La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) Prólogo #5
7%

Prólogo #5

Al cruzarme con sus ojos, me sentí como si me hubiera zambullido en una capa de hielo puro.

Eran de un azul increíblemente claro, como las aguas congeladas de Alaska.

Contemplarlos era una experiencia semejante a la de masticar un chicle de hierbabuena y aspirar una bocanada de aire.

Me transmitió un frío tan intenso que creí que iba a dejarme sin aliento.

No desvió su mirada de la mía ni por un instante, ni siquiera cuando me retiró la mano de la boca y comencé a hablar.

—¿Vas a matarme? —dije mientras el frío glacial se me extendía por los pulmones—. Es lo que vas a hacer, ¿no? Entonces, ¿por qué no lo haces ya? Acaba con esto de una vez y…

—Son monedas —repuso, interrumpiendo mi verborrea y señalando con la cabeza hacia mi madre—. Le he puesto monedas en los ojos.

—¿Qué…?

—Me has preguntado qué le he puesto encima. Acabo de responderte.

Lo observé desde abajo con el rostro inexpresivo en un intento de comprender qué tenía que ver aquello con el hecho de que fuera a matarme o de qué me servía saberlo para impedir que ocurriera lo inevitable.

—¿Por qué? —inquirí en un susurro sin poder callarme.

Se me desaceleró el corazón y la presión que me oprimía el pecho cedió lo justo para darme a entender que no me estaba ahogando.

—Son… —Se trabó con las palabras, y ese gesto pareció fuera de lugar, como si no estuviera acostumbrado a titubear—. Las monedas son el pago que se les exige a los muertos para cruzar a la otra vida. Garantizan que su alma pueda atravesar el río Estigia y llegue a salvo al más allá.

Una sensación de calidez permeó el frío con el que me había envuelto. Un rayo de calor diminuto se asentó entre nosotros y me impulsó a suavizar la mirada, aunque enseguida fruncí ligeramente el ceño.

¿Por qué mostraba tanta… compasión? Si su objetivo era seguir los pasos de su monstruoso padre, ¿por qué se desviaba del camino para ofrecer consuelo a los muertos?

—No sabía…

Las tablas del suelo crujieron y el sonido de unos pasos pesados rebotó contra las paredes del pasillo. El pánico volvió a apoderarse de mí y provocó que esa efímera sensación de serenidad que había experimentado desapareciese por completo.

—¿Vas a matarme? —pregunté de nuevo, con más urgencia en la voz, mientras su padre avanzaba hacia el dormitorio.

Si iba a morir, si uno de los dos iba a acabar con mi vida, prefería que fuese él: el chico sin nombre que le había deseado a mi madre un buen viaje hacia cualquiera que fuese el destino que nos aguardaba más allá.

Quería que fuese él quien me arrebatase mi último aliento, del modo que decidiera hacerlo.

Si alguien merecía matarme aquella noche era él.

Al mirarme, en sus ojos percibí una emoción que no supe descifrar y que desapareció cuando los pasos se oyeron cada vez más cerca.

—No. —Puso una mueca con la que me quedó claro que no le agradaba aquella respuesta, como si hubiera querido decir que sí y matarme—. Pero si no te metes en ese armario, mi padre sí lo hará.

Negué con la cabeza de manera vehemente.

—No quiero entrar ahí. No quiero esconderme.

Las fosas nasales se le dilataron y la impaciencia brotó de él como el agua que gotea sin cesar de un grifo averiado.

—No importa lo que tú… —murmuró contra mi rostro—. Tienes que esconderte, vuelve al armario. Quédate callada y no hagas ni un solo ruido. No respires. Sé un fantasma. No quieres morir, no así.

Me alzó del suelo con facilidad, como si no pesara nada, y me sujetó para estabilizarme antes de clavar sus ojos en los míos y asegurarse de que le sostenía la mirada.

—Sé un fantasma, Scarlett. No dejes que él te vea, jamás.

No pude reprimir la pregunta que escapó de mis labios ni el torbellino de emociones que me arrasó de repente.

—Si me convierto en un fantasma, ¿cómo me verás tú?

Había algo aterrador en él, algo puro e impredecible que rezumaba peligro. Pero, incluso en una situación tan horrible como aquella, al observar cómo se apresuraba a limpiarse la sangre del rostro, hizo que me sintiera a salvo.

Escondía bajo la superficie mucho más de lo que me había dejado entrever, algo que solo alcancé a vislumbrar durante un breve instante, y ese simple vistazo parecía lo único que me anclaba a la vida.

—No lo haré.

Eso fue lo último que me dijo antes de recoger del suelo el tacón con el que lo había atacado y colocármelo en los brazos. Acto seguido, me empujó hacia el otro lado de la habitación, donde se hallaba mi escondite.

La cabeza comenzó a darme vueltas por todo lo que había sucedido aquella noche. Mis niveles de adrenalina se desplomaban y sabía que pronto tendría que lidiar con el inevitable derrumbe que me aguardaba una vez que me hubiera quedado sola.

Porque esa era mi nueva realidad: estaba completamente sola.

Y, por un momento, aquel chico me había hecho sentir que no era así, pese a haber perdido a la única persona que me había querido en la vida. Sin embargo, iba a perderlo a él también, antes de tener la oportunidad de conocerlo siquiera.

Estaba sola.

Me metí de nuevo en el armario y me convertí en un fantasma.

Y él…, bueno, mantuvo su palabra: no volvió a verme jamás.