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La presentación
Thatcher
Todos los pueblos tienen su historia de fantasmas; de esas que se cuentan en fiestas de pijamas o alrededor de una hoguera crepitante por la noche y que, con los años, se convierten en una mentira increíble, aunque, en el fondo, guarden algo de verdad.
Mi apellido conforma ese tipo de historia. Es el ruido sordo que oyes en mitad de la oscuridad, el hombre que se esconde en el armario, las uñas que arañan la pared.
Mi familia se ha convertido en un mito centenario destinado a atemorizar a los habitantes de Ponderosa Springs: una leyenda que, según los rumores, se remonta a la propia fundación del pueblo.
Los Pierson, al ser una de las familias fundadoras, nos hemos labrado una reputación de frialdad y expectativas inalcanzables.
Los demás nos temen tanto que nos han concedido una parte del pueblo únicamente por el miedo a lo que podríamos hacerles si no recibimos lo que nos corresponde.
Existen numerosas historias sobre nuestros orígenes.
Algunas de las más descabelladas afirman que somos vampiros o alguna otra criatura inhumana y demoníaca que se alimenta de almas puras.
Debo admitir que me parecen bastante ingeniosas, sobre todo teniendo en cuenta que la verdad es mil veces más insulsa.
Mis antecesores vivían aislados. No compartían nada con otros a menos que fuera estrictamente necesario y no confiaban en los demás a la ligera. Hablaban de manera rápida y concisa, un comportamiento tan reservado que incomodaba a otros y que a menudo despertaba envidias.
Cuando las personas inseguras de sí mismas no reciben la atención que esperan de quienes se hallan en la cúspide, procuran arrebatarles la corona o socavar su trono sacando conclusiones infundadas o propagando rumores excéntricos.
Hacen lo que sea con tal de que aquellos a los que consideran una amenaza pierdan prestigio.
Como perros peleándose por un trozo de carne.
Por desgracia para ellas, lo único que consiguieron fue engrandecer aún más nuestro legado. Al esforzarse tanto por que los demás nos contemplaran con miedo, acabaron beneficiándonos.
La gente tiende a dejarse dominar por aquello a lo que teme, y el pueblo de Ponderosa Springs nos temía más que a nada en el mundo.
Nos temía tanto que ese miedo persistió con el transcurso de los años.
Y, durante un tiempo, todos esos relatos horribles no fueron más que ficción, folklore entretejido de rumores inventados por vecinos aburridos.
Hasta que un día dejaron de serlo y mi familia, a causa de mi padre, demostró que cada una de las historias que circulaban en torno a nuestro apellido eran ciertas. Excepto la de los vampiros, claro.
Meneo la cabeza de un lado a otro mientras recorro con mis dedos largos las teclas de marfil. Una música elegante me llega a los oídos en cuanto el instrumento canta la melodía en la que estoy trabajando.
Aunque considero que están sobrevaloradas, las composiciones de Chopin fueron unas de las primeras que aprendí a tocar en el piano de cola Steinway las tenues cicatrices que me hizo son prueba de su estricta enseñanza.
A pesar de que han transcurrido años desde la última vez que mi profesor de piano me golpeó los nudillos, aún recuerdo cómo me resbalaba la sangre por la piel hasta manchar el instrumento.
Al margen del dolor atroz, disfrutaba tocando con ella entre los dedos: me permitía deslizarlos por las teclas con más fluidez. Parecía lo correcto.
Cuando me concentro de nuevo en la pieza que estoy interpretando, me doy cuenta de que las siguientes partes no suenan como deberían.
Alzo la vista hacia la partitura colocada en el atril y frunzo el ceño.
Tras detenerme por completo, cojo el lápiz que llevo detrás de la oreja y borro unas cuantas notas.
Contemplo las líneas, ahora en blanco, y dejo que mis dedos serpenteen por las teclas, preguntándome cómo sonaba la música en mi mente cuando fui a por Walter en el exterior de aquel bar.
Notaba la calidez de la noche en la piel y podía percibir el penetrante olor a tabaco que se escapaba del interior del antro. El corazón me latía con calma mientras lo veía salir por la puerta trasera, con su traje negro arrugado por el desgaste del día y la miserable calidad del tejido.
