La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 1
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El fantasma

Lyra

—Lyra, cuando me dijiste que sería complicado, no me había imaginado que te referías a esto.

Me estremezco al oír la voz. Estoy acostumbrada a ser yo la que se camufla entre las sombras, la que se acerca a los demás sin hacer ruido y hace que peguen un respingo. Es raro que alguien consiga sobresaltarme a mí con su presencia, aunque valoro a las pocas personas que me ven de verdad.

Dejo a un lado el par de pinzas que estaba empuñando como si fueran un arma, me coloco las gafas sobre la cabeza y dirijo la mirada hacia la puerta del aula.

Estamos a mediados de agosto, de modo que los profesores llevan ya unas semanas en el campus y los estudiantes han ido instalándose poco a poco en sus respectivos dormitorios.

En verano, Hollow Heights se transforma en un lugar tranquilo, libre del ajetreo de los estudiantes.

Las puertas viejas crujen con el viento, el romper de las olas contra los acantilados envuelve el ambiente justo debajo del distrito Kennedy y todo adquiere un aire un poco más inquietante.

Las escaleras serpenteantes emiten quejidos disconformes con cada pisada, y es imposible no oír sus lamentos en la quietud de los pasillos desiertos.

Dicen que sentarse en la biblioteca cuando se encuentra vacía puede volver loca a la gente: los libros comienzan a susurrar entre ellos y voces inhumanas llenan el silencio. No son más que rumores, por supuesto, y aun así me gusta la idea.

Disfruto de la soledad y de disponer de este lugar a mi antojo, aunque habría preferido no tener que tratar con el decano Sinclair para conseguir la llave del laboratorio.

Estar cerca de él es como imagino que debe de ser ahogarse en un mar de masculinidad tóxica: siempre se las arregla para hacerte sentir inferior y asegurarse de que sepas que es el más inteligente de la sala.

Al margen del patriarcado, me encanta Hollow Heights cuando saca a relucir su lado más espeluznante.

—He tardado una eternidad en conseguir la mariposa luna. —Señalo con un gesto el insecto verde pálido colocado debajo del papel encerado—. Habría acabado hace una semana si hubieran salido a tiempo.

Conner Godfrey entra por la puerta con una camisa vaquera de botones arremangada hasta los codos y el cabello rubio arena peinado hacia atrás con esmero. Me he ido acostumbrando a su agradable compañía desde que empezó el verano, sobre todo porque esta va a ser su aula el próximo semestre.

Después de que Greg West, el anterior profesor de química orgánica, fuera brutalmente asesinado el año pasado, la universidad necesitaba algo más que un mero sustituto para reemplazarlo.

El señor Godfrey —o, mejor dicho, el profesor Godfrey— trabajaba como orientador del centro, pero, como cuenta con numerosas titulaciones, se ofreció para ocupar el puesto del señor West.

Todo el mundo —bueno, casi todo el mundo— se sorprendió cuando los investigadores concluyeron que lo más probable era que la muerte de West estuviera relacionada con un asunto de drogas.

Lo dejaron en que se había debido a un negocio fallido, a un cliente insatisfecho o a un distribuidor resentido.

Y, con eso, los ciudadanos de Ponderosa Springs se quedaron tan tranquilos.

Cualquier cosa es aceptable en este lugar excepto la verdad.

No sé qué me saca más de quicio, si el hecho de que esta gente sea tan simple como para tragarse cualquier mierda que le cuenten o que hubieran visto el cuerpo de Greg West, con unos cortes tan precisos y un desmembramiento tan meticuloso, y pensaran, aunque solo fuera por un instante, que su muerte no era sino la obra de un artista.

El cuerpo fue desangrado, blanqueado y diseccionado con tal perfección que es impensable que un cliente descontento, consumidor habitual de éxtasis, pueda estar detrás de todo aquello. Alguien que responda a esas características no cuenta con la paciencia ni la habilidad para hacer algo así.

No como él, por supuesto.

—La paciencia es una virtud, Lyra, y yo creo que la espera ha merecido bastante la pena, ¿no? ¡Fíjate en esos colores! —La voz entusiasta de Conner me saca de mis pensamientos e impide que viren en la dirección hacia la que acaban inclinándose siempre.

Bajo la vista hacia la vieja campana de cristal, cuya tapa descansa a un lado, dejándola al descubierto.

Hay seis tipos de polillas dispuestas alrededor de un cráneo humano falso que encontré en una tienda de taxidermia.

En la parte superior, y en los lados, yacen varias de mis favoritas colocadas estratégicamente: la polilla atlas, la tigre, la mariposa de la muerte, la gitana y la rosada del arce.

Tenía reservado el espacio justo encima de las cuencas de los ojos para la mariposa luna, porque sabía que su tono de verde pálido brindaría armonía a toda la composición.

He formado un enjambre de criaturas aladas que resultará deslumbrante una vez coloque la campana de cristal sobre la base y selle la obra. No puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en los labios al imaginarme el proyecto terminado.

A Briar le va a encantar. Ah, ¡y a Silas!

Quizá la próxima vez que vaya a visitarlo al centro donde está internado me dejen llevarle algunas fotos.

Cuando conduzco hasta Washington para verlo, la mayoría de nuestros encuentros se reducen a una partida de ajedrez en la que él intenta enseñarme a jugar y yo acabo perdiendo estrepitosamente.

Trato de llenar los silencios hablando sin parar, pero creo que le agrada que le cuente cosas sobre mi taxidermia.

Se le contraen las comisuras de los ojos y, a veces, incluso parece que va a sonreír, aunque aún no lo ha hecho.

Así que me conformo con el silencio, sabiendo que mi compañía es suficiente para él.

No puede decirse que fuéramos íntimos amigos desde un principio, al menos no antes de todo lo que ocurrió.

Él ignoraba mi existencia hasta el año pasado, mientras que yo sabía casi todo lo que podía saberse de forma pública acerca de él.

Pero entonces nos convertimos en conocidos gracias a que las personas a las que queríamos estaban muy unidas, de modo que fue inevitable vernos más.

Además, también nos unieron una serie de secretos mortales; secretos que me llevaré conmigo a la tumba. Él y sus amigos me atormentaron un breve periodo de tiempo después de que descubriera todo lo que habían hecho impulsados por la venganza.

Lo vi matar a alguien, y él también me vio matar a alguien. Y, con todo, no empecé a considerarlo mi amigo hasta que lo ingresaron en la unidad psiquiátrica.

—¿Esta es la rosada del arce de la que hablabas el otro día? —pregunta Conner, acercándose más, y puedo percibir el aroma de la madera de teca de su colonia.

Una oleada de calidez se me propaga por las entrañas al darme cuenta de que se ha acordado de nuestra conversación. Me fascina la forma en la que se le tensan los brazos mientras se apoya en la mesa para examinar cada insecto a una distancia prudente. Conoce las reglas: nada de tocar.

Me pregunto por qué alguien como él sigue soltero. Es un hombre atractivo, de éxito y amable. Cada vez que le miro la mano, me sorprende que no haya ningún anillo de oro adornándole el dedo.

—La misma que viste y calza. ¿Te puedes creer que ese sea su color natural?

Cualquiera pensaría que un amarillo y un rosa tan vibrantes la convertirían en un blanco fácil…

, pero ¡no es así! En realidad, es su modo de camuflarse.

¡Y ni siquiera tienen boca! Solo comen cuando son larvas.

Cuando llegan a esta fase, su único objetivo es reproducirse. ¿A que es increíble?

Siento un cosquilleo de emoción en el estómago conforme hablo, y deslizo la vista hacia él justo a tiempo para sorprenderlo observándome con una sonrisa. Las mejillas se me encienden y aparto la mirada a toda prisa.

—Perdón, te he soltado un montón de datos innecesarios —añado, y dejo escapar una risita nerviosa.

—No —responde Conner—. No te disculpes por hablar de lo que te apasiona.

Frunzo el ceño y, cuando me atrevo a mirarlo de nuevo, sus ojos marrón chocolate se clavan en los míos. Casi me remuevo de incomodidad en el asiento, pero me obligo a contenerme, y más sabiendo que el contacto visual siempre me pone nerviosa.

El profesor Godfrey no me gusta de esa forma. Solo hay una persona a la que desee de un modo que consume cada fibra de mi ser, y nadie podrá jamás ocupar ese lugar. Aun así, resulta agradable saber que alguien como él disfruta escuchándome desvariar sobre insectos.

Es reconfortante tener un amigo. Y eso es lo que ha sido para mí este verano, teniendo en cuenta que soy la única integrante de las Lobas Solitarias que se ha quedado en Ponderosa Springs y ha seguido yendo a Hollow Heights pese a estar de vacaciones.

Pero entiendo que mis amigos necesitaban salir del pueblo, al menos durante un par de meses. Estaban preparados para marcharse y dejar atrás los recuerdos amargos que impregnan este lugar, aunque no hayan podido hacerlo del todo; no mientras uno de ellos siga aquí, sin posibilidad de irse.

—El mundo intentará hacerte sentir mal por emocionarte con las cosas que te encantan e incluso buscará ridiculizarte por ello, pero no se lo permitas. No dejes que nadie pisotee tus pasiones —prosigue Conner, y me dedica una sonrisa tranquilizadora.

—Eso es lo que me habría dicho mi madre —contesto sin pensar.

—Parece una mujer sabia. Ya sé a quién has salido.

—Lo era —murmuro, regodeándome en el dolor que se me expande por el pecho cada vez que pienso en ella.

Al percatarse de que es un tema delicado para mí, se recompone enseguida, enderezando la espalda y frotándose las manos.

—¿Y bien? ¿Vas a añadir la pieza final o tengo que mirar hacia otro lado mientras terminas tu obra maestra?