Prólogo #4
Un par de vaqueros bien entallados le envolvían las piernas largas y un jersey oscuro le cubría el torso. Caminaba con la cabeza alta y un porte tan regio que parecía deslizarse flotando por las tablas del suelo.
Los dedos de la mano se me estremecieron al presenciar cómo la luz de la luna se derramaba sobre su cabello blanco como la porcelana. No parecía real y, aun así, era lo más tangible que había en aquella habitación.
No tenía ni un defecto, ni una sola imperfección ni mancha.
Cuando se acercó a mi madre, o más bien a su cadáver, la realidad me golpeó como una maza y me arrancó de mi ensimismamiento. La niebla de su influjo comenzó a disiparse y pude volver a pensar con claridad.
Aquel chico, el hijo de Henry, estaba allí para matarme. Después de todo, ese era el motivo por el que había acompañado a su padre, ¿no? Para ayudarlo a dejar todo bien atado, y yo era un cabo suelto.
No obstante, al contemplar cómo se inclinaba sobre ella, no lo vi capaz de hacer algo así, de seguir los pasos de su padre.
Por un momento, me lo imaginé encima de mí, hundiéndome el cuchillo una y otra vez en la carne hasta acabar conmigo.
Su cabello, cuidadosamente peinado, estaría alborotado al terminar, y la sangre mancharía su figura inmaculada.
Pero no, no sería capaz.
Era demasiado… limpio, metódico. Estaba tan acicalado que me hacía sentir sucia en comparación, como si fuera a repelerle el sudor que se me había pegado a la espalda o a arrugar la nariz al percatarse de los mechones que se me habían secado de forma alborotada tras la ducha que me había dado antes de meterme en la cama.
A diferencia de su padre, aquel chico sí se detuvo a observar el destrozo del suelo.
Miró el cuerpo de mi madre, lo único que me quedaba de ella, y se arrodilló.
Estaba desesperada por saber qué se le pasaba por la mente, porque si algo tenía en común con su padre era la capacidad de mantener el rostro inexpresivo, frío, impasible; vacío.
Ansiaba meterme en su cabeza. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué sentía? ¿Era tan cruel como el hombre que lo había engendrado? ¿Era ese el futuro que quería para sí mismo?
Algo dentro de mí se quebró cuando lo vi sacarse un objeto del bolsillo y acercarlo al rostro de mi madre. ¿Acaso no les había bastado con someterla a tal brutalidad? ¿Debía seguir soportando más tormentos aun estando muerta?
De pronto, dejé de temer por mi vida. No me preocupaba ni lo más mínimo lo que pudiera ocurrirme si renunciaba a mi escondite y revelaba mi presencia.
Agarré con fuerza uno de los tacones de mi madre antes de empujar la puerta del armario con el pie. Cuando se abrió lo suficiente y el chico quedó expuesto ante mí, hice lo único que se me ocurrió en aquel momento: le lancé el zapato directamente a la cabeza.
Mi intención era darle en la parte trasera del cráneo, pero el sonido de la puerta al abrirse debió de alertarlo, porque se giró para encararme justo antes de que el tacón le impactara en el labio inferior con un golpe sordo.
Sin perder ni un segundo más, me puse de pie como pude, tropezándome con la ropa esparcida por el suelo del armario. Todo a mi alrededor daba vueltas por la rapidez con la que me había incorporado, pero no me importaba.
Solo quería poner fin a aquella pesadilla, de una forma u otra.
—No deberías…
—No la toques —dije, haciendo acopio de todo el valor que fui capaz de reunir, pero las palabras abandonaron mis labios como un débil susurro.
Mis pies temblorosos me condujeron hasta ella.
Dudo que hubiera podido defenderme de alguno de los dos, pero creo que, en realidad, no pretendía hacerlo.
No buscaba proteger el cuerpo de mi madre: sabía que, si salía de mi escondite cuando aún estuvieran allí, acabarían conmigo sin pensarlo y no tendría que aprender a vivir sin ella ni preocuparme por lo que me aguardase el futuro.
En el fondo, lo que buscaba era no verme forzada a vivir en un mundo en el que ella no existiese.
—Me has hecho sangrar.
Su voz se extendió por mi piel y me quemó igual que lo hubiera hecho el fuego. Había un deje de sorpresa en su tono, como si la idea de que alguien pudiera herirlo le resultara inconcebible.
—¿Qué le has…? —Bajé la vista hacia el rostro de mi madre. Aunque estaba pálido y sin vida, su belleza seguía intacta. Pero no podía verle los ojos: dos monedas a juego ocultaban el verde de sus iris que tan bien conocía, el mismo que había heredado yo—. ¿Qué le has puesto encima?
—Me has hecho sangrar —repitió.
¿Se creía invencible? ¿Lo habría convencido su padre de que habían sido bendecidos por los dioses de algún modo y solo ellos eran capaces de matar a otras personas?
Dirigí la mirada hacia donde se encontraba, sentado en el suelo a escasos metros de mí, con los dedos extendidos bajo la luz de la luna y la vista fija en la sangre que los cubría. La sangre que se le derramaba del labio y le resbalaba por la barbilla hasta aterrizar sobre la tela de su jersey.
—¿Qué le has puesto encima? —insistí, esa vez en un tono más alto. Estaba perdiendo la paciencia y el miedo a que alguien pudiera oírme gritar, incluido su padre.
Solo tardó una fracción de segundo en reaccionar, por lo que no me dio tiempo a apartarme.
Alzó la mano, me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia él para arrojarme al suelo.
Cerré los ojos, aguardando que el dolor del impacto me retumbara en los huesos, pero lo único que sentí fue la frialdad de su brazo envolviéndome la espalda y aprisionándome contra él.
Me tumbó en la madera con delicadeza, apoyando una parte de su cuerpo sobre el mío y la otra, en el suelo junto a mí para no aplastarme con su peso.
Abrí los ojos de par en par al notar que me cubría la boca con una de sus manos para mantenerme callada. Su olor me inundó por completo: oscuro, intenso, amaderado. Igual que el del bosque después de la lluvia.
De algún modo, logró tranquilizarme. Me recordó a los árboles altos de la floresta y a la felicidad que sentía entre la espesura, mi último atisbo de paz.
Había llegado el momento en el que cumpliría su cometido, la razón por la que había irrumpido en mi casa en mitad de la noche con su padre.
El péndulo de la muerte oscilaba cada vez más cerca de mí con cada segundo que permanecíamos allí tendidos.
Las lágrimas se me deslizaron de nuevo por las mejillas.
A pesar de que mi mente había hecho las paces con aquel destino y con la idea de morir junto a mi madre en aquella habitación, mi corazón no estaba preparado.
Se negaba a aceptarlo y me martilleaba con tanta violencia contra el pecho que estaba segura de que el chico al que le habían ordenado matarme podía sentirlo también. Era imposible que no lo hiciera.
Incliné la cabeza y contemplé a mi madre.
El dolor me atravesó el alma y sentí en mi propio cuerpo cada una de las puñaladas que aquel hombre le había asestado.
Me quedé contemplándola, deseando que girase la cabeza y sus ojos se encontraran con los míos, que me dedicara una más de sus sonrisas o pronunciara mi nombre.
El cuerpo me temblaba por el llanto y podía oír mis sollozos ahogados.
Era incapaz de respirar. Los pulmones se me habían cerrado.
—No la mires.
Al percatarse de que estaba ignorándolo, me presionó la mano con un poco más de fuerza para tratar de captar mi atención.
—No la mires —susurró de nuevo, rozando con su aliento helado la calidez de mi piel. Se había acercado tanto que podía sentir cada una de las exhalaciones que escapaban de su nariz—. Mírame a mí.
¿Que lo mirase a él?
—Scarlett. —Mi nombre se deslizó entre sus labios como si fuera agua, de manera fluida y suave—. Mírame.
Había un hilo intangible tirando de mí; un hilo que él sostenía y que, de alguna forma, se me había enroscado en las entrañas. Insistió una y otra vez, hasta que cedí y aparté la vista del cadáver de mi madre.