos y tesis doctorales aseguran que, según la genética, nadie está condenado a convertirse en un psicópata desde el vientre, sino que es algo que se aprende, se absorbe y se presencia.

Aunque, por lo general, sea el primero en respaldar afirmaciones lógicas como esas, también soy la prueba viviente de lo contrario y, por lo tanto, sé que tales teorías son erróneas.

No obstante, comprendo que intenten tranquilizar a la gente.

Resulta mucho menos aterrador creer que los seres humanos nacen puros e inocentes, que el amor y la amabilidad bastan para convertirlos en almas bondadosas.

Bajo esa premisa, si todos los niños crecieran rodeados de cariño, podríamos erradicar por completo a los psicópatas y a los sociópatas.

Lo cierto es que nací así, con las herramientas perfectas para convertirme en un asesino, y resulta infinitamente más espantoso cuando sabes que no hay modo de luchar contra los que nacemos con dicho impulso; que, pase lo que pase, por mucho amor que entregues, algunas personas están destinadas a segar vidas, cortar carne y hacer a otros sangrar.

¿De qué otra manera podría explicarse que fuera tan callado de niño?

Mi abuela dice que la única ocasión en la que me ha oído llorar fue al llegar a este mundo, y que una vez que me limpiaron, me arroparon y me pusieron en los brazos de mi madre, no volví a hacer ni un ruido.

¿Cómo se explica si no que no sienta nada por nadie, ni siquiera por mí mismo?

Mi lealtad es inigualable: haría casi cualquier cosa por quienes me rodean, aunque eso no significa, ni significará jamás, que me importen.

A mi familia le costó un poco asimilar la cruda realidad, pero, cuando mi abuelo me sorprendió en el jardín arrancándoles las patas a unos insectos y solo mostró un gesto de resignación, supe que por fin habían aceptado lo que era.

Una abominación, un monstruo, un asesino; aquello que mi padre, con tanta desesperación, había anhelado que fuera.

A pesar de que sus enseñanzas y consejos parentales resultaron macabros, era el único que entendía mi verdadera esencia, aunque él fuera, en parte, la razón por la que he llegado hasta aquí.

Cuando entré en el instituto, ya me habían prohibido jugar con otros niños. Sus padres se quejaban de que mi presencia perturbaba las mentes de sus ingenuos críos.

Era extraño, diferente a los demás. Un estudiante excepcional dotado de una imaginación oscura, según los profesores. No había ninguna persona que no se sintiera incómoda conmigo, y sigue sin haberla, pero la verdad es que no me disgusta en absoluto que así sea.

—¿Qu-qué quieres? —tartamudea Walter. Por fin se ha acordado de cómo usar la voz, lo cual hace que esto se vuelva mucho más interesante, porque implica que sus gritos se oirán a la perfección—. ¿Qué cojones quieres?

Chasqueo la lengua, elijo uno de los cuchillos pequeños y lo hago girar entre los dedos.

—Recurriendo a palabras malsonantes no vas a ganarte mi simpatía.

Antes de concederle a Walter la atención que se merece, cojo el mando y le doy al botón de reproducir.

Bach suena de repente a través de los altavoces y todo encaja en su lugar.

Intento imaginarme dentro de diez años, cuando termine la carrera de Medicina, listo para abrir a alguien por un motivo muy distinto al que me guía ahora, vestido con un pijama quirúrgico y música clásica de fondo.

¿Sajar a alguien con la intención de salvarle la vida me dará la misma satisfacción que lo que me dispongo a hacer en este momento? ¿Abrirme paso entre la carne con fines médicos será suficiente para apaciguar este hábito insaciable?

No soy una persona muy optimista que digamos, así que lo dudo mucho.

Pongo la grabadora en marcha y, tras asegurarme dos veces de que la luz roja está encendida en la esquina superior derecha, la coloco en la bandeja.

He aprendido de los errores que cometí en el pasado, cuando aún intentaba descubrir qué me complacía, cuál era mi rutina y mi modo de proceder.

Después de haber presionado el botón equivocado con una de mis primeras víctimas, ahora siempre lo compruebo bien antes de comenzar, por si acaso.

¿Qué sería de un concierto sin orquesta, de un asesino sin los gritos de sus víctimas?

Una vez que empieza a sonar la Lacrimosa de Mozart, fijo la vista en el trozo de carne que yace sobre la mesa. Está sudando tanto que me pregunto si padece hiperhidrosis. Todavía no soy médico, pero he matado a seis personas por ahora y ninguna ha transpirado a estos niveles.

—Walter, ¿qué ha sido de esa figura de quarterback de la que tanto te gusta presumir? No podrías llevarte a nadie de paseo, mucho menos a un campeonato estatal.

Me detengo a observar su cuerpo medio desnudo. Tiene el pecho y el estómago cubiertos de pelos finos, una barriga prominente y la cara roja como un globo a punto de explotar. Me repugna. Es un desperdicio de espacio, y pensar que se veía reflejado en mí…

Él nunca podrá ser como yo. Nunca podrá hacer las cosas con el mismo grado de perfección que yo alcanzo. Unas semanas más y la policía lo habría metido entre rejas para siempre. Conmigo, los federales tardarían una vida entera en percibir el más mínimo rastro de mi existencia.

—¿De qué me conoces? —pregunta entre jadeos, con la boca seca—. ¿Quieres dinero? Puedo…

—Por favor, no te humilles. No podrías permitirte sobornarme.

—Extiendo los brazos y abarco el entorno que me rodea, desde los suelos diseñados a medida hasta la estatua exorbitantemente cara de la esquina.

Este sótano, mi rincón de armonía, vale más de lo que la mayoría logra reunir en toda una vida—.

Echa un vistazo a tu alrededor… ¿Acaso parece que necesite tu dinero?

Agarro el mango del cuchillo de caza, dirijo la punta hacia la cara de Walter y le deslizo el filo por la mejilla. La hoja afilada le rasura el vello áspero de la barba.

—No obstante, en honor a la poca humanidad que poseo, contestaré a tu primera pregunta.

La piel se me eriza al percatarme de lo sencillo que sería destriparlo como un cerdo y contemplar cómo le brota la sangre del estómago. Un simple movimiento de muñeca bastaría para acabar con su vida.