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Agradecida por el cambio de conversación, me centro en la polilla de colores vibrantes que hay sobre la mesa. No es que no me guste hablar de mi madre, es que me cuesta acordarme de ella sin evocar aquella noche ni pensar en lo que cobró vida dentro de mí, en lo que me convertí.
Poco tiempo después de su muerte, me diagnosticaron un trastorno de estrés postraumático que me ayudó a comprender la razón de las incesantes pesadillas, los recuerdos recurrentes y el miedo a la oscuridad.
Viví un suceso traumático: era natural que experimentara tales cosas y que mi mente respondiera de esa forma.
Sin embargo, hubo algo que nadie me explicó, algo que nadie sabía y que, de haberlo sabido, tampoco habrían entendido.
Nadie podía decirme por qué la muerte había echado raíces en mi interior.
Serpenteaba por las grietas de mi esqueleto, habitando en mí como un órgano más, un líquido negro que me corría por las venas y bañaba cada célula de mi ser. La persona que había sido antes y los sueños que había tenido pasaron a ser un recuerdo lejano.
Hoy en día no puedo pensar en ella ni en aquella noche sin que me asalte el impulso mórbido que nació en ese momento: una obsesión que me punza la lengua, me brota de las entrañas y provoca que salive y que los ojos me ardan.
Durante mucho tiempo, fui capaz de reprimirlo, de esconderlo en lo más profundo de mi ser y mantenerlo oculto.
Pero todo cambió hace unos meses, cuando le puse un cuchillo en la garganta a alguien y sentí la sangre manchándome las manos por primera vez desde la muerte de mi madre. Ahora sé lo que se siente al matar, y me aterra la facilidad con la que fui capaz de hacerlo, lo poco que me costaría repetirlo.
El día en el que asesinaron a mi madre, me reencarné en una persona completamente distinta. Scarlett murió con Phoebe, y Lyra ocupó su lugar. Me convertí en la reina de los bichos, la rarita; la chica loca por la taxidermia, la entomología y el arte de preservar a cualquier ser muerto.
Me convertí en un fantasma, tal y como él me pidió.
De pronto, percibo en la lengua un sabor metálico que me resulta familiar, pero me apresuro a tragar saliva y centro toda mi atención en la tarea que tengo entre manos.
Con cuidado, empiezo a retirar los alfileres diminutos que sujetan el papel encerado sobre las alas de la polilla. Me entristece un poco no haber podido criarla yo misma: siempre resulta mucho más satisfactorio formar parte de todo el proceso.
Disfruto observando su crecimiento, sus costumbres, cómo se adaptan y cómo mueren con el tiempo. Es lo que hace que el montaje de insectos sea una actividad más interesante e íntima. Si las veo crecer, vivir y existir, lo justo es que también me encargue de ellas tras sus inevitables muertes.
Una vez que he desclavado todos los alfileres y retirado el papel, utilizo las pinzas para levantar el lepidóptero con sumo cuidado y poner el tórax sobre el trozo empapado de pegamento en la parte frontal del cráneo.
—Más te vale no meter la pata —comenta Conner con una risita a mi lado.
Sonrío mientras sostengo la polilla durante unos segundos para asegurarme de que se queda fija a la superficie. Cuando compruebo que está bien colocada en su lugar, me aparto y contemplo el proyecto terminado.
—¿Crees que me he pasado? —pregunto. Me muerdo el labio inferior, insegura—. Quizá debería haberme ceñido a un solo tipo de polilla para que la paleta de colores fuera más uniforme, ¿no? A lo mejor puedo rehacerlo…
—Lyra —me reprende Conner—, deja de dudar de tu trabajo. Es impresionante. Me dan ganas de comprártelo para decorar la repisa de mi chimenea.
Lo miro con una chispa de agradecimiento en los ojos. Ojalá fuera como Briar o Sage, que confían plenamente en sí mismas y no necesitan la aprobación de nadie ni que les dediquen alguna que otra palabra de aliento.
A diferencia de ellas, yo crecí en silencio, sola, como una presencia difusa a la que pocos se dirigían y mucho menos elogiaban. Es natural que quiera sentirme validada; al fin y al cabo, no dejo de ser humana.
—Una pena, porque pienso llevármelo a mi apartamento.
Desvío la mirada de golpe hacia la puerta y veo el rostro de la única persona que llevaba esperando ver desde que se fue al acabar el semestre.
—¡Briar! —digo casi sin aliento, saltando de la silla.
Corro hacia ella, le envuelvo los hombros con los brazos sin pensármelo y la estrecho contra mí.
—Sabes que Sage y los chicos odian al señor Godfrey, ¿verdad? —me susurra en el hueco del cuello mientras me devuelve el abrazo.
Me estremezco al escucharla. Por supuesto que lo sé.
—Ya hablaremos de eso luego —murmuro—. ¡Creía que no volvíais hasta la semana que viene!
Le doy un empujoncito de broma, fingiendo estar molesta por la sorpresa.
—No soportaba seguir oyéndola quejarse de cuánto te echaba de menos, así que la he traído de vuelta antes.
Briar alza el dedo corazón por encima del hombro, apuntando hacia la imponente figura sombría que se encuentra apoyada en el marco de la puerta.
La presencia de Alistair Caldwell es difícil de percibir, como una niebla oscura que no puedes ver pero sí notar en la piel y que, una vez que sabes que está ahí, es imposible de ignorar.
Extiendo el brazo más allá del hombro de Briar y le ofrezco el puño. Él alza los nudillos y los choca con los míos, inclinando la cabeza hacia atrás a modo de saludo.
—¿Qué tal por Texas? —le pregunto.
—Hace un calor de la hostia —resopla—. ¿Y este sitio qué? ¿Sigue siendo una pocilga, reina de los bichos?
Un apodo que la gente ha usado durante años para insultarme ha acabado convirtiéndose en uno de mis apelativos favoritos. Sé que no me lo dice para menospreciarme; es su manera de considerarme una amiga, o eso creo. Para empezar, ya no quiere mi cabeza en una pica.
Los Hollow Boys no tienen más amigos aparte de ellos mismos. Son como un puzle de cuatro piezas: allá donde uno va, los otros lo siguen sin falta. Nunca he visto un vínculo tan profundo, tan sólido.
Hubo un tiempo en el que me daba envidia su amistad. Ahora solo puedo admirarla.
—Depende del día —contesto, encogiéndome de hombros.
Nunca lo he admitido en voz alta delante de nadie, ni siquiera de Briar, pero me gusta Ponderosa Springs.
Algunos aspectos, por lo menos, aunque no me importaría prescindir de la corrupción, los escándalos, el tráfico sexual y los asesinatos.
Una parte de mí adora este sitio, por más que intente renegar de él, porque al final no deja de ser el pueblo en el que creció mi madre.
Aun así, para ellos, sé que es diferente.
Este lugar no ha hecho nada más que causarles daño, destrozarlos.
Los ha convertido en algo tan espantoso que apuesto que, en algún momento, también llegaron a temerse a sí mismos.
Aquí no queda nada a lo que mis amigos puedan aferrarse: Ponderosa Springs se ha asegurado de arrasar con todo.