Soy capaz de reconocer un traje mediocre a kilómetros de distancia, pero apuesto a que la gente de la que se había rodeado en ese tugurio se pensaba que era de los caros. La simple idea me saca una risita de desdén.
En West Trinity Falls no sabrían distinguir un traje de diseño de una copia barata ni aunque la tela cobrara vida y les diera un guantazo en la cara. Dios, me siento sucio solo con pensar en poner un pie en ese pueblucho.
No siempre aguardo en las sombras cuando hago esto.
A veces entro sin vacilar en el lugar donde está mi objetivo de esa noche, tomo asiento en una mesa y lo observo en silencio; o, si me apetece, lo conduzco hacia mi trampa con las palabras adecuadas.
Sin embargo, esa vez me camuflé entre las sombras, en la penumbra de aquel callejón repugnante, esperando el momento perfecto.
Quiero que la música que brota del instrumento lo traduzca en sus notas.
Quiero que cuente la historia sin palabras, en un movimiento lento y lírico que contraste con la primera composición que creé hace unos días; que se convierta en una pieza que me permita mostrar la belleza de mi interpretación.
Esta forma musical, la caccia , representa la caza.
Debe reflejar a un depredador acechando a su presa, una víctima desprevenida que camina hacia su coche, ajena a todo peligro.
Al principio, las notas han surgido despacio y han ido aumentando gradualmente, pero ahora necesito que adquieran más intensidad.
Quiero que las teclas canten el recuerdo de mi mano, enfundada en cuero, rodeándolo.
Necesito escuchar en las notas cómo forcejeó contra mí justo antes de que le atravesara la piel con la aguja; cómo su cuerpo se vino abajo, debilitado por la droga, y se desplomó entre mis brazos.
Lo fácil que me resultó llevármelo, la satisfacción que me produjo ser tan bueno en lo que hago.
Quiero revivir esos momentos, palparlos cada vez que seleccione el concierto de Walter de mi colección, y dejarme arrastrar por la fluidez de los sonidos hasta experimentar su tortura una y otra vez. Anhelo esa sensación que me provoca y que se desliza por mis venas corruptas.
Y, hasta que no logre transmitir esas emociones, no me moveré de esta banqueta. No pienso conformarme con algo que no sea perfecto, aunque la frustración me esté carcomiendo por dentro.
«Tu padre ya habría acabado».
Una voz que detesto resuena en mi interior, me hace apretar el lápiz con fuerza y el material endeble cede bajo mi agarre.
Mi padre jamás habría sido capaz de ejecutar algo tan impresionante. Mataba a mujeres por capricho, se llevaba mechones de pelo de sus víctimas a modo de trofeo y carecía de creatividad. A mi lado, no es más que un donnadie.
Yo soy un artista, todo lo que él soñaba con ser y que nunca tuvo habilidad para lograr.
Oigo un gruñido de desesperación que me devuelve a la realidad. Henry Pierson es la última persona en la que me apetece pensar cuando estoy en mi sótano.
Respiro hondo y me llega el olor de la lejía que está hirviendo en la tina. La tengo colocada a propósito en una esquina junto al baño para que la limpieza resulte más sencilla, aunque lo bastante cerca para distinguir el ligero toque metálico que tanto me reconforta.
Contemplo la hoja frente a mí. Si no consigo dar con la combinación correcta, no lograré pasar a la fase final, y no puedo permitir que eso ocurra. Me niego a dejar una pieza sin acabar, otra vez no. Con una obra incompleta fue suficiente: no tengo intención de sumar ninguna más.
Sigo trabajando en silencio unos segundos más, escribo con cuidado unas notas nuevas que creo que encajarán mejor y empiezo a tocar desde el principio. Encadeno los signos con fluidez en la parte del puente y curvo los labios despacio en una sonrisa a medida que me aproximo al final de la canción.
Es un espectro de sonidos sombríos, redondos, oscuros y llenos de matices. Antes me parecían planos, pero ahora suenan justo como quiero. Son la materialización de un recuerdo perverso, vivo y palpitante que yo mismo he creado